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VI: Pasión y muerte

Al proceso y condena sigue la ejecución en cruz reservada a los rebeldes políticos y esclavos. Por consiguiente, después de la traición de Judas y arresto en el  huerto, huidos los discípulos, interrogado, apaleado  y flagelado en los procesos religioso y jurídico romano, Jesús recorre las calles de Jerusalén con el patíbulo en los hombros. Es crucificado y dura de tres a seis horas en la cruz. José de Arimatea se hace cargo de la sepultura y traslada el cadáver a una tumba cercana al suplicio una vez envuelto en lienzos. Marcos escribe la frase que pronuncia el centurión después de expirar Jesús: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). Puede aludir a los célebres personajes paganos creídos como hijos de las divinidades. Pero más bien trae la afirmación para contrarrestar la negación de Pedro  cuando Jesús se afirma Hijo del Bendito, o el reconocimiento ante Pilato. En definitiva, la verdadera identidad de Jesús se confiesa, al fin, en el momento de morir.

Podríamos preguntarnos sobre el significado de los sufrimientos y de la muerte de Jesús. Demuestran la naturaleza humana de Jesús. La Encarnación del Hijo de Dios es la clave de nuestra salvación: «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8). Jesús, al despojarse de la gloria divina y morir en la cruz, muestra el mayor amor posible a los hombres, tanto de él como de Dios: «No hay mayor amor que el que la vida por los amigos»; «Tanto amó Dios al mundo….» (Jn 15,13; 3,16). La raíz amorosa del tormento de la cruz de Jesús es el mejor ejemplo que tenemos para unirlo a nuestro sufrimientos y dolores. No puede haber sido un invento la historia del Mesías crucificado; al final, es el mayor símbolo del cristianismo.

Con la sepultura, organizada por José de Arimatea y en presencia de varias mujeres, se cierra el ciclo histórico de Jesús. Un sepultura sellada por dos veces: la piedra y los soldados que, dormidos, no pueden ser testigos de nada (cf Mt 27,62-66). La tumba vacía será la prueba que, tras la muerte, viene otra forma de vivir muy diferente, creada por Dios y llamada Resurrección, aunque quede un reflejo del cuerpo, según la idea antropológica judía. Jesús resucitado es «él mismo, pero no el mismo».

Termina el libro con la narración de las apariciones, el formato más tardío de la Resurrección, después de Pablo (cf 1Cor 15,3-4) y las confesiones de fe en el Resucitado (cf Mc 16.6; Lc 24,34). «La resurrección de Jesús, en el orden de la fe, es más que un acontecimiento histórico: es un acontecimiento en el cual Jesús de Nazaret es transformado por el Espíritu de Dios y asumido en la misma vida de Dios» (719). Vida nueva prometida a todos los hombres y a la misma creación, de la cual Jesús es la primicia  (cf Rom 8,19-23; 1Cor 15,20). El texto, que como hemos dicho, da prioridad al Evangelio de Lucas, narra tres relatos que contiene el capítulo 24 y que son altamente significativos para las primeras comunidades cristianas: Porque giran entorno a Jerusalén, ciudad donde resucita Jesús y desde donde manda a los discípulos para evangelizar a todo el mundo; la interpretación por la Escritura; las comidas como espacio de su encuentro con los discípulos y la semejanza y desemejanza entre Jesús histórico y resucitado. El primero  cuenta la aparición a María de Magdala, a Juana y María de Santiago, que sustituyen a Pedro, Santiago y Juan, los discípulos más cercanos a Jesús. Dos ángeles —uno no es testigo de nada (cf Mt 28,5)— les afirma: «No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,9). Y citando a la Escritura, se enlaza con los discípulos de Emaús, a lo que se une la fracción del pan: la catequesis de cómo el resucitado permanece en la comunidad cristiana: escuchando la Palabra y compartiendo el pan. Por último, la aparición a los Once, también tiene como tema central la Escritura y precisamente «les abre la mente» para que la entiendan.

Termina el capítulo 24 y el texto con el relato la Ascensión, que está asociada a la glorificación de Jesús y al anuncio de su venida. Es un texto en el que Jesús no habla y desaparece tapándolo una nube. Sin embargo, en los Hechos hay un diálogo de Jesús con los discípulos, que les promete la venida del Espíritu (cf Hech 1,8). Y como en el sepulcro, dos ángeles, que son testigos del suceso. Jesús va de donde vino, como se anuncia al principio del Evangelio (cf Lc 1,26-37) y que Juan expresa así: «Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre» (Jn 16,28). Regresar al cielo, a la sede del Padre, a su gloria, es otra realidad que nada tiene que ver con nuestro espacio tridimensional y nuestra historia humana. Aquí queda la comunidad cuya memoria hace presente al Resucitado con la oración (cf Mt 18,20), con la Palabra y con la Eucaristía (cf Lc 24,13-35), con el amor a los hombres tenidos como hermanos (cf Mt 25,31-56), y viviendo con la esperanza de la manifestación y vuelta del Hijo de Dios (1Tes 5,23; Ap 22,12; etc.).

En definitiva, es un texto muy rico sobre Jesucristo, utilizando para su comprensión los datos históricos, su interpretación y la fe de los discípulos y comunidades cristianas. A ello se une las diferentes perspectivas que aporta el diseño de la obra y los 62 autores y 26 escritores de las «cartas blancas» escritas al término de cada capítulo. Damos las gracias a la editorial PPC por el esfuerzo realizado para servir a la cultura castellana esta obra magna de Jesuología actual.

 

 

 

 

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