III Domingo T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, ordena nuestra vida según tu voluntad para que, en el nombre de tu Hijo amado, podamos dar con abundancia frutos de buenas obras. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Aunque las oraciones están dirigidas por lo general a Dios Padre, siempre es Cristo Jesús el Mediador entre Dios y nosotros.
En la oración sobre la cual reflexionamos, pedimos que la vida cristiana sea vivida por cada uno de nosotros según la voluntad de Dios. Pero no con la finalidad de mirarse a sí mismo y darse gracias por las buenas obras que hace, como el fariseo, sino para dar frutos de buenas obras; porque el discípulo de Jesús es conocido por sus obras. El árbol plantado en buen terreno y regado regularmente a su tiempo, está obligado a dar buen fruto.
«En nombre de tu Hijo predilecto». Jesús ha dejado dicho que todo lo que pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. Lo que tenemos que pedir en nombre de Jesús y unidos a él es poder realizar esas buenas obras que Dios, desde siempre, ha determinado que practicásemos y así le agrademos en todo (cf Ef 2,10). Todo sea en nombre del Señor Jesús. Amén (cf 1Cor 5,4; Col 3,17).

Oración sobre las ofrendas
Recibe con bondad nuestros dones, Señor; y al santificarlos, se conviertan en causa de salvación para nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Los dones de pan y vino los hemos recibido de Dios. Sin embargo, no nos debemos  conformar con ofrecer solo estos dones. Hay más en nosotros que vienen de Dios: la vida, la libertad, el amor, la salud, la felicidad…; también éstos deben ser ofrecidos. Dice San Francisco: «Restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede» (RegNB 17,17).

«Loado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado
claras y preciosas y bellas»
(San Francisco, Cántico 5)

Oración después de la comunión
Dios todopoderoso, concédenos, a los que somos vivificados por tu gracia, alegrarnos siempre con el don recibido. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Dios Padre nos ha invitado a su mesa, banquete de Jesús. Y nosotros hemos aceptado la invitación y recibido la Eucaristía: el Pan de Vida eterna. Esta es la gracia vivificadora, la que necesitamos para superar las dificultades; la que ilumina nuestro camino de peregrinación. Es Jesús: luz que ilumina nuestra vida, el don de Dios Padre, gloria nuestra, regalo de Dios, por el cual le damos gracias. Y esto lo pensamos mientras le damos gracias en nuestro interior, esperando que el sacerdote, que preside la celebración, nos invite a orar. Y como es ritual, le damos las gracias por Jesucristo, su Hijo, nuestro mediador ante el Padre.

Tú eres, Jesús, la luz del mundo,
llena con tu presencia el meditar de mi corazón
(cf Jn 5,14; Sal 138,1)

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