La relación fraterna

I

Marta Garre Garre
Instituto Teológico de Murcia OFM

Quizás la conclusión válida de haber acertado con la experiencia de Dios auténtica y el seguimiento radical de Jesús esté en la exclusividad que Francisco da a la fraternidad como medio para vivir a Dios en la historia y encontrar la verdadera identidad humana. Digamos los datos que nos da la estadística. En sus Escritos, «Señor» aparece 406 veces y «hermano» 306.  Y Francisco, por revelación divina, estructura la vida fraterna según la forma del Evangelio (Test 14-18). La fraternidad la concibe como una experiencia entre hombres no ligados por el parentesco cuya relación la marca la oración, la pobreza, el trabajo, el servicio a los pobres, etc., en definitiva, el testimonio de que Jesús vive simbólicamente en las relaciones de amor de Francisco y sus hermanos.

Pero ¿qué concepción de hermano hay en Francisco para exigir una relaciones fraternas al estilo que señala el Evangelio? Porque la fraternidad está formada por hermanos, por personas, y según comprendamos a la persona, así veremos la fraternidad de una manera o de otra. Partamos, pues, de algunas conclusiones de la antropología teológica actual sobre la concepción de persona. Veremos que estas reflexiones nos ayudarán a fundamentar la fraternidad y evitaremos identificarla sólo a partir de las afirmaciones aisladas de la espiritualidad. Por nuestra experiencia de fe, Dios es el que nos ha llamado a ser personas al elegirnos y darnos un nombre. Dialogar con Dios es responder a una relación previa divina que nos ha introducido en una vida nueva con una vocación que lleva consigo la elección y que nos configura como una unidad irrepetible. La relación que Dios establece con nosotros, que es una llamada y una vocación, nos sitúa en una dimensión ontológica nueva. Este carácter heterónomo que nos configura implica que nuestra existencia transcurre en un constante diálogo y encuentro. Por tanto, nos desarrollamos como personas cuando dialogamos con todos por la llamada dialógica de Dios. El reconocimiento de la alteridad, del otro, está inscrito en el previo o subsiguiente encuentro con el Otro, que nos hace asumir a toda la humanidad como hermana (Rom 8,29). Por eso, nada ni nadie nos es extraño. Es más, la salida de sí como relación de amor, -eso es Dios en Cristo-, convierte a toda la creación en una gran fraternidad. En ésta se reconoce la igualdad radical en dignidad de todo ser ante Dios, la filiación, y, por tanto, idéntica dignidad personal para entablar las mismas relaciones, que convierte a cualquier criatura en hermana de las demás. Esto es ir más allá de la concepción del hombre como animal social; es tipificar la convivencia como fraternidad, porque la relación que constituye a la persona es la relación de amor que convierte el darse en hacerse uno a sí mismo.

Estas propuestas de la antropología teológica es lo que vive Francisco y objetiva Buenaventura al rescatar la relación de los accidentes aristotélicos y aplicarla a la definición de persona, aunque después prosiga, por lo general, la concepción del Estagirita (Sobre el misterio de la Trinidad, c.2 a.2 f.9). Francisco crea dentro de la Iglesia y de la sociedad un espacio donde sean posibles las relaciones fraternas y se lleve a cabo la dimensión social del hombre (1R 5.9; 2R 6.10). La concepción de la persona como referencia al otro la capta por el mensaje central del Evangelio (1R 1-2; 2R 1-2.12), en el que Jesucristo nos hermana bajo un mismo Padre. El Espíritu es el que nos reúne en dicho amor fraterno y paterno (2CtaF; 1R 22). De ahí que prohíba todo signo de poder o superioridad entre los hermanos, y la experiencia creyente y el seguimiento de Jesús sean la base de la radical igualdad que debe existir en la Orden, comparándola con la experiencia humana de la maternidad: «Que cada cual ame y alimente a su hermano como la madre cuida y ama a su hijo» (1R 9; 2R 4; REr). Los religiosos, además de ser hermanos, son hermanos menores, sumisos unos a otros, a fin de que «pongan todas sus energías y amor en el tesoro común de la fraternidad» (1C 38). En la fraternidad es donde se pueden leer, por el sumo respeto y reconocimiento de los valores personales, todos los destellos que irradia Dios como presencia de la luz absoluta en la historia.

 

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