Liturgia: Oraciones. VII Domingo T.O.

 P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Concédenos, Dios todopoderoso, que, meditando sin cesar las realidades espirituales, llevemos a la práctica en palabras y obras cuanto es de tu agrado. Por nuestro Señor Jesucristo.

A Dios misericordioso, cuya misericordia es eterna, le recordamos que somos su pueblo y por tanto nos conceda meditar con fruto su palabra para que arraigada bien en nuestro corazón,  produzca los efectos que tal semilla produce. Para ello es necesario que preparemos nuestro campo. La semilla de Dios siempre lleva en sí fruto, pero si no lo produce no es por culpa del sembrador ni por culpa de la misma semilla, sino de aquel que la recibe, porque el terreno no está lo suficientemente preparado. Esto es posible que suceda en nosotros. Conscientes de ello,  pedimos a Dios que la frecuente meditación de su doctrina nos enseñe cómo cumplir siempre de palabra y de obra -las dos cosas-, procurando no ser sólo transmisores de bellas ideas, bien adornadas, sino de obras que a Dios le agradan. Y eso lo conseguiremos en la medida que nuestra oración sea sincera: que pidamos lo que queremos y queramos lo que pedimos. Por Jesucristo, el Hijo de Dios Padre, que nos ama y desea nuestro bien. Amén.

Oración sobre las ofrendas
Al celebrar estos misterios con la debida reverencia, te suplicamos, Señor, que los dones ofrecidos para tu gloria nos obtengan la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Cuando nos dirigimos a Dios en la oración debemos ser sinceros. Es escuchada si brota de un corazón fiel que los labios manifiestan. Así comienza la oración de ofrendas: al celebrar tus misterios con la debida reverencia. La reverencia incluye respeto y atención. Para con Dios no  valen el sí y no, sino la actitud consciente y en lo posible, estable. Por los dones puestos sobre el altar reconocemos la gloria de Dios y nuestra pobreza y por ellos confiamos que alcanzaremos  la salvación.

«Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación,
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues de ti, Altísimo, coronados serán»
(San Francisco, Cántico 10-11)

Oración después de la comunión
Dios todopoderoso, concédenos alcanzar la salvación eterna, cuyo anticipo hemos recibido en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor

Como siervos pobres nos dirigimos a Dios pidiéndole que nos dé la salvación eterna. Por nosotros mismos no podemos alcanzarla, necesitamos la ayuda de Dios, los medios que él ha puesto a nuestro alcance y que ahora en la Eucaristía nos los ha regalado de nuevo. La Comunión es anticipo de lo que nos dará definitivamente. Anticipo que es también realidad. Es como un “aperitivo” de los bienes eternos, que va haciendo crecer en nosotros el deseo de la posesión eterna de esos bienes, ocultos todos en Cristo Jesús, que hemos recibido en la comunión. Somos escaladores del cielo, cogidos de la mano de Jesús, que nos ayuda a subir los escalones, aunque a veces estén un tanto subidos.

Señor, yo confío en tu misericordia:
dame la alegría de tu ayuda
y te cantaré por el bien que me haces
(Cf Salmo 13,5-6)

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