II Domingo de Navidad

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, esplendor de los que en ti creen, dígnate, propicio, llenar de tu gloria el mundo y que el resplandor de tu luz se manifieste a todos los pueblos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración ecuménica. Para todos pedimos que los beneficios del nacimiento del Mesís les llegue como luz que ilumine sus vidas. Los que por el bautismo fuimos ya iluminados con la luz de Cristo, es muy bueno que deseemos que esta luz alcance a todos los pueblos. Somos luz para el mundo, así nos definió Cristo Jesús, y no se encendió nuestra llama para ser escondida, sino para iluminar a los de cerca y a los de lejos. La conducta del cristiano debe ser tal que los de fuera, viendo nuestras obras,  se sientan atraídos a glorificar a Dios Padre que está en los cielos.

Elegidos por pura gracia
para vivir como hijos de Dios
en el amor.
(cf Ef 2,5)

Oración sobre las ofrendas
Padre, santifica estas ofrendas por el nacimiento de tu Hijo único, que nos muestra el camino de la verdad y nos promete la vida del reino celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Jesús ha nacido para nosotros. Él, que es el camino seguro para llegar al Padre, nos muestra cuál sea el contenido de este camino. Y nos dice: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). El contenido de este camino es el mismo Jesús, su vida, su amor. Y en el pan y vino que presentamos unimos nuestro pobre amor y nuestra débil voluntad. Entonces Jesús, cuando haga suyos el pan y el vino dándonos en ellos su vida y su amor, nos anticipa el reino celestial. Nos ha dicho en el Evangelio de San Juan que amando y sirviendo ya alcanzamos en nuestra historia humana la vida eterna (cf Jn 3,16; 17,3). Y para realizarla en nuestra vida cotidiana no es tan fácil. Comer su cuerpo y beber su sangre es insertarnos en su estilo de vida que nos impulsa a no flaquear en las relaciones amorosas con los demás.

«Dios nos eligió en Cristo
antes de la creación del mundo,
para que fuésemos santos e intachables
ante él por el amor»
(Ef 1,4)

Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro, te pedimos humildemente que la fuerza de esta eucaristía nos purifique de nuestros pecados y dé cumplimiento a nuestros más nobles deseos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Después de comulgar, la Iglesia ora para que, el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, guíe nuestra vida por el camino del bien. Y es la bondad de Dios la que ilumina nuestro rostro, como escuchábamos el día 1 de enero en la lectura del libro de los Números (6,25), para que podamos distinguir el bien del mal, reconozcamos nuestros pecados e impulse con toda su fuerza los valores que anida nuestro corazón.
Tanto la complejidad de la sociedad actual, como la de nuestras relaciones humanas, incluso de nuestra interioridad, no hacen tan fácil situar el mal y dónde está el bien a seguir. Porque somos capaces de inventar dioses a quien adorar y dañar la vida natural y la vida humana creyendo que hacemos el bien. Por eso es fundamental discernir cuál es la dimensión de pecado y de amor en nuestra existencia personal como en nuestras relaciones e instituciones sociales. Por eso le pedimos al Señor que nos ayude a ello.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
(LH Laudes)

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