XXI DOMINGO T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Señor Dios, que unes a tus fieles en una sola voluntad; concédenos amar lo que mandas y esperar lo que prometes, para que, en la inestabilidad del mundo presente, nuestros corazones estén firmes donde se encuentra la alegría verdadera. Por nuestro Señor Jesucristo.

La oración comienza con una afirmación dirigida a Dios y que Él solo puede realizar: unir nuestros corazones en un mismo deseo, como lo tenían los primeros cristianos. Unidos por el querer de poseer los mismos bienes divinos, a una sola voz e iluminados por la fe, nos dirigimos a Dios Padre para que a todos nos conceda los mismos bienes del Espíritu: en primer lugar, amar sus preceptos, porque el amor fortalece e ilusiona y da firmeza a nuestro corazón.
El amor tiene inherente unos bienes que se esperan alcanzar. Por eso, le pedimos también que nos conceda vivir en la esperanza de que un día poseeremos lo que nos ha prometido.
Muchos atractivos nos presenta la vida, los cuales atraen nuestra atención y nuestros deseos. Y, por eso, le decimos que, no obstante las alternativas favorables o desfavorables, nuestro corazón no se desvíe del verdadero camino.
Señor Jesús, tu misericordia es eterna;
no nos abandones, somos la obra de tus manos.
Y nosotros creemos que tú eres el Hijo de Dios vivo.

Oración sobre las ofrendas
Señor, que en el sacrificio único de Cristo, te has adquirido un pueblo de hijos, sé bondadoso con nosotros y concede a tu Iglesia los dones de la unidad y la paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración dirigida a Dios Padre. Oración de petición. Pero con fundamento en el sacrificio de Cristo Jesús. Sacrificio definitivo, para siempre. Por él fuimos elegidos como pueblo de adopción, pueblo agradable a Dios, en el que todos somos hijos de un mismo Padre y hermanos en Cristo Jesús. Por su muerte y resurrección Cristo es nuestra paz, como nos recuerda san Pablo. Si Jesús ha derribado las barreras que nos separaban, el odio que rompe la unidad, no tienen sentido las barreras existentes en nuestro corazón, los muros que separan las naciones. Por eso, cada vez que renovamos la ofrenda del sacrificio de Cristo Jesús, Dios ofrece a su Iglesia y, por ella, al mundo, los dones de la unidad y de la paz.
“Señor, ¿a quién vamos a acudir?
Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos”

Oración después de la comunión
Padre nuestro, realiza plenamente en nosotros la obra de tu misericordia, y concédenos tu gracia para que podamos agradarte en todo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En nuestro silencio contemplativo después de haber comulgado, dos cosas deberíamos tener presentes: la acción de gracias y la petición. En nuestro diálogo con Cristo Jesús estos dos modos de oración no deberían faltar. Acción de gracias por el don recibido, que ya es realización plena de su misericordia: por pura gracia hemos sido invitados a la Santa Misa, cuyos efectos Dios mismo quiere llevar a plenitud; y después, petición de fortaleza de ánimo para que no nos cansemos, dejando a Dios que actúe según su voluntad. Así, nuestra petición será sincera y nuestro actuar agradable a Dios en todo. Y la misericordia de Dios, que es manifestación de su amor, será nuestra mano segura en el camino de la vida.
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

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