PAZ Y BIEN”.

RESONANCIAS BÍBLICAS DEL SALUDO FRANCISCANO

VI

Por Antonio G. Lamadrid

  1. «PAZ» Y «BIEN» EN RELACIÓN CON ALIANZA
  2. A) «PAZ» Y «ALIANZA»

Dentro de las distintas modalidades y matices que puede presentar en el ámbito privado, social o político de la vida humana, la alianza o pacto (= «berit») conserva siempre el mismo contenido sustancial. Según Pedersen y Begrich, el término que mejor recoge y resume este contenido de la alianza sería «paz». De hecho, no pocas veces encontramos en paralelismo expreso «alianza» y «paz»: Gén 26,28.29.31; Núm 25,12; 1 Sam 20,42; 1 Re 5,26; Abd 7; Sal 55,21; Sir 45,25; etc. Si se examinan las diez alianzas profanas que registra el A. T. (Abraham-Abimelec, Gén 21,22; Isaac-Abimelec, Gén 26,26; Labán-Jacob, Gén 31,44; Josué-Gabaonitas, Jos 9,15; Najas-Israelitas, 1 Sam 11,1; David-Jonatán, 1 Sam 18; Abner-David, 2 Sam 3,12; Jiram-Salomón, 1 Re 5,15; Ajab-Ben Hadad, 1 Re 20,34; Joyada-Ceretos, 2 Re 11,4), se puede constatar que casi todas ellas tratan, o de poner fin a una situación de hostilidad o tensión mediante un acuerdo de paz, o de prevenir contra posibles hostilidades o rupturas. Es decir, tenemos de nuevo el paralelismo, si bien implícito, entre «berit» y «shalôm», entre alianza y paz.

El paralelismo entre los dos términos es tan perfecto que, según el lenguaje bíblico, «concluir una alianza» y «hacer la paz» son expresiones equivalentes: «Josué hizo las paces con ellos, hizo con ellos pacto de conservarles la vida, y los principales de la comunidad se lo juraron» (Jos 9,15; cf. 10,1.4; 11,19; 2 Sam 10,19). «Yavé dio sabiduría a Salomón, como se lo había prometido, y hubo paz entre Jiram y Salomón pactando una alianza entrambos» (1 Re 5,26; cf. 22,45; etc.). «Con las piedras del campo harás alianza, la bestia salvaje vivirá en paz contigo» (Job 5,23).

En las lenguas latinas, la raíz misma de pacto evoca ya la idea de paz. Ambos términos se derivan del verbo «paciscor», que significa pactar. Pacto se refiere al acto de pactar, y paz, al contenido o efecto del pacto.

Con estas nociones ante la vista podemos apreciar el acierto y oportunidad de los autores sagrados al introducir en la historia de la revelación la imagen y el concepto de la alianza para expresar las sucesivas etapas de la historia de la salvación. En su aspecto positivo, el plan salvífico de Dios se proponía, en efecto, restaurar la paz y armonía inicial. Ninguna expresión presentaba, por tanto, más ventajas que la alianza, cuyo contenido sustancial se resumía precisamente en la palabra «paz».

De hecho, hablando de la alianza divina, los hagiógrafos también expresan su contenido con el término «shalôm». El contenido teológico de la alianza del Sinaí está determinado por el rito que la acompaña, que consiste precisamente en un sacrificio pacífico. En su estudio sobre el sacrificio pacífico, R. Schmid concluye diciendo que dicho sacrificio estaba destinado a ser el sacrificio por excelencia de la alianza entre Yavé y su pueblo. Tanto más cuanto que el término pacífico subraya expresamente el contenido de la alianza divina, a saber, la paz otorgada por Diosa su pueblo. «La palabra pacifico hace referencia expresa a la finalidad de la alianza, que tiende a restablecer de nuevo las relaciones de paz entre Dios y el pueblo. El sacrificio pacífico consiste en una comida comunitaria en la que también la Divinidad recibe su parte. Quien ha tomado parte en la celebración está en paz (= shalem) con Dios. De ahí la expresión shalem ‘im Yahweh (en paz con Yavé = entero para Yavé) de 1 Re 8,61; 11,4; 15,3.14; o el simple shalem (en paz = entero) de 2 Re 20,3, y 1 Crón 28,9» (B. Luther). A una conclusión similar llega A. Charbel, cuando deriva shelamim = pacífico, no de la forma píel (= restituir), sino de la forma qal (= estar completo, etc.) y cuyo significado en este caso sería, por tanto, el de un «sacrificio mediante el cual el oferente se pone en una relación de integridad y paz con Dios».

