Oraciones de la Misa del XXIII Domingo T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

 Oración colecta

Señor Dios, que nos has redimido para hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de Padre, para que cuantos hemos creído en Cristo alcancemos la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

 Comienza la oración con una afirmación fundamental: por Dios nos ha venido la redención. Lo que nosotros no podíamos conseguir con nuestro personal esfuerzo, Dios nos lo ha dado gratuitamente. ¿Será porque se nos da gratuitamente por lo que no la estimamos? Acostumbrados como estamos a sólo valorar lo que conseguimos con dinero, los regalos de Dios nos parecen de poca importancia. Sin embargo, en la redención se nos ofrece la adopción filial: hijos de Dios somos porque Cristo  nos ha liberado de la esclavitud del pecado por su muerte.
Y si hijos de Dios, le pedimos a nuestro Padre que nos mire con bondad, pues somos hijos de su amor, y nos conceda la libertad verdadera, la que Él nos da y que nos lleva a la vida eterna.

Si creemos en Cristo Jesús, conoceremos la verdad, y la verdad nos hará libres (cf. Jn 8, 32).
El que ama a su prójimo no le hace daño. Por eso el amor es cumplimiento de la ley (cf. Rm 13, 8-10)

Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, fuente del amor sincero y de la paz, concédenos glorificar tu nombre con estas ofrendas que te presentamos; y por la participación en la eucaristía ayúdanos a vivir unidos en un solo corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Dios nos hace partícipes de sus dones. En la oración sobre las ofrendas de este domingo recordamos que Él es el autor de la piedad sincera, disposición necesaria para participar de la Eucaristía. No estamos frente al altar porque sí, sino para que nuestra unión con Cristo Jesús se haga más fuerte y recibamos de él la paz que nos prometió. La sinceridad en la piedad, en la atención, excluye cualquier aburrimiento y preocupación y vence las distracciones, dando prioridad siempre a Dios y a su Palabra.      La ofrenda va unida a una petición: aprender a admirar la grandeza de Dios, glorificándole por las maravillas que diariamente realiza en nosotros y en la creación: estas maravillas que contemplamos con nuestros ojos. Y, como todos participamos de la misma mesa del Señor, crezca nuestra unión fraterna.

Señor, tú eres la luz del mundo;
el que te sigue no camina en tinieblas,
porque la luz de la vida le ilumina.

Oración después de la comunión
Señor nuestro, que alimentas y vivificas a tus fieles con tu palabra y con los sacramentos del cielo, concédenos aprovechar de tal manera estos dones de tu Hijo amado que merezcamos participar siempre de su vida divina. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

Nos alimentamos para seguir viviendo. La Palabra de Dios que escuchamos en la celebración de la Eucaristía es el alimento. Dios en ella nos comunica lo que espera de nosotros. El sacramento del cielo es Cristo Jesús a quien hemos recibido; él hace crecer la palabra recibida. No basta con escuchar; es necesario que la Palabra dé fruto. Por eso le pedimos a Dios que nos conceda beneficiarnos de los dones de su Hijo amado. ¿De cuál de ellos queremos beneficiarnos en este momento de acción de gracias? ¿ Cuál de ellos necesitamos más? Todos nos son provechosos; pero, de entre los dones de Cristo, hay siempre alguno que necesitamos con “más urgencia”. Y la finalidad de esta petición es vivir la misma vida de Jesús, ser semejantes a él. A esto contribuye la escucha de la Palabra de Dios y la participación en la  Comunión. Todo hecho con amor.

¿Quién conocerá tu designio, Señor,
si tú no le das sabiduría enviándole
tu Santo Espíritu desde el cielo?

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