III Domingo  de  Cuaresma

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de la culpa. Por Jesucristo nuestro Señor.

Lo primero que hacemos es invocar al Padre de misericordia. Tres aspectos afirmamos de Dios, que deben servirnos de meditación: en primer lugar, Dios es Padre, cuyo actuar en favor nuestro es siempre misericordioso; es Señor, aquel que se preocupa de que todo esté en orden para felicidad de sus hijos y, finalmente, es origen de todo bien: lo que somos y tenemos de bueno nos viene de Él.
Pero cuando nuestra memoria nos invita a recordar cómo actuamos como cristianos, entonces descubrimos que no sólo somos pecadores, sino que también hemos pecado. El remedio de nuestros pecados nos los ofrece Dios mismo, el Padre de misericordia, aceptando nuestras pobres y pequeñas obras que por su amor hacemos. La oración colecta señala tres, las que frecuentemente pedían los profetas al pueblo de Israel en nombre de Dios: ayuno, que no sólo consiste en privarse de algo material, sino privarse, por ejemplo, de comentar el modo de ser del prójimo, del chismorreo (¡que ayunen tus palabras!); la oración, no basta la que se pronuncia con los labios, sino la que une el corazón, la lengua y la mente (¡más vale rezar poco y bien que mucho y mal!); la limosna, fruto de tu ayuno, sin olvidar que Dios, el creador y dueño de todo, no quiere privar a ninguna de sus criaturas de sus regalos, pues todos somos hijos suyos, pero te ha encargado a ti de repartirlos, siendo este encargo de gran responsabilidad. No hagas limosna de lo que te sobra, sino también de algo que consideras necesario, pero que puedes prescindir sin perjuicio para ti.
Si esto hacemos, Dios se complacerá en su pueblo penitente y nos mirará con amor misericordioso, con la ternura propia de Aquel que no ceja de ofrecernos los remedios que necesitamos para conseguir la vida eterna.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?
(Lope de Vega)

 

Oración sobre las ofrendas
            Señor, por la celebración de este sacrificio concédenos, en tu bondad, que, al pedirte el perdón de nuestras ofensas, nos esforcemos en perdonar las de nuestros hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Cuando Jesús en la Última Cena, dio el cáliz a sus apóstoles, les dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.”  Dios es glorificado cuando en la celebración de la Santa Misa y en el sacramento de la penitencia -la confesión- recibimos el perdón de los pecados. Por eso le pedimos a Dios Padre que la celebración de la Eucaristía, en la cual participamos, sea para nosotros perdón de nuestros pecados y al mismo tiempo ayuda, para que nos sea más fácil perdonar a aquellos de nuestros hermanos de quienes hemos recibido alguna ofensa, sea pequeña, sea grande. Pues a todos nos es difícil perdonar. No nos está permitido como cristianos estar distanciados de los demás, sino que debemos esforzarnos por poner en práctica el mandamiento del amor: «amaos como yo os amo», dice Jesús (Jn 13,34).

«Señor Jesús, tú tienes palabras de vida eterna»(Jn 6,68)

Oración después de la comunión
Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en este sacramento. Por Jesucristo, nuestro Señor.

La Eucaristía es el alimento espiritual de los que vivimos en este mundo, de los que caminamos hacia la patria definitiva; la que nos fortalece para poder superar las dificultades presentes. Es la fuerza de Dios, el mismo Señor, pan del cielo, que al llenar nuestro espíritu de sí mismo, de su fortaleza, hace realidad en nosotros la salvación que hemos recibido como regalo en crecimiento. A esta acción de Dios debemos unir la nuestra, pues Él, a pesar de su querer, si no nos unimos a su voluntad, queda sin realización el deseo de Dios. Como dice san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,9); pero sin Jesús, las fuerzas del espíritu decaen.

Haz, Señor, realidad en nosotros
la vida de tu Hijo que hemos recibido.
Pues nuestros ojos están fijos en ti, Señor.

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.