V

Jesús. La enciclopedia. Pasión 

 

El libro III trata de la Pasión y Resurrección. Previamente se exponen en dos partes el camino que hace Jesús desde Galilea a Jerusalén con la entrada en la ciudad santa y las despedidas en el tramo final de su vida. Jerusalén le hace llorar (cf Lc 19,41) por la historia de amor y traición que ha tenido Dios con ella y que, de golpe, se le presenta a Jesús ante sus ojos (cf Mt 23,37-39; Ez 16,1-15). Y es en ella donde se da su conflicto con el templo y con las autoridades religiosas; Caifás  convence al Sanedrín que muera antes que se destruya el pueblo (cf Jn 11,45-57). Marcos interpreta la acción de Jesús en el templo como el sinsentido actual que tiene la casa del Señor, convertida en una cueva de bandidos; es la imagen de la higuera que no da fruto y manda arrancarla (cf Mc 11,17). Por el contrario, Lucas ve en el templo una continuidad de la historia de la salvación y a él vincula la comunidad cristiana de Jerusalén: «Estaban todos los días en el templo bendiciendo a Dios»; «suben todos los días a orar» (Lc 24,52-53; Hech 2,46).- En este contexto Jesús celebra la Última Cena con los discípulos; una cena de despedida donde les deja su sentido de vida como testamento; anuncia la traición de Judas, hecho que la comunidad primitiva le costó comprender, porque fue uno de los elegidos por Jesús; Pedro se ofrece a defenderlo, se duerme en el huerto y le traiciona en el momento cuando Caifás interroga a Jesús «si es el Mesías, el Hijo del Bendito» y Jesús afirma su identidad filial divina (cf Mc 14,61-62). Estos acontecimientos dan paso a los momentos finales de su vida histórica.

La parte III del libro III describen el proceso la condena y la sepultura.  Las cuatro versiones de los Evangelistas coinciden en lo siguiente: los jefes religiosos judíos son los responsables del arresto en el huerto de los Olivos, del interrogatorio para buscar una causa que lo condene la autoridad civil y la sentencia que pronuncia Caifás cuando Jesús se declara Mesías. Los fariseos, que deciden con los herodianos matar a Jesús después de que curara al hombre de la mano seca (cf Mc 3,1-6), están ausentes en el proceso, proceso cuyo lugar —Sanedrín— y tiempo —de noche— es imposible que se realizara. Más probable es el relato de Juan (cf 11,45-53): Caifás los condena como agitador del templo, a lo que se une su enseñanza del Reino y su fama de curandero. Pilato lo manda a la cruz, declarando su inocencia previamente. La responsabilidad última de su muerte se le pasa al pueblo, incitado por los sumos sacerdotes y traicionando su identidad judía. El cristianismo ha tomado al pie de la letra la afirmación de Mateo y, hasta el concilio Vaticano II, ha acusado a Israel de pueblo deicida. Da pena observar la responsabilidad de los poderes públicos —Pilatos y Herodes Antipas— de no salvar a aquel que habían declarado previamente inocente (cf Hech 4,26; Sal 2,2); y aún más pena da el pueblo que mataba a los paganos por estar en tierra sagrada —los celosos— justificar la condena con esta afirmación insólita: «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César» (Jn 19,12; cf Lc 23,2-5). En fin, los Evangelios se centran más en las relaciones de Jesús con los judíos que con el verdadero responsable de la muerte, pues el poder romano es el garante del orden social y de la justicia. Por otra parte, los Evangelios  trasladan al proceso la tensión que se daba en el momento de su redacción entre el judaísmo rabínico emergente y las primeras comunidades cristianas. No intentan la objetividad histórica, sino el discurrir de la fe en Jesús diferenciada a estas alturas del competidor rabínico. Y mirando a Roma, los evangelistas defienden que Jesús no era un rebelde político, porque se inicia el tiempo de expansión de los cristianos por el Imperio. Además, los sufrimientos de Jesús son el mayor y mejor ejemplo de las incomprensiones y persecuciones que están sufriendo los discípulos en esos momentos, tanto en el ámbito judío como romano.

IV

Jesús. La enciclopedia. Dios es Padre

La parte III expone las dificultades que padece Jesús para realizar su misión y sus relaciones con Dios. Desde el nacimiento hay una oposición permanente a Jesús: Herodes el Grande, rechazo en la sinagoga de Nazaret;  la reacción de las autoridades religiosas por tirar las mesas de los cambistas, etc. Los Evangelios dan la impresión que Jesús no permite un espacio neutro en la vida: o se hace el bien o se hace el mal; o se salva o se mata. Por eso la ley no puede impedir curar o comer. Sana al hombre de la mano seca, y hace que reaccionen fariseos y herodianos para tratar de darle muerte; es criticado porque come con Zaqueo, público pecador; o porque perdona los pecados al paralítico que descienden por el tejado en Cafarnaún, etc.. todo ello indica que perdonar y curar es salvar, y ninguna ley puede impedir la finalidad del Señor de recrear lo que la libertad humana ha deshecho de la bondad inicial de la creación. La Ley como expresión de la voluntad de Dios, que da un sentido a la vida y una escuela para enseñarla, teje las relaciones entre Dios e Israel. Jesús, cercano a los fariseos, intenta ajustar la Ley a la nueva revelación de Dios que aporta con la manifestación de su Reino. La Ley no es una cuestión estrictamente legal, o una serie de preceptos para ajustar la vida a ellos. Jesús comprende la Torá más bien «como preparación y anticipación de la vida con Dios y como enseñanza del amor justo» (476). Por eso conducir la Ley a su «perfección», que no abrogarla, significa practicarla, interpretarla y llevar a cabo su contenido de promesas (cf Mt 5). Y en esta línea también se sitúan Pablo (cf Gál 1-2) y Juan (cf 1,17; 11,52).

Sobre el mesianismo de Jesús, los Evangelios afirman el mesías profeta, el mesías rey y el mesías sacerdote de la tradición judía. Pero el NT profundiza en el mesianismo de Jesús y, vista su vida, lo presenta como el mesías sufriente/crucificado (cf 1Cor 1,23) y, después de la Resurrección, el mesías salvador (cf Hech 3,14; 7,52; 22,14). El cristianismo, al final, se va alejando de la tradición mesiánica hebrea y acentúa la comprensión de Jesús, el Cristo, como Señor e Hijo de Dios (cf Mc 15,39).- La relación de Jesús con Dios, como la Torá, también parte de la experiencia del AT: Dios es todopoderoso y omnisapiente, además de Creador, Providente y Salvador. Pero Jesús añade que es bondad: la inclinación natural de hacer el bien:  «Solo Dios es bueno», y bueno también «para malos e ingratos», que actúa con misericordia (cf Lc 18,19; 6,35-36). Es un Dios que está cerca de los pobres y de los oprimidos (cf Lc 4,19-21) y lo demuestra en las palabras y obras de Jesús. De ahí la necesidad de la conversión para dejar el camino equivocado y encontrarnos con Jesús en el camino del Señor. Dios es «Padre» y un Padre cercano a sus hijos «Abbá», que pueden confiar plenamente en Él. Dicha trato íntimo y personal se convierte en Juan en una relación entre el Padre y el Hijo, que avoca en la identidad que ha fijado el corpus juánico como Amor (cf 1Jn 4,8.16).

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