FE Y CREDO

Ángeles Hernández-Gil Bordallo

Cuando hablamos de creer, de tener fe, surgen preguntas que el ser humano se hace con mucha frecuencia: ¿Qué es creer? ¿Por qué creo? Las respuestas las llevamos dentro, y pueden dar sentido a la propia subjetividad de poseer una certeza, más allá de lo que la vista alcanza. Mi reflexión personal sobre algo tan complejo, tan apasionante como es el hecho de creer, surge de la necesidad de paliar la inquietud que siempre he sentido, que radican en lo más íntimo y trascendente de mi espíritu. Esta realidad se ha fortalecido al amparo de experiencias espirituales que demuestran la VERDAD, admirable en evidencias, como es el tema fundamental del CREDO. Y que contiene la Fe que buscamos, la que nos hace dar respuesta a esas preguntas que el ser humano de todos los tiempos se hace, y donde está la clave de la incesante búsqueda de Dios.
Desde pequeños creemos en personas, situaciones que están muy presentes y se manifiestan en nuestro pequeño mundo, son tangibles, conocidas y cercanas. Nos dan seguridad, las vemos con nuestros propios ojos. Vamos siendo conscientes de lo que tenemos a nuestro lado, indagamos sobre las pequeñas reglas de juego que se utilizan en la relación con los demás. Nos entregamos por entero a nuestros padres, somos obedientes, confiamos plenamente en ellos. A medida que valoramos su amor por nosotros, nos mostramos agradecidos, necesitamos abrirnos a la bondad de nuestra naturaleza que se va desarrollando de una manera natural y controlada

La vida se origina en Dios, que desde el primer momento empieza a actuar en el mundo.
Dios se nos ha revelado a través de Israel. La relación que mantiene con su pueblo es de un Dios que se nos muestra como quiere que se le conozca: “Un Dios Clemente Compasivo y Misericordioso” porque ni es un hombre ni actúa como un hombre. Dios está vivo, es Vida; observa cómo Israel tiene la experiencia de sentirse escogido, puesto que las señales son reconocibles. Israel existe en cuanto que es elegido. Y la historia de la salvación está presente en esta realidad que se nos da gratuitamente a través de la trascendencia personal, de los que le han respondido y reconocido como un Padre.
Tenemos la mirada puesta en Abraham: un hombre bueno, viejo, acomodado; con su mujer estéril ya no espera mucho de la vida; sólo le queda la confianza agradecida en el Señor, con una respuesta incondicional por su parte. Y es en esa situación cuando Dios le cambia sus planes y se enfrenta a situaciones que no conoce: “Sal de tu casa”. La promesa de una tierra hace a Abraham responsable de lo que se le ha encomendado. Lo que el Señor le pide es una fidelidad hacia esa promesa llevada hacia una situación concreta, manifestada en su lealtad hasta final. Cuando descansa de su largo recorrido en la vida, se siente satisfecho, ve con gratitud cómo su hijo Isaac se desarrolla sano y fuerte. Pero en un instante de oración y reflexión interior, siente que Dios también le pide a su hijo, lo más difícil y doloroso de lo hecho anteriormente:”Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moriá y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré” (Génesis 22). Cuando su mano está alzada para clavarle el cuchillo, ante el terror de Isaac, que no entiende nada, un ángel lo detiene. En ese momento Abraham comprende que nunca le ha negado ninguna cosa a Dios, ni siquiera el sacrificio de su hijo.

A Abraham lo reconocemos por su fe puesta al servicio de Dios y de su Pueblo, es el  “Padre de todos los creyentes”.
Israel reconoce los hechos salvadores, y su respuesta es la fidelidad al sentirse muy cerca de Dios. En un momento de su historia el Señor hace una Alianza con Moisés en el Sinaí. Lo elige para que libere al pueblo de la esclavitud del Faraón. Moisés es la esperanza. La llamada de Dios es precisa y dura: será su caudillo hasta llegar a la Tierra que les pertenece y los haga libres. Antes les espera el desierto. Junto a Moisés los israelitas emprenden un largo camino. La voluntad de Dios está en Decálogo, que más que un mandato autoritario es una correspondencia de amor; nueva, sorprendente frente a las anteriores vinculadas a castigos y prohibiciones.
El pueblo de Israel mantiene una relación íntima, directa y personal con Dios. Ya no existen dioses, porque Dios se dirige a  su pueblo como único Padre pendiente de sus criaturas.

