XIII Domingo T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta

Dios nuestro, que por la gracia de la adopción quisiste hacernos hijos de la luz; concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad.

            Lo primero que recordamos al comenzar la  oración colecta de la Santa Misa es que somos hijos de Dios, una gracia que Dios nos concedió el día en el que recibimos el Bautismo. En ese momento,  al entregarnos una vela encendida, se nos dijo que éramos hijos de la luz, la cual debíamos acrecentar con nuestras buenas obras.
La experiencia nos dice que no siempre hemos conseguido hacer crecer la luz bautismal. Por eso, le pedimos al Señor que nos libre de ser engañados «por las tinieblas del error», que nos lleva al pecado, apartándonos del «esplendor de la verdad». Hay que cuidar la verdad de la fe recibida, tratarla con gratitud y amor porque es la gracia que nos hace hijos de Dios.

“El que siembra para la carne,
de la carne cosechará corrupción;
el que siembre para el espíritu,
del Espíritu cosechará vida eterna”
(Gál 6,8)

 Oración sobre las ofrendas
Dios de bondad, que das eficacia a tus misterios, concede que nuestro culto resulte digno de estos sagrados dones.

Dios siempre actúa en favor nuestro y para nuestro bien. Y lo hace de muchas maneras y usando medios sencillos. Dios manifiesta su grandeza en la creación y en las cosas insignificantes que observamos en ella. A Dios le encanta la pequeñez, lo que parece que no cuenta para nosotros: lo débil del mundo lo escoge para confundir a lo que nos parece fuerte y poderoso.
¿Qué medios emplea Dios en los sacramentos para nuestra salvación? Agua, “humilde y sencilla”, en el bautismo; aceite en la confirmación, ministerio del orden y unción de enfermos; pan y vino en la Eucaristía; signos de arrepentimiento en la confesión, y palabras sinceras en el matrimonio. Y todo esto “envuelto” con palabras de Jesucristo.

Bendice, alma mía, al Señor,
que humilla a los soberbios
y enaltece a los pobres y sencillos.
(Sal 103,1; cf. Lc 1,52)

Oración después de la comunión
Que la víctima divina que hemos ofrecido y recibido nos llene de vida, Señor, para que unidos a ti por el amor, demos frutos que permanezcan eternamente.

De Dios recibimos lo que a Dios hemos presentado. Pero con una diferencia esencial:  le presentamos pan y vino y recibimos el Cuerpo y la Sangre de su Hijo en razón de las  palabras de Jesús pronunciadas en su nombre sobre el pan y el vino por el ministro sacerdotal. Esta ofrenda divina es la que en el tiempo presente nos da la vida eterna en esperanza y la fortaleza para alcanzarla. Esto exige de cada uno de nosotros vivir unidos  a Dios por el amor; no un amor pasajero, sino continuo, manifestado en las obras que el amor de Dios nos exige.

Amemos a Dios como Él nos ama
y recibiremos la felicidad que Él nos ha prometido.
(Cf Sant 1,12)

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