DOMINGO XX T.O.

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios nuestro, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde en nuestros corazones la ternura de tu amor para que, amándote en todas y sobre todas las cosas, alcancemos tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo.

El amor a Dios recibe su recompensa del mismo Dios. Él ha preparado bienes, que en la oración colecta son llamados “invisibles”, inefables, que el lenguaje humano no puede expresar. Pero son bienes eternos que nos alcanzan la felicidad, ya temporal en parte; y de manera especial la eterna. Afirmada la necesidad del amor y convencidos de ello, se le pide al Señor que nos lo infunda. Pero no un amor “seco”, rígido, sino un mor de ternura y delicadeza; un amor como el suyo: “infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones”. La finalidad de esta petición es amar a Dios en toda ocasión, también en la realización de nuestro trabajo diario, aun el más insignificante, teniendo presente lo que afirma san Francisco de Sales: “Todo por amor, nada a la fuerza”. Y siempre como primer fin: “sobre todas las cosas”. Así alcanzaremos las promesas de Dios que superan nuestros deseos.
La casa de Dios es casa de oración (1ª lectura)
Cada uno de nosotros es templo del Espíritu

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, nuestra ofrenda, en la cual se realiza un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que nos diste, podamos recibirte a ti mismo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Cristo Jesús nos dijo que se nos daba en alimento y bebida bajo las especies de pan y vino. Y es pan y vino lo que nosotros ponemos sobre el altar. Son nuestras ofrendas. Nada tenemos mejor que ofrecer a Dios en este momento de la celebración que tengan relación visual con lo dicho por Jesús: comer su carne y beber su sangre. No interpretemos las palabras de Jesús en sentido material. Pero sí tenemos que presentarle el pan y el vino que él nos ha dado, para que realice el admirable intercambio que nos permita recibirle a él mismo.
Dice Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.
(Esto es la Eucaristía). “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí
y yo en él” (Así actúa Jesús en aquel que le recibe).

Oración después de la comunión
Señor y Padre nuestro, unidos a Cristo por este sacramento, imploramos humildemente tu misericordia, para que, hechos semejantes a Él en la tierra, merezcamos gozar de su compañía en el cielo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Con Cristo Jesús en nosotros, nos dirigimos a Dios Padre, sabiendo que es su misericordia la que nos acoge, y le pedimos que realice en nosotros lo que en el bautismo nos regaló: ser configurados a imagen de su Hijo, mientras vivimos en la tierra; que crezca en nosotros la semejanza con su Hijo, siendo verdaderos testigos del amor de Dios, como Cristo lo fue y, así, merezcamos, por gracia de Dios, participar de su vida en el cielo. Hacia nuestra casa caminamos para ser revestidos para siempre de la gloria de Dios. Pero Dios requiere de nosotros la aceptación agradecida de sus regalos, haciendo vida el amor de Dios.
Corramos la carrera que nos toca,
sin perder el ánimo, sin retirarnos.
El que permanezca hasta el fin, se salvará.
Jesús nos dice: “El que me sigue no camina en tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida”

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.