LAS EROSIONES HISTÓRICAS
DE LA CRUZ Y LA FRATERNIDAD  

      Elena Conde Guerri

              Este mes de septiembre que se nos escapa tras un verano atípico y cauteloso, me ha hecho pensar en detalles del cristianismo histórico que quisiera compartir con la confianza que me da la plena libertad de opinión del lector. La liturgia ha sido esta vez el centinela. En principio, septiembre parece ser un mes de semblante femenino, cálido y maternal.  Las conmemoraciones de Santa Teresa de Calcuta y de numerosas advocaciones de la Virgen girando esencialmente en torno a  su Natividad, así parecen indicarlo. Una ojeada más reflexiva al calendario muestra otro rostro bien distinto, menos sonriente, más curtido, y donde un cristiano que bucee, se topará con el dolor y el sufrimiento aunque lo rehúya.

            Día 14, Exaltación de la Santa Cruz, seguida de Nuestra Señora de los Dolores y de los Santos mártires Cornelio y Cipriano y, al paso, la Impresión de las llagas de San Francisco, antesala del 23, P. Pío de Pietrelcina, también estigmatizado, para cerrar el día 30 con la figura impresionante de San Jerónimo, filólogo y bibliófilo pero, ante todo, asceta y penitente. A lo largo de la historia del cristianismo y en todos los territorios donde enraizó, incluidos aquellos actuales donde su presencia es porcentualmente mínima, la Cruz implica el sufrimiento. Su difusión conllevó persecuciones atroces y atropellos diversos conscientes y programados. Hay que saber aceptarlo y, sobre todo, valorarlo en introspección, sin masoquismo, sentimiento que a veces nos atribuyen quienes ignoran el sentido y  la verdadera trascendencia de aquellas palabras del Señor: “Quien quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” o “No puede ser el discípulo más que el Maestro”. La Cruz es el misterio de nuestra redención y sólo ella sostiene nuestra esperanza en la Resurrección. Porque Ella es Él. Una grave carencia de los cristianos contemporáneos, pienso yo, es haber desviado la mirada de estos colores del lienzo, enfocándolo sólo parcialmente. Enmascarando las escenas de la teología sufriente y salvífica con sutiles enlucidos donde las pulsiones esencialmente sensitivas de alegría, empatía, cooperación, son las imágenes casi absolutas. Es cierto que el cristianismo también es la “perfecta Alegría” pero ésta, si es la genuina, nunca podrá germinar sin el otro. Muchas banalidades que la sociedad contemporánea y globalizada ha elevado a categoría no facilitan ni la permanencia ni la tarea evangelizadora tal como todos deberíamos hacerla. En un mundo hedonista  y ahora más oscuro por la pandemia que implica la terrible tentación del pecado de desesperanza, las generaciones que fuimos jóvenes nos sentimos a veces abatidas y los que biológicamente lo son, adolecen de formación en cristiano quizá por impericia nuestra o porque laten al ritmo de lo palpable y lo inmediato. Al menos, en los países de Occidente.

              No podría decirse lo mismo de Oriente, empleando este adjetivo al uso. La noticia de la trasformación de Santa Sofía de nuevo en mezquita para el culto, desde julio de este mismo año 2020, me impactó. El Presidente Erdogan, al parecer, fue madurando la moción que grupos de jóvenes islámicos habían pedido en sucesivas manifestaciones. Y el  edificio de culto debido al emperador Constantino en torno al año 335 y remodelado con boato posteriormente por Justiniano en el 532, la impresionante arquitectura concebida para que fuera “la iglesia más poderosa y enorme desde los tiempos de Adán”, embellecida por materiales preciosos y emblemáticos de todos los rincones del Imperio, cuya finalidad fue honrar y venerar en las figuras del  Cristo Pantocrátor y de la Theótokos a la Santa Trinidad simbolizada en su Santa Sabiduría, este monumento cargado de historia cristiana y Patrimonio de la Humanidad, tras varios cambios cultuales fruto de los procesos sociohistóricos, ahora es de nuevo mezquita. He hablado de impacto, no de extrañeza ni  mucho menos de aversión. Es cierto que Estambul y las ciudades costeras de Turquía nadan entre dos aguas, nunca mejor dicho, por sus constantes históricas y que nadie puede abolir la génesis histórica de otras religiones ajenas al cristianismo y  su difusión. Ni tampoco ignorar el llamado “inconsciente colectivo”. Comprender, respetar y, quien desee, estudiarlas, es la opción inteligente y generosa. Pero el Papa Benedicto ya advirtió perspicazmente que, en la actualidad, el Islam domina en muchos territorios donde antaño había imperado el cristianismo  en sus núcleos añejos, fundacional, apostólicos y episcopales. No somos inmunes a un cierto dolor, en este sentido, al comprobar esta progresiva erosión y desplazamiento padecidos por el cristianismo y su Fundador en determinadas geografías, aun admitiendo los incuestionables ciclos históricos y las guerras religiosas, siempre indeseables. Ante determinadas actitudes, una se pregunta qué efecto provocaría una mejor respuesta de nuestros jóvenes bautizados, un compromiso más profundo con Jesucristo para impulsar la fe cristiana en su justa esencia, aunque el sufrimiento fluya ante los obstáculos.

                  El próximo 3 de octubre el Papa Francisco estará en Asís. No es la primera vez.  El nombre que adoptó tras su elección desveló en seguida la fascinación que el Pontífice sentía por el Santo de Asís. Celebrará misa  en la Basílica, junto a la santa tumba, y firmará su tercera Encíclica, Fratelli tutti.  Ignoro el texto completo pero puedo intuir su esencia por el título. La doctrina de este Papa siempre ha sido ecuménica y más ahora, en tiempos de pandemia. Porque, ojo a una evidencia, cada cual puede vibrar con alegrías muy distintas pero el dolor es universal y nos muerde y unifica a todos. También la Redención es para todos los hombres, en la dignidad intransferible de la persona de cada cual. El propio San Francisco estuvo en Egipto y Siria, apasionado por llevar el Evangelio hasta el Sultán. En esta perspectiva, seguro que  el Obispo de Roma llame a todos a converger en Cristo, a nosotros y a los fieles de otras religiones, en el misterio de la Cruz que sin distinciones abraza, evitando por su Amor tantas ignominias y “las enfermedades sociales que ha descubierto más y más la cara de la pandemia”, en palabras suyas. Duele, y no fantaseemos. Ni  el Evangelio, ni las enseñanzas papales, ni el franciscanismo donde muchos ven superficialmente una bucólica poesía implícita en lugar de su mucha oración y ascetismo,  se adecúan a la filosofía de una ONG. Su  raíz y su fuente es Cristo, el Hijo de Dios. Por la gracia de la fe en Él nos sentimos hermanos y fuertes.  La Cruz aleja la provisionalidad. “Lejos de mi envanecerme en algo que no sea la cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. El emblema de la Orden Franciscana representa dos brazos, entrecruzados  y con las manos perforadas, sobre una cruz. No sobre un olivo ni sobre un par de líricas y cándidas tórtolas como muchos hubiesen imaginado. No. Sobre una cruz.

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