Santísima Trinidad

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
DIOS PADRE, QUE, AL ENVIAR AL MUNDO LA PALABRA DE LA VERDAD Y EL ESPÍRITU DE LA SANTIFICACIÓN, REVELASTE A LOS HOMBRES TU ADMIRABLE MISTERIO; CONCÉDENOS PROFESAR LA FE VERDADERA, CONOCER LA GLORIA DE LA ETERNA TRINIDAD Y ADORAR SU UNIDAD EN PODER Y GRANDEZA.

Los cristianos, junto con los judíos y los musulmanes, proclamamos que el Dios de Abraham, nuestro padre en la fe, es Único. “Creemos en un solo Dios”, decimos todos. Pero nosotros, los cristianos, confesamos también, porque Cristo Jesús nos lo ha revelado, que Jesucristo, el Señor, es el Hijo de Dios, “Dios verdadero de Dios verdadero, de la misma naturaleza que el Padre”; y creemos también en el Espíritu Santo, que es Señor, “que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. ¡Esta es nuestra fe!
Desde el día de nuestro bautismo estamos sellados con el sello de la Santísima Trinidad. Al Dios-Trinidad pertenecemos y del Dios-Trinidad vivimos. Él nos creó. Hacia Él vamos, siendo nuestro camino Cristo Jesús, el Hijo de Dios que, hecho hombre por nosotros, con su muerte en la cruz, nos ha abierto las puertas del cielo.
Jesús nos dijo que el que cumpliese sus mandamientos, el Padre lo amaría y “vendremos a él y haremos morada en él”. Somos templos de Dios, que vive en nosotros. Con respeto, amor y alegría debemos contemplar a Dios viviendo en nosotros.
Toda celebración en la Iglesia, especialmente la Eucaristía, es para gloria de la Santísima Trinidad. Y en Jesús, por Jesús y con Jesús nosotros podemos dar a Dios una alabanza infinita.

“Como somos hijos,
Dios Padre envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo,
que clama: ¡Abba! (Padre)”.
(Gá 4,6)

Oración sobre las ofrendas
Por la invocación de tu nombre, santifica Señor y Dios nuestro, estos dones de nuestra docilidad y transfórmanos, por ellos, en ofrenda permanente.

Colocados sobre el altar el pan y el vino, que Dios nos ha dado; le pedimos que los santifique enviando el Espíritu Santo, porque solo Él, Dios y Señor nuestro, lo puede hacer. Le decimos que en estos dones queremos expresar nuestra obediencia a su voluntad. “Yo siempre hago lo que al Padre le agrada” (Jn 8,29), nos había dicho Jesús de sí mismo. Y esto es lo que ahora nosotros le decimos a Dios: te queremos, Señor, expresar nuestra obediencia al ofrecerte el pan y el vino, signos de tu generosidad y amor. ¿Somos dóciles a la voluntad de Dios?
Pero a la vez le pedimos que a nosotros nos transforme en ofrenda permanente. No es poco lo que pedimos. ¿Estamos dispuestos a aceptar ser ofrenda de Dios y que el nos vaya transformando día a día según la imagen de Jesús? Este es su deseo. Pero nuestra voluntad ¿está en la misma línea de Dios? «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! (Padre)» (Gál 4,6).

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
(LH I Vísperas)

Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro, que la recepción de este sacramento y la profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su unidad indivisible, nos aprovechen para la salvación del alma y del cuerpo

Hoy la celebración litúrgica nos ha invitado a contemplar el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es Dios Padre quien nos da a su Hijo, Jesús Salvador, y nos envía el Espíritu para que podamos contemplar en nosotros su misterio. Después de comulgar, Dios está en su plenitud en nosotros. Es la fe la que nos asegura esta permanencia, como Cristo Jesús lo afirmó en el discurso sobre la Eucaristía en la Sinagoga de Cafarnaún: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Creer en Jesús es para nosotros vida eterna. Es dejarse conducir por él como camino necesario y único. Eucaristía-comunión y fe nos aprovechan para la salvación del alma y del cuerpo: «Y yo lo resucitaré, dice Jesús, en el último día» (Jn 6,54).

La Santísima Trinidad […] es el rostro
con el que Dios mismo se ha revelado
[…] caminando con la humanidad.
(papa Francisco)

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