DOMINGO XVII (A)

Del Evangelio de Mateo 13,44-50

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

1.- Las parábolas del Evangelio de Mateo que tratan del Reino pretenden decirnos qué es, cómo se manifiesta, qué exigencias entraña y cómo debemos cumplir dichas exigencias. Jesús pretende en estos relatos parabólicos introducir a sus oyentes en la realidad nueva del Reino. Como los maestros judíos, usa narraciones sencillas, cuyos personajes y demás elementos constitutivos son extraídos de la vida cotidiana judía para que todo el mundo pueda entender las claves en las que se descifra el Reino. Los elementos que hay en la  creación, en la vida familiar, en el trabajo, en las instituciones sociales y religiosas con sus finalidades y hábitos y que están al alcance de la comprensión de todos, se dan la mano y configuran las siluetas de los actores de las parábolas. Estos relatos formulan el diálogo y la oferta permanente de Dios al hombre para que pase de la vieja dimensión a la nueva, porque las parábolas remiten a las palabras y a los hechos de Jesús, en los cuales se comunica el Reino que está actuando en la historia. El mensaje que contienen es de Dios para los hombres. Por eso en la parábola es Dios quien se presenta a modo humano y ofrece un orden nuevo que exige una opción arriesgada y no siempre segura de éxito.

 

2.- Las parábolas del tesoro escondido y del comerciante de perlas finas nos indican que el Reino es una realidad que está por encima de los bienes más preciados que los hombres podamos anhelar, elaborar y disfrutar. Y ese tesoro es Cristo Jesús. Una vez más citamos la experiencia más profunda de la vida de fe de Pablo: «Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Y para poseerle, las exigencias que el mismo Jesús establece son radicales: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado» (Mt 10,34-40).

 

3.- La radicalidad de Jesús —venderlo todo para comprar el tesoro, o subordinar la familia a las exigencias del Reino—, no significa que debamos odiar los vínculos familiares, como padre, madre, esposa o esposo, o hijos, pues el verbo «odiar» no tiene el sentido antropológico actual. No es posible pensar que Jesús, que manda amar a los enemigos (Lc 6,27; Mt 5,44), obligara a sus seguidores a rechazar la relación fundamental humana que da origen a la vida. Aquí no se trata de vínculos afectivos, sino de prioridades en las fidelidades y obediencias de las instituciones sociales. «Amar» (agapao) y «odiar» (miseo) se traducen por fidelidad o infidelidad, y en esta línea se mueve Jesús. Y entonces lo podemos entender mejor: no es despreciar el trabajo, la familia, los deberes prioritarios que fundamenten nuestra cultura, sino asumir la fidelidad a Cristo como el que da un sentido global de vida como amor y entrega y aplicarlo a todos los estados en que estemos, a todas las situaciones que nos encontremos, a todas las actitudes y actos que tengamos y hagamos. No es cuestión de abandonar el mundo para irse a un mundo que no se sabe bien en qué consiste, sino de vivir en este mundo desde la perspectiva de Jesús. Entonces venderemos o tiraremos todas las baratijas acumuladas a lo largo de nuestra vida, para comprar el tesoro del amor que ilumina y da sentido a todo cuanto pensamos, comunicamos y hacemos.

 

Meditación

 

4.– Cuando hablamos del Reino como un tesoro se entiende la acción de Dios mediante la cual gobierna su creación. Refiere el tipo de relación que el Señor ha adoptado para comunicarse con nosotros. Para Jesús, Dios no establece con los hombres una relación según dictamina la ley, o el derecho, o el poder militar. Dios se relaciona como si fuera un padre. Dios es Rey porque gobierna como una Madre y un Padre a los hombres, porque son sus hijos, no simples criaturas. Por tanto, reino es una relación, un ejercicio, una acción que indica la forma como se relaciona y gobierna Dios la historia humana y la naturaleza que la cobija. Y esa relación, es una relación de amor misericordioso, al estilo de las tres parábolas del cap. 15 del evangelio de Lucas: la oveja perdida, el dracma perdido y el hijo perdido. El Señor no da por perdido a ningún hijo: sale en busca de la oveja, se alegra de encontrar el dracma y recibe con las brazos abiertos al hijo que regresa. También nosotros, observando al Señor, debemos pensar y amar así, cuando nuestra vida se encuentre en las situaciones descritas en las parábolas: perdida.

 

5.- La comunidad cristiana es la que cobija y es consciente de estas actitudes divinas que revela y hace suyas Jesús. Salir  a buscar al que anda desorientado en la vida, dando palos de ciego y estropeando lo más preciado que tenemos. Seguir a la publicidad y vivir de las comparaciones para transformar la vida en sensaciones y sentimientos  que causan alegrías esporádicas, es venderla en un mercado de baratijas o en un tienda de chinos —por nada compramos; por nada nos vendemos—; y, por último, vivir de la productividad del trabajo, de ser una máquina de producir billetes, o menos billetes, es perderse lo rica y amplia que es la vida cuando se divisa desde la gratuidad y las relaciones humanas bondadosas, más allá de lo que nos pagan o se benefician de nosotros. Son los tres tesoros que alberga la Iglesia y enseña continuamente a sus hijos, los bautizados: buscar al hermano perdido u olvidado; recibirlo y alegrarse cuando se le encuentra o regresa.

 

6.- Antes de seguir a Jesús, hay que descubrirlo. El tesoro, que es él, no es nada fácil encontrar, porque estamos muy bien programados en esta vida. Primero nos formamos para trabajar, y nos formamos para trabajar donde más se nos pueda remunerar. Después constituimos una familia y más tarde tratamos de hacernos con un puesto en la sociedad. Y continuamos luchando para que nuestros hijos tengan una formación y un puesto superior al nuestro, para mejorar nuestros apellidos.  Y en todo ello debemos descubrir su hilo conductor, la fuerza interior que hace que le demos sentido a tanto trabajo, a tantos problemas, a tantas angustias, a tantas alegrías o compensaciones. El hilo conductor, la clave de todo, el tesoro, no es renunciar a dichas etapas de la existencia, sino descubrir a Jesús, hallar a Jesús como la persona que nos enseña a vivir dichos acontecimientos con la posesión del Espíritu, cuyos frutos son: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Gál 5,22-23).

 

 

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