XII DOMINGO (A)

 

               Del  Evangelio según San Mateo 10,26-33.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

1.- Los discípulos de Jesús son los seguidores y elegidos para convivir con él y ser instruidos en orden a la predicación urgente del Reino. Pero algunos de los oyentes son lobos, les ha dicho Jesús poco antes: «Os mando como ovejas entre lobos» (Mt 10,16). Por eso, les repite por tres veces que «no tengan miedo». Es Dios quien los protege, y a Él hay que temer, pues es el Creador y Providente que sostiene la vida. Los discípulos se han distinguido entre la multitud que le seguía y le escucha en su ministerio; entre los discípulos se destacan los Doce, con marcado acento simbólico, pues sus vidas también hacen presente el Reinado (Mc 4,10par). El grupo íntimo que forma comunidad con Jesús no es muy grande, pues se puede reunir en una barca (cf Mc 6,45par) o en una casa (cf Mc 7,17). Con todo, pertenecen a oficios, estados y situaciones espirituales diferentes.

2.– Los discípulos deben romper los lazos familiares y abandonar sus tareas para formar una nueva familia en la que Jesús los considera su madre y sus hermanos (cf Mc 3,34). El ideal de la nueva familia es cumplir la voluntad de Dios, de la que se depende de una forma radical y que se concreta en la predicación y testimonio de su Reino, que se otea en el horizonte (cf Mc 3,35). Por eso, no deben tener miedo ni de nadie ni de nada. Dios está entre ellos, con ellos, en cada instante de su vida; en cada lugar donde vayan; cuidando cada cabello de su cabeza. A cambio, sin embargo, reciben una recompensa que se promete superior a la de cualquier persona que forme una familia y ejerza cualquier trabajo (cf Mc 10,28-30par); recompensa que también se extenderá a quien los acoja y defienda.

3.- Jesús nos invita a ser valientes. A estas alturas ya han sentido todos lo que es la incomprensión y la persecución. Los cristianos de todos los tiempos sabemos lo que es el martirio, comenzando por Jesús, hasta los últimos de Siria o Irak. Y los cristianos de todos los tiempos sabemos también cómo se nos ladea en ciertas influencias sociales, porque la gente actual todo lo convierte en un negocio. Es necesario formar a jóvenes sin miedo, que no sean seducidos por la comodidad y la cobardía y que se entreguen para bien de todos, compartiendo la bondad que ha dejado Jesús desde Pentecostés a todos los bautizados. Y no deben tener miedo a los más peligrosos: a los que malviven dentro de la fe cristiana.

 

Meditación

 

4.- Jesús les avisa de estas situaciones: los envía «como ovejas entre lobos» (Mt 10,16). Ellos no deben contestar a tales incomprensiones. Prohibida la ley del talión para sus relaciones, su comportamiento debe ser de un amor sin límites (cf Mt 5,43-48) y proseguir, sin más, su trabajo (cf Mt 10,23). El final será siempre de Dios: «Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre. Saltad entonces de alegría, que vuestro premio en el cielo es abundante» (Lc 6,22-23).

 

5.– Así debe comprenderse la Iglesia: protegida, defendida, querida, cuando su fe y misión se fundamenta en Dios y en el envío de su Señor Jesucristo. Jesús llama a unas personas para mantener una relación de comunión con ellas bajo los criterios de una nueva familia. Dios Padre es el fundamento de la comunidad y el que señala a Jesús como guía y maestro. Les enseña para que adquieran una actitud de confianza y fidelidad total, que se expresa en la obediencia radical a su voluntad, y se alimenta con la oración. La disponibilidad a la llamada se concreta con el acompañamiento y ayuda a Jesús en el anuncio del Reino: Dios interviene de una manera gratuita y definitiva en la historia. Los cristianos debemos mostrar el nuevo rostro de Dios con la palabra, con obras y testimonio de vida, desde el Papa hasta el último enfermo o anciano que imparte una sonrisa o un consejo de amor.

 

6.-  Jesús nos enseña que debemos ser testigos del amor misericordioso que él proclama y revela con su vida. Y la potencia divina que transmite Jesús en la proclamación de ese amor es más fuerte que las convicciones y prácticas de sus adversarios aferrados a la Ley. Sus discípulos no deben temer ni por su integridad física, porque Dios es el Señor de toda vida, ni por la vida eterna, de la que también Dios es Señor, que la puede regalar o negar. Si hay peligro de que nos la niegue, sí habrá que tener miedo. Con esta conciencia y convicción los cristianos debemos caminar por la historia con la paz interior de que nuestra vida está bendecida, sostenida y salvada por el Señor: nuestro Creador, providente y Salvador.

 

 

 

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