REVIVIENDO A LOS FOSSORES
EN EL SEPELIO DE LOS ANÓNIMOS 

 

Elena Conde Güerri

          Nunca pudimos sospechar ni imaginar que se haría real lo que la industria del cine norteamericano ya había plasmado prodigiosamente en la ficción. Esta pandemia nos está enfrentando de modo descarnado ante nuestra finitud y ante la evidencia de que los avances científicos no siempre son omnipotentes.  Deber es seguir investigando en los fármacos eficaces y en preservar la salud con mutua y recíproca responsabilidad porque la vida, a pesar de sus apagones, es un regalo de Dios.
              Un regalo de Dios podrá sonar a tópico, pero he querido recordarlo en estos meses dolorosos en que no todos habrán alcanzado esa dimensión trascendente tan necesaria frente a los ataques letales y taimados que sobrevienen sin previa estrategia defensiva. Ha habido miles de muertos. Es propio de las pandemias que periódicamente han caído  sobre la humanidad  a razón de los textos documentales de la historia más pretérita. Estas líneas van a obviarlo pues no pretendo refrescar la historia fáctica y temporal sino algunos rasgos de la historia interior, invisible y espiritual de cada cual. Todas las sociedades antiguas pusieron un celo extraordinario en enterrar a sus difuntos. El espíritu de los insepultos quedaba vagando bajo el capricho fatídico de sombras oscuras. De ahí que legislaran tales  prácticas, ya  para preservar la memoria de quienes les habían precedido en las gestiones de Estado o simplemente en el árbol genealógico. Era un derecho que se debía a los difuntos y los propios familiares les procuraban con orgullo unas exequias dignas.  
            Fue, sin duda, el cristianismo el que dio un nuevo registro a la acción de sepultar conforme a la tradición judaica heredada y posteriormente enriquecida con la teología de la Resurrección del Señor. Surgieron así  unas personas que hicieron de su profesión no sólo un servicio imprescindible para la comunidad de vivos sino una obra de misericordia con un parpadeo de esperanza hacia la vida perdurable. Se les llama fossores, palabra latina entroncada en el verbo fodio que significa cavar, excavar. De hecho, eran ellos los que durante las etapas del cristianismo perseguido, cuando la comunidad cristiana aumentaba progresivamente y los fieles eran enterrados en las llamadas catacumbas, se encargaban de practicar los loculi o  nichos a lo largo de las paredes. La mayoría de las personas no tienen una idea clara de la verdadera  fisonomía y finalidad de los cementerios paleocristianos, llamados catacumbas. No eran galerías subterráneas como escondrijos concebidos esencialmente para escapar de las persecuciones. Ese es el tatuaje que les atribuyó la literatura romántica moderna. Eran cementerios, un ambiente donde los difuntos  “tendidos, reposaban serenamente” en espera de la resurrección. Una hermosa metáfora que los fossores conocían bien. Provistos de picos y palas, y con una lucerna para alumbrarse en la oscuridad, horadaban con facilidad el tufo volcánico o variedad de roca propia de la geología de las catacumbas, maleable y a la vez muy compacta. Su funcionalidad resultaba imprescindible y por ello quisieron ser representados en pinturas al fresco que decoran determinados cubículos de algunas de aquéllas. Hay más de veinticinco figuras de fossores en todo el repertorio iconográfico de la amplísima red de cementerios paleocristianos de Roma, muchos más que los tradicionalmente visitables para el gran público como San Calixto, Domitila o Priscila. No se sabe  exactamente si estos operarios quisieron representarse a sí mismos, para perpetuar un cometido que en principio podía parecer anodino por mecánico, o fueron encargos de personas con mayor instrucción que vieron en ellos el trasunto de iconologías de la salvación. Sea como fuere, su figura resulta siempre sugestiva en las fuentes documentales pues, desde el siglo II de nuestra era hasta entrado el V, su profesión fue adaptándose a la propia metamorfosis de la sociedad. El sepulturero pudo ser simplemente operativo en la primera etapa y llegar a ostentar un orden eclesiástico menor en la etapa del llamado cesaropapismo, en atención a la trascendencia de su trabajo. 
              Mi interpretación personal siempre vió en los fossores una analogía de Tobias padre, uno de los protagonistas del Libro homónimo veterotestamentario que desde el Concilio de Trento se consideró canónico. En el delicioso relato, prisioneros y perseguidos los judíos en Nínive durante el reinado de Senaquerib, Tobías, de la tribu de Neftalí, proveía a sus necesidades de ropa y comida, consolaba a los cautivos y, esencialmente, sepultaba los cadáveres de aquéllos que habían sido ejecutados por  orden del rey. Es decir, aun a costa de su integridad física, cumplía con la gran obra de misericordia que reconocía en aquellos despojos sin vida la dignidad de las criaturas de Dios frente a la idolatría de los asirios. Dar digna sepultura a los muertos sigue siendo una gran obra de misericordia. Y más en estas semanas y, quién sabe, en qué etapas venideras. Hemos contemplado estos días, con los ojos de nuestra sensibilidad espiritual cristiana, los cuerpos  de tantos hermanos en espera de una digna sepultura. Hacinados por la premura de una situación apremiante, angustiosa y no siempre bien gestionada. Hasta anónimos y alliens, con el debido respeto, para muchas familias receptoras. En esta síntesis que persigue la esperanza, sé que puede sonar duro redescubrir ahora la figura de los antiguos fossores. Creo que lo merecen. Sus sucesores coetáneos  son parte  de la historia interior de cada cual, la que no se ve  pero hace lo que quizá casi nadie querría hacer y  es capaz de infundir un poco de serenidad a tantos deudos dolientes y sugerir, para quienes quieran, que esos restos han sido y son criaturas de Dios y los bautizados, hijos de Dios. Que ese reposo, ese sueño, no es el final. La persona no muere nunca.

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