Domingo IV de Pascua: Oraciones de la Misa

 

P. Ruiz Verdú OFM

 

Oración colecta

Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así, el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Él que vive y reina por los siglos.

            Lo primero que recordamos en esta oración es el regalo inesperado que Dios ha hecho a su Iglesia, a nosotros: el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo. Ante este don de salvación, del que la humanidad estaba necesitada, pero que no era digna de recibir, y sin embargo nos ha hecho partícipes Dios Padre, la Iglesia, admirada, se siente movida y con atrevimiento a pedir que, esa alegría que Jesucristo comunicó a sus apóstoles el día de su resurrección, le sea concedida. ¿Qué razones tiene la Iglesia para tal atrevimiento? Su debilidad. Bien sabe la Iglesia que apoyada en sus fuerzas no puede nada; se lo dijo Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y también nosotros, que formamos parte de la Iglesia, si nos apoyamos en nuestras fuerzas, no vamos a conseguir la ayuda de Dios.
¿Cuál es el objeto de nuestra petición? Conseguir «la alegría eterna del reino de sus elegidos». La alegría de la que goza Dios y sus santos, la misma que nos trajo Jesucristo con su resurrección.
No es otra cosa la que quiere Dios Padre para nosotros, porque Él sólo desea que la admirable victoria de Jesús, que es el Pastor de la Iglesia, envuelva a todos los que quieren pertenecer al débil rebaño de su Hijo, fortalecido por la victoria de su Pastor sobre la muerte y el pecado.
No olvidemos que somos su pueblo y ovejas de su rebaño, cuyo canto consiste en cantar eternamente las misericordias y el amor del Señor.

Es domingo; la presencia
de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta,
por él y en él convocada.

 

Oración sobre las ofrendas

Concédenos, Señor, alegrarnos siempre por estos misterios pascuales, y que la celebración continua de la obra redentora sea para nosotros fuente de gozo incesante. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Domingo del Buen Pastor. Y nosotros, ovejas de Cristo Jesús, le pedimos a Dios Padre que los misterios pascuales que estamos celebrando nos ayuden a crecer en alegría pascual. «¡Alegraos!» fue el primer anuncio dado por el Resucitado a las mujeres que fueron a ver el sepulcro, que encontraron abierto.
«Paz a vosotros». Jesús resucitado da la paz a sus apóstoles, que les había prometido antes de morir: «La paz os dejo, mi paz os doy». Alegría y paz: esto es lo que deseamos que nos conceda el Buen Pastor siempre que celebramos el misterio de nuestra redención, fuente de gozo incesante. ¡Aleluya! Jesús es el Buen Pastor, que camina delante de las ovejas, que atienden a su voz y que el Pastor las llama por su nombre. ¿Conocemos a nuestro Pastor, Cristo Jesús?

«Señor, tú eres mi Dios;
te doy gracias porque es eterna tu misericordia».
(Salmo  117,28)

Oración después de la comunión

Pastor bueno, vela compasivo sobre tu rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas que has redimido con la sangre preciosa de tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Dios se había manifestado siempre a Israel como el Pastor de su pueblo. Ahora, en su Hijo y por su Hijo, se nos ha acercado tanto que vive en nosotros velando nuestra vida para que no nos desviemos del verdadero camino. Él, Pastor bueno, conoce su rebaño y lo conduce allí donde se encuentra el mejor alimento para sus ovejas: ahora, en el tiempo, a la Eucaristía; y después, al banquete eterno. La muerte de Jesús es la garantía que Dios nos da de que todo esto es verdad: sólo queda por nuestra parte, después de recibir el gran don de Dios, la comunión, vivir, en la fe y en la esperanza, este misterio. «La misericordia del Señor llena la tierra» (Sal 33,12).

«Dice Jesús: Yo soy el Buen Pastor.
Conozco mis ovejas, ellas me conocen y me siguen
y les doy la vida eterna».
(Jn 10,14)

 

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