IV DOMINGO (A)

Del Evangelio según San Mateo 5,1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
1.- Dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran. Las personas que experimentan estas situaciones son las que están escondidas o los oprimidos que tienen que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se les tiene en cuenta en las relaciones sociales. Son nuestros pobres, nuestros enfermos mentales, nuestros enfermos del espíritu, nuestros enfermos de falta de amor. —No son los pobres que trabajan por lo que sea y se sienten queridos. Por Jesús, estos pobres pasan de malditos a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, lo que hace que se fíen de Él y confíen en Él. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos. Jesús lo demuestra: los pobres antes enunciados son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia y los primeros que hay que invitar frente a los que tienen derecho al banquete, como sucede con Lázaro o con aquellos que son capaces de cambiar de vida como Zaqueo. Y pobres somos cuando sabemos leer la voluntad de Dios no sometiendonos a ninguna riqueza y poder de esta vida. Examinémonos por si tuviéramos cimientos falsos en nuestra vida.
2.- Los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón. Misericordia no equivale a nuestra especial sensibilidad ante los infortunios personales y sociales. Designa una forma de actuar y un sentido de vida que se traduce en la conducta clave de los seguidores de Jesús. Lucas lo afirma sin rodeos: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». El amor de misericordia hacia los necesitados será la patente que enseñemos para ser reconocidos por Dios en el juicio: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis». Estas obras de misericordia están al alcance de todos nosotros, aun del que no posea nada para ayudar materialmente. La misericordia también se explicita con el perdón. Y tenemos que perdonar sin límites. Le dice Jesús a Pedro: te digo que perdones que no siete veces, sino setenta veces siete, con lo que recrea la conducta de Dios con cada uno de nosotros que no se aburre de perdonarnos tanto defecto y pecado.
3.- «Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre» (Lc 6,22). La persecución reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran. Muchas veces nos sentimos difamados, incomprendidos, excluidos de las relaciones sociales porque somos solidarios con el proyecto de vida de Jesús, de forma que, como él fue rechazado, así también somos nosotros. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla con falsedad (cf Mt 5,11), antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también nos resucitará a nosotros; cambiar de nuestra desdicha en dicha, nuestra pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por nuestra parte. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios nos va a recompensar y el amor y la bondad puede convertir a nuestros perseguidores, como ha sucedido tantas veces en la historia.