TIEMPO DE ESPERANZAS

José García Férez
Miembro de Giges

Desde que la pandemia de Covid-19 se ha instalado en nuestras vidas y desde que su propagación está haciendo mella en los tuétanos de nuestras sociedades, estamos inmersos en una crisis global sin precedentes: crisis personal, familiar, económica, sanitaria, educativa, política, etc. Crisis que a unos los aboca a la desesperación, al desánimo y al desaliento, mientras que a otros los invita a mantener o avivar ciertas esperanzas, sobre todo si estas posibilitan la recuperación de muchas de las cosas que el coronavirus ha relegado al olvido o traen consigo el logro de algunas otras que, con mayor o menor fortuna, están por venir. En un sentido u otro, necesitamos mantener algunas esperanzas que parecían ya perdidas y alentar otras nuevas aún sin desarrollar.

La esperanza forma parte de la condición humana hasta tal punto que no podemos vivir sin esperanza y, si lo hacemos, corremos el riesgo de perder algo que nos define e identifica, a nivel individual, comunitario e histórico, desde los albores del proceso de hominización. Es más, no podemos y tampoco debemos estar en el mundo sin esperar nada, ya sea de la propia vida, de los demás o de nosotros mismos. En otras palabras, aunque sea posible vivir desde un anodismo radical o desde un nihilismo voraz en estos tiempos coronavíricos, el ser humano precisa pensar y sentir su vida desde la esperanza, no sólo para trascender su realidad, sino para aspirar o tender a un proyecto de futuro, en terminología orteguiana, más bueno y mejor.

Desde esta idea motriz, la esperanza pasaría a convertirse en una categoría antropológica desde la que se podría enmarcar todo lo que el ser humano anhela o quiere lograr y, en consecuencia, equivaldría a todo lo que para cada uno de nosotros sería deseable, desde nuestra cotidianeidad, en cuanto proyecto de vida y de realización personal. Y es que, con coronavirus o sin él, no es posible vivir sin esperanza, como tampoco actuar sin ella. Necesitamos tener esperanzas para vivir y, de hecho, en la mayor parte de las veces, pensamos y nos comportamos movidos por esperanzas, sean del tipo que sean. El ser humano, en palabras de Laín Entralgo, “no puede no esperar” y tampoco “vivir sin esperar nada”, ya que todo hombre quiere, espera o desea siempre algo.

Cuesta imaginar a una persona que no asuma conscientemente el hecho de tener algunas esperanzas en su urdimbre vital o en su destino temporal. De ahí que podemos sostener que somos, en cierto modo, “animales esperantes”, seres abiertos de continuo a la esperanza, pues siempre esperamos que ocurra algo que satisfaga nuestros deseos o colme nuestras ilusiones de un cambio “a mejor” en todos los órdenes de nuestra vida: salud, trabajo, pareja, salario, etc. Dicho de otra manera y parafraseando al genial Sören Kierkegaard, “el ser humano necesita esperarlo todo y esperar siempre”, no puede ser de otra manera, dado que tener esperanza es algo que nos es propio y nos resulta imprescindible para vivir, sobre todo, si aspiramos a un futuro más próspero y mejor.

Ahora bien, el valor de la esperanza en la praxis vital o ante la dramática realidad derivada del confinamiento provocado por el coronavirus, supera, en muchos casos, los márgenes de la racionalidad, de la emotividad y hasta los ámbitos de la relacionalidad intra e interpersonal. Aun así, estoy convencido que esta pandemia mundial, además de grandes pérdidas, frustraciones y desgracias sociales, traerá consigo una nueva forma de ver la vida y nos enseñará a enfrentarnos a ella, en la era del postcoronavirus, con más flexibilidad y capacidad de adaptación.

Eso sí, considero que no seremos capaces de afrontar los grandes retos y dificultades de esta nueva era postcoronavirica si no educamos y cultivamos el valor de la esperanza humana, máxime si pretendemos encontrar, por medio de ella, el sentido último a las eternas preguntas kantianas: ¿qué debemos hacer (frente a ella) y qué nos cabe esperar (ante ella)?

Ojalá que el túnel de oscuridad que ha traído consigo esta pandemia (ciudades semidesiertas, comercios cerrados, calles vacías, colas en los supermercados y centros sanitarios, ciudadanos arruinados, aislamientos sociales, neurosis obsesivas, etc.), vea pronto la luz y no nos haga perder la oportunidad de este nuevo tiempo de esperanzas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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