La salvación

  Felicísimo Martínez Díez

El contenido de la salvación no es tan fácil objetivarlo. La salvación muchas veces se plantea desde el esfuerzo subjetivo; o como una realidad objetiva que Dios dona sin más colaboración humana. Méritos personales y gratuidad ya indicados al inicio de la fe cristiana por Pablo y la Carta de Santiago. También hay creyentes más pendientes de la salvación en el más allá eterno; otros inciden en la liberación de la pobreza o esclavitud en la historia humana y la conquista de una salvación donde se den la libertad, la justicia y la convivencia pacífica. También se usan términos tradicionales como expiación, sustitución y redención que, en la actualidad, se cambian por otros como liberación, humanización, etc. (22-23). Hay que concretar el contenido de la salvación humana y el lenguaje para comunicarlo. Lo que intenta el profesor dominico es relacionar la salvación dada por Dios en Cristo Jesús y las experiencias fundantes de la vida humana, como son su sentido, la muerte, la enfermedad y el sufrimiento, el amor o el aislamiento, etc. Y lo desarrolla en ocho capítulos, que se pueden dividir en tres partes, además de la Introducción, que abarcan todas las dimensiones de la vida humana.

La primera parte de la obra versa sobre la salud física, psíquica y espiritual, según la antropología paulina, que respondía en parte a la judía: soma, psijé, pneuma —basar, nefes, ruaj. La salud física es una de las actividades más importantes de Jesús. Con ellas devuelve la salud al enfermo, le quita el dolor y sufrimiento y también lo incorpora a la familia y a la sociedad. Pero