La Fraternidad según San Francisco (II)

Dra. Marta Garre Garre
Instituto Teológico de Murcia OFM

De la experiencia interna de la fraternidad, en la que aprendemos que nada del otro nos es extraño, y situada la fraternidad en tierra eclesial, se pasa a lo que son las relaciones con la comunidad humana. Por tanto, Francisco nos dice que todos debemos llamarnos y ser hermanos, y como tales mostrarnos y relacionarnos con todas las personas (1R 5-7; 2R 6), pues la fraternidad es una fraternidad en el mundo y para el mundo vivida en la Iglesia. Cuando la Dama Pobreza visita a los Franciscanos y les pide que le muestren el convento, nos cuenta el Sacrum commercium, 63, que «ellos la llevaron a un monte y le hicieron admirar un panorama espléndido. “Dama Pobreza, le dijeron, este es nuestro convento”» (1C 35.39-40; cf. TC 36-45.57-60).
Los Franciscanos, pues, medimos nuestra capacidad de ser y formar fraternidad en una triple dirección: hacia la Iglesia, hacia la historia y hacia nuestra vida interna. Son tres desafíos difíciles, ahora y siempre.
a) La Iglesia, a la que Francisco nos manda obediencia (2R 1,2ss) y fidelidad permanente (1R 19,1), no es la Iglesia abstracta de los libros teológicos, no es la teórica del Pueblo de Dios que sustituye al antiguo Israel, sino la parte que corresponde a la Jerarquía, la responsable de la Evangelización, la que nos da el estatuto de existencia, con la que hay que contar para cualquier movimiento jurídico interno o apostólico externo, la garante de un «credo» de verdades, lo que antes decíamos que es la fides quae (cf. Test. 6-9.13).
1º Francisco cuando dice que seamos católicos (CtaO 40-44) significa que «firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente prometimos» (2R 12,4). La Iglesia es, pues, la que nos da a Jesús viviente (Test 10.13) en la Palabra y en los Sacramentos. Francisco une Iglesia con Evangelio, y coloca el Evangelio dentro de la responsabilidad jerárquica. Por eso cuando no existe tal unión la opción es siempre el Evangelio, como hizo cuando visitó al Sultán, oponiéndose con la debilidad a la política de las Cruzadas del papado de entonces. Esta realidad pertenece a lo que afirma en un ámbito todavía más amplio: Donde hay mandato de pecado, no existe la obediencia (cf. 1R 5,2). Y por eso también la Jerarquía ha confiado y confía a nuestra Familia misiones tan difíciles, como pueden ser Tierra Santa, y en tiempos pasados América, China, Japón y otras muchas, para implantar la vida cristiana con sus raíces evangélicas. Creemos que casi siempre somos fieles en esta cuestión y hemos respondido a los retos que nos ha lanzado la Iglesia. Los problemas actualmente surgen cuando solicitan de nosotros servicios que suponen incompatibilidad de intereses, o no coinciden las interpretaciones sobre alguna cuestión eclesiástica o social, o simplemente no tenemos religiosos para prestar el servicio solicitado. Por lo general, las distintas obediencias han callado, han cedido y han obedecido, pero también es verdad que han defendido lo que configura nuestra vida cuando ésta se ha visto amenazada, p.e. cuando se rompe la vida fraterna.
2º Los Franciscanos somos de alguna manera los depositarios dentro de la Iglesia, de la vida fraterna apuntada en los Evangelios. Aunque la Iglesia se identifica como una «comunidad de gracia» (LG 32), su sistema organizativo no avala la relación personal vivida en comunidad. El sacerdote no vive en comunidad y no comparte la vida con otros. Tanto las llamadas comunidades parroquiales como las apostólicas se originan a partir de una tarea, de la realización de una función, y cuando ésta desaparece se suele suprimir el grupo. Los posibles lazos personales son esporádicos y no llevan consigo la convivencia permanente. Ésta sólo se da en las instituciones religiosas que profesan los tres votos, pero su origen es siempre la acción de salvar a las personas y su presencia en la historia se debe a un trabajo concreto evangelizador. Cuando la misión entre enfermos, analfabetos, etc., se cumple por otras instancias sociales, se anula la justificación del Instituto. Aunque siempre habrá pobres para rescatar de su marginación e indigencia (Mc 14,7) y, con ello, defender la existencia del Instituto.

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