PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

 

P. Ruiz Verdú

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, rogamos humildemente a tu majestad que, así como tu Hijo Unigénito ha sido presentado hoy en el templo en la realidad de nuestra carne, nos concedas, de igual modo, ser presentados ante ti con el alma limpia. Por nuestro Señor Jesucristo.

María y José llevan a Jesús al templo para cumplir con la ley de Moisés y consagrarlo al Señor y cumplir también el rito de la purificación de María. Con esta fiesta se cierran todas las que están en relación con la Encarnación. Puede ser contemplarla como el final de la Navidad. Hace cuarenta días que nació Jesús, de quien nos han dicho que fue visitado por los pastores y los magos. Hoy, es gente  que sube al templo de Jerusalén, que se nutre espiritualmente de él: Simeón y Ana, dos ancianos que, inspirados por el Espíritu, confiesan que el Hijo de María es el Mesías esperado por Israel. Para Simeón ha llegado el momento de dejar este mundo, pues ha visto realizada su esperanza. Ana, la anciana,  anuncia, a los que quieran oírle,  el futuro de este Niño para Israel. Y nosotros, que sabemos quién es este Niño que hoy es llevado al templo,  le rogamos a Dios todopoderoso y eterno, humildemente, que nos conceda, cada vez que vayamos a la iglesia, presentarnos ante Él con el corazón rebosante de alegría y alma limpia.

«Corramos todos al encuentro del Señor,
los que con fe celebramos y veneramos su misterio,
vayamos todos con el alma bien dispuesta.
Nadie deje de participar en este misterio»
(San Sofronio)

 

Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Señor, que te sean gratos los dones presentados por la Iglesia exultante de gozo, pues has querido que tu Hijo Unigénito se ofreciera como Cordero inocente por la salvación del mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Jesús en el templo; Jesús sobre el altar. Nuestros dones de pan y vino: don del Padre que en ellos nos da a su Hijo. Porque este regalo del Padre, su Hijo Unigénito, es quien se ofrece como Cordero inocente por la salvación del mundo. ¿Hay quien dé más? Y la Iglesia exultante de gozo, porque los dones presentados por ella han sido aceptados por su Señor: que te sean gratos, le hemos rogado. Y así ha sido.

María y José subieron al templo
para presentar a Jesús al Señor.
Ofrecieron un par de tórtolas…
De más valor era el Niño que llevaron.

Oración después de la comunión
Por estos dones santos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente el anhelo expectante de Simeón y, así como él no vio la muerte sin haber merecido acoger antes a Cristo, concédenos alcanzar la vida eterna a quienes caminamos al encuentro del Señor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

¡Qué enriquecidos nos devuelve Dios Padre los dones que nosotros hemos presentado en el altar! Le han sido gratos. En este momento de silencio después de comulgar, momento propicio para negociar con Dios, le pedimos que nos llene de su gracia. ¿Es éste nuestro deseo? El anciano Simeón era “prisionero de la esperanza”; se le había prometido que antes de morir gozaría de la visión del Mesías esperado durante tantos siglos por Israel. Y con esta esperanza vivía. A nosotros también se nos ha “encerrado” en esta esperanza: caminamos sabiendo de que un día nos encontraremos con el Señor. En este momento le hemos visto en las especies de paz y vino; y ha venido a nosotros. A solas con Él, pídele que te conceda alcanzar la vida eterna.

Ana, la anciana, estando en el templo cuando fueron María y José,
daba gracias a Dios y hablaba del Niño
a todos los que aguardaban la liberación de Israel
(Lc 2, 38)

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