También María dice sí a Dios. Con humildad le ofrece su obediencia, su virginidad, puestas al servicio de la historia de la salvación. El por qué, el cómo, no importan. Ella no sabe qué pasará con su compromiso con José. Visita a Isabel; dos mujeres, una estéril y la otra virgen, parirán a Juan Bautista y a Jesús. Tal como lo leemos resulta inverosímil; pero ante la exégesis de la narración sólo es importante la aceptación de María. El Sí.
Es la fe de nuevo lo que hace a Dios coger las riendas de la Historia; María, al igual que Abraham y Moisés, puede engendrar a Jesús escuchando su Palabra y poniéndola en práctica. Cuando recibe la llamada se muestra dispuesta. Tiene confianza y se llama a sí misma esclava. Mujer de silencios y vida interior permanece fiel toda su vida, que no será fácil. Ella que ha creído sin haber visto, se ilumina por la presencia del Verbo en su carne. Una mujer de Nazaret, con su rutina diaria.

Dios se nos vuelve a reflejar a través de María.
María aparece poco en los evangelios, aunque siempre como un presagio de su naturaleza imprescindible. Lucas es el que relata la magnífica escena del ángel Gabriel anunciándole al Salvador. Sin embargo Mateo cuenta la escena desde la perspectiva de José. Los otros evangelistas se ciñen a las bodas de Caná como principio de la vida pública de Jesús junto a su madre y, al final, cuando asiste al Calvario de Jesús.

Dios se nos manifiesta en esa relación de amor, y en la capacidad del silencio interior, de escucha a los demás, con María.
Jesús cambia la Historia. Nos pide que nos dejemos conducir por Él. Que nuestra mirada sea siempre una manifestación de amor. Jesús también es Cristo, que significa “Mesías”, alguien a quien Dios elige y le confía una misión o servicio concreto. Y nosotros acudimos a su llamada y nos ponemos en el lugar del discípulo.           Dios sigue vivo en la Historia y en nosotros.
“Dios no es un Dios de muertos sino de vivos” Mc 12, 27). Con estas palabras, Jesús da un paso más en su fe en el Dios de los Padres creyentes de la Historia de la Salvación. El mismo Dios en el que Jesús se confía como un padre lleno de misericordia y bondad que abarca toda la creación. La misericordia de Dios brota de la bondad.
Esta condición de Dios exige amor al prójimo. Jesús sabe que el Reino incluye a los más pobres, a los que se anuncia la Buena Nueva; Jesús se compadece del que sufre y padece toda clase de humillaciones y sinsabores: “Ten compasión de mí”. Irrumpe siempre en los momentos de miseria y dolor del ser humano.          Nuestra relación con Dios va unida a la misma esencia de Jesús: Él es El Camino, La Verdad y la Vida. Jesús representa el reflejo de Dios como comportamiento de buen Padre. Nuestra fe de adultos nos hace descubrir en el rostro de Jesús a Dios. Una actitud de reciprocidad que se manifiesta en la misma esencia de Dios y de la que disfrutaremos todas sus criaturas.
Jesús nos hace participar de Dios cuando se dirige a Él como un Padre bondadoso, compasivo, y misericordioso. Pero saber concretamente la relación filial que la fe crea en Jesús solo lo sabe él: “Mi Padre me ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; Ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10,22).
La clave de la fe está en Cristo, puesto que el hombre no puede definir a Dios por sí solo. Él nos guía hasta Él con su experiencia de fe. Jesús es la confianza en el Señor que ha visto en Abraham y en María, y sigue vigente por su relación con el Padre. Dios-Jesús existe en la medida que salva.

Nuestra proximidad con Dios nos la ofrece Jesús
En la Trinidad está implícito que Dios Crea, Recrea y Salva. Son tres categorías estrechamente relacionadas entre sí. Se mantienen, se completan y fortalecen, y se unen en las funciones que Dios comunica a los hombres. El amor de Dios en el Espíritu Santo, es el impulso que guía a la comunidad cristiana en la experiencia de la fe. Hace posible una relación de amor con Dios en La imagen y semejanza que se manifiesta en la correspondencia entre el Padre y el Hijo.
El Misterio de la Trinidad es el dogma más importante sobre la naturaleza de Dios. Una revelación de su esencia, en las tres formas de relacionarse con los hombres: El Padre, el Hijo y El Espíritu Santo. Tertuliano, es el primero en usar el título Trinidad; en uno de sus escritos polémicos contra Prácseas, un seguidor de la doctrina cristiana, diría: “Los tres son uno, por el hecho de que los tres proceden de uno, por unidad de substancia”.

En la Vigilia Pascual se actualiza el misterio de la Resurrección de Cristo.
La ceremonia de este año, que ha comenzado con la Basílica de San Pedro sumida en una penumbra total, el Papa Francisco nos ha dicho: “Necesitamos retomar el camino, recordando que nacemos y renacemos de una llamada de amor gratuita. Este es el punto de partida siempre, sobre todo en las crisis y en los tiempos de prueba”. Con la Resurrección de Jesús los cristianos conquistan el derecho fundamental de una “esperanza nueva, viva que viene de Dios. No es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancias. Es un don del Cielo”.

 

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