La nueva alianza es anunciada por los profetas contemporáneos del destierro como una alianza de paz. El primero que empieza a hablar de una nueva alianza, aun sin usar la palabra, es Oseas (2,18-25), el cual la presenta ya como una alianza de paz. Paz entre el pueblo y Dios, presentada bajo la imagen de la unión conyugal; paz entre el hombre y la naturaleza; paz y concordia mutua de los hombres entre sí. Es decir, la nueva alianza se presenta como una restauración de la paz y armonía paradisíacas.

El profeta Ezequiel también expresa el contenido de la nueva alianza en términos de paz: «Concluiré con ellos una alianza de paz, haré desaparecer de esta tierra las bestias feroces… El árbol del campo dará su fruto y la tierra dará sus productos…» (Ez 43,25-31). Lo mismo que Oseas, Ezequiel recurre también a los motivos paradisíacos para hablar de la nueva alianza. La restauración postexílica, presentada bajo las imágenes de la revivificación de los huesos secos y dispersos (Ez 37,1-14) y la reunificación de los dos leños en uno solo (37,15-28), es calificada igualmente por Ezequiel como «una alianza de paz» (37,26).

La nueva alianza es uno de los temas teológicos constantes a lo largo del segundo y del tercer Isaías (aunque falta el calificativo, tales textos se refieren a la «nueva» alianza: cf. Is 43,18-19; 42,9; 48,6), que da unidad y cohesión interna a sus múltiples y variados poemas, incluidos los del Siervo de Yavé (Is 42,6; 49,8; 54,10; 55,3; 56,4; 59,21; 61,8). La nueva alianza se presenta como una «alianza de paz» (Is 54,10). En contraste con el intenso dolor de las Lamentaciones, el 2 ° Isaías, y muy especialmente Is 54, canta con gozo y alegría desbordantes la restauración postexílica y la presenta como la inauguración de una alianza de paz similar a la alianza de Dios con Noé. La paz como contenido de la nueva alianza adquiere su máxima densidad teológica en los Cantos del Siervo de Yavé, que presentan a su misterioso protagonista como «alianza del pueblo» (Is 42,6) en cuanto «soportó el castigo que nos trae la paz» (Is 53,5).

Llegada la plenitud de los tiempos, Cristo sella con su sangre la nueva alianza. Aunque nunca es calificada expresamente como alianza de paz, sin embargo, la teología paulina presenta la alianza inaugurada por Cristo como una obra de pacificación. Al sellar la nueva alianza, la sangre de Cristo lleva a cabo la reconciliación y la pacificación de la humanidad con Dios (Rom 5,1.8-10; Col 1,20; Ef 2,16; cf. 2 Cor 5,17-21) y nos abre el acceso al santuario celeste (Heb 10,19; cf. Rom 5,2; Ef 2,18). De la misma manera que la ruptura con Dios (Gén 3) tuvo como consecuencia la ruptura mutua entre los hombres (Gén 4 y 11), así también la reconciliación-pacificación con Dios supone implícitamente la pacificación mutua en el seno de la humanidad. De hecho, san Pablo asocia también la pacificación mutua entre los hombres con la muerte y la sangre de Cristo: «Pues él es precisamente nuestra paz: gentiles y judíos, de los dos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación, la enemistad, anulando en su carne la Ley con sus mandamientos y preceptos, en orden a crear de los dos una sola humanidad nueva en sí mismo, mediante su obra de pacificación, y reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad» (Ef 2,14-16).

Más aún, la sangre de la cruz, al tiempo que sella la nueva alianza, lleva a cabo la pacificación universal. De la misma manera que el orden natural se había visto afectado por el pecado (Gén 3,17-19; cf. Rom 8,19-22), también se beneficiará de la obra de la restauración: «Pues tuvo Dios a bien hacer residir en él toda la Plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1,19-20).

 

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