II Domingo T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas el cielo y la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo y concédenos tu paz en nuestro tiempo. Por nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia nos recuerda a primeros de año cuál es una de las responsabilidades más acuciantes de los Estados y de las instituciones públicas: la promoción y defensa de la paz. Se une el anuncio a los pastores del día 24 en la misa de Medianoche: «paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14) con la bendición que transmite el libro de los Números —la primera lectura del año en la Eucaristía—y la Jornada Mundial de la Paz que, desde el Papa Pablo VI, se celebra en toda la Iglesia el día 1 de enero.
Pero todos sabemos muy bien que la violencia que impide la paz no es una realidad exclusiva de la sociedad o de las instituciones económicas y políticas de nuestras sociedades. Dicha violencia es la proyección personal de nuestra vida interior conflictiva, o desordenada en los principios de la convivencia, o de los intereses que, para alcanzar sus objetivos, arrasan con los derechos de los vecinos. Y esta violencia interior está al alcance de todos para extirparla o para bloquearla. Y solo se puede hacer si tenemos una experiencia de Dios como bondad y generador de vida. Entonces nos daremos cuenta que la vida hay que generarla, pero también favorecerla con toda clase de bienes y objetivos que avalen su desarrollo.

«El Señor te bendiga y te proteja,
ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz».
(Núm 6,24-26)

Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Señor, participar dignamente de estos misterios, pues cada vez que celebramos el memorial del sacrificio de tu Hijo se realiza la obra de nuestra redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En nuestra presencia y para nosotros se realiza el misterio de la redención. Reparemos en lo que pedimos, pues lo hace el que preside la celebración en nombre de todos. Le pedimos a Dios que nos conceda participar dignamente , lo cual exige de nuestra parte una atención consciente a lo que estamos celebrando, creyendo que si ahora se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, también estamos unidos a María, presente en el Calvario.

«Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol
él es el día y por él nos alumbras
y es bello y radiante con gran esplendor
de ti, Altísimo, lleva significación»
(San Francisco, Cántico 3-4)

Oración después de la comunión
Derrama, Señor, en nosotros tu Espíritu de caridad, para que hagas vivir concordes en el amor a quienes has saciado con el mismo pan del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Lo que a Dios le pedimos después de la comunión nos recuerda uno de los aspectos del amor: la concordia. Esta es nuestra vocación: «sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz». Esta exhortación de San Pablo a los cristianos de Éfeso (4,2-3) es lo que le pedimos a Dios Padre que realice en nosotros, que hace unos momentos hemos participado de la Cena de su Hijo Jesús,  «el signo de la unidad y el vínculo de la caridad» (San Agustín), enviándonos su Espíritu. La Eucaristía nos ayuda a comprender y vivir el amor que Dios nos tiene.

Tú, Señor, nos sacias del pan de tu mesa,
y nos preparas una copa que rebosa felicidad.
(Cf Salmo 23,3.5)

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