CUARESMA 2020 a la sombra del Coronavirus.

Comentario espiritual y esperanzado

 

R. Sanz Valdivieso OFM

Cuando en el libro del Éxodo, el Antiguo Testamento, se narra la salida de Egipto y cómo el pueblo de Israel es rescatado por Dios liberándolo de la esclavitud, y su camino hacia el desierto, la vía del desierto es casi una opción necesaria. Dios no ha elegido para su pueblo la vía más fácil y cómoda, la más directa hacia la tierra prometida, sino la más larga y trabajosa, llevándolo, después del paso del Mar Rojo, al desierto proceloso y lleno de aspereza. El Dios omnipotente, pero cercano a su pueblo, salva a su pueblo con mano poderosa, divide el mar en dos y abre camino en medio de las aguas, y lleva a su pueblo camino del desierto, así podía atender sin distracciones a lo que Dios le ordenaba.

  1. Al revelarse como el Señor (Yhwh), que libra de la esclavitud y aleja a su pueblo de la idolatría, lo que se proponía era llegar al corazón de su pueblo para darle a conocer su amor paternal, la cercanía e intimidad, el amor, que debe ser vivido con confianza y con libertad: “Yo soy Yhwh vuestro Dios”, el que os sacó de Egipto (cf. Ex 20,2; Lev 18), “seréis mi propiedad entre todos los pueblos… seréis para mí un reino de sacerdotes y un nación santa” (Ex 19,5-6), para rendir un culto agradable a Dios.

En el Nuevo Testamento, los Evangelios relatan que el mismo Jesús, antes de comenzar su vida pública, va al desierto “conducido por el Espíritu” (Mc 1,12) durante cuarenta días, cifra simbólica y recapituladora de la tradición bíblica; allí es tentado, pero permanece fielmente ante la presencia de Dios (como si hubiera sido seducido para ir al desierto, cf. Os 2,16), cara a cara con la tentación pero en presencia del Padre y con la energía amorosa del Espíritu Santo. La presencia del Espíritu es la que mueve la buena noticia del Evangelio, la que Jesús encarna para “reunir a los hijos de Dios dispersos” (cf. Jn 11,52), como si dijera que Dios en Jesucristo concede a todos, no sólo a Israel, la felicidad y la vida sin fin, para que permanezcan unidos  – con Él, por Él y en Él – con Dios Padre en la comunión del Espíritu Santo.

El desierto significa, pues, no tanto un lugar geográfico difícil y escabroso, sino la dimensión privilegiada y necesaria para todos en la que se aprende la confianza y la fidelidad de Dios. Es la metáfora para hablar del camino en el que, no obstante las asperezas o durezas de la vida, Dios sigue manifestando la ternura por sus hijos, y con su providencia mirando a sus necesidades; lo que pide es ser reconocido por sus hijos, que respondan a su palabra con la confianza firme en Él. Este camino es el que la Iglesia propone a los cristianos y fieles, de todas las edades y condiciones, durante la Cuaresma, entrando bajo la guía del Espíritu Santo en el “desierto” de la renuncia a lo que es superfluo, vano, inútil, que nos aleja de Dios y de los demás, para que el amor que manifiesta en Cristo Jesús sea la norma que ordene el estilo de vida de cada día.

  1. Así podemos ver que las tentaciones en el desierto, con sus hechizos seguirán seduciéndonos, pondrán al descubierto el riesgo del pecado y el cierre egoísta sobre nosotros mismos, la gravedad del pecado o de los errores que nos deslumbren, pero también la esperanza cierta y la confianza de que nuestros tropiezos no son tan fuerte o poderosos como el “amor de Dios que perdona y perdona siempre” (Papa Francisco).

El primer domingo de Cuaresma no ha llevado al desierto con Jesús, que es tentado como nosotros y por nosotros, rechaza las seducciones que le presenta el tentador, el poder y el dominar, el tener y poseer, el aparecer y atraer la admiración o el aplauso. Para combatir cada tentación, y vencerla, es necesaria la oración, la escucha atenta y el gustar la Palabra de Dios, la confianza plena en la voluntad de Dios (cf. Mt 4,1–11).

Los siguientes domingos nos presentan los evangelios que destacan las personas que figuran como símbolo del deseo de superación de una humanidad sedienta de verdad, que es iluminada por la luz del amor de Dios (Mc 9,2-11) que transfigura nuestras esperanzas, o también nos hace recordar con la Samaritana cuantas veces “escondemos” o eludimos la verdad de nuestros fallos y contradicciones, que nos hacen tomar actitudes equivocadas en nuestra vida. Dios siempre da su gracia a quien con el corazón bien dispuesto se da cuenta de la verdad, y entonces le da a beber el agua viva.

El episodio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41) es la historia del ser humano que vive “a oscuras”, sin culpa suya, pero tiene el corazón abierto a la verdad, a que una palabra le descubra el rostro de quien es camino, verdad y vida. Es el encuentro personal con Jesucristo el que le abre la puerta definitiva a la luz de Dios. Lázaro (Jn 11,1—45) nos remite a la “gloria” del mismo Jesús que entrega su vida y resucitando de entre los muertos da la vida a los seres humanos sometidos y heridos por el pecado y la muerte. La fe en Jesucristo es signo de vida y de vida abundante, plena.

Cada uno de nosotros siguiendo a Jesús debe recorrer este camino del “desierto” que nos permita redescubrir el amor de Dios Padre, su amor personal y único por nosotros, y a la luz de la Palabra de Dios seguir el itinerario de los personajes del Evangelio, dejándose iluminar por esa Palabra, meditándola y asumiendo un estilo de vida que refleje esa luz de Dios en nuestro día a día, manteniendo un diálogo confiado con los demás. Aceptemos, por tanto, este tiempo favorable, aprovechemos con gozo los sacramentos que nos ofrecen la abundancia de la gracia de Dios y los brazos abierto de la Iglesia. Abramos el corazón a esa luz y experimentemos en la historia normal de cada día la energía indomable de Dios, su victoria sobre nuestros pecados y desvaríos, para caminar por la senda de la vida.

Aquí se trata, efecto, de que cada día vivo la conversión, evitando las violencias rutinarias, verbales o con el pensamiento, y más aun, dentro de la red, en internet.
­ – Esto atento y me vigilo para que si estoy insatisfecho, frustrado, nos haga de esas insatisfacciones una fuente de rabia que se dispara contra quien sea, desata el deseo de venganza y envenena la v ida.
– Vigilo la lengua y la domino (cf. Sant 1,26 el freno de la lengua) a la hora de hablar de los demás.
– Me preocupo de no juzgar a nadie, y no sentirme “juez o maestro” de nadie.
“Señor, si me suceden contradicciones, me caen las humillaciones, ayúdame a sentirme siguiendo tus pasos, caminado por tu misma vía”.
¡El corazón pacificado y sereno es el que persevera en el bin!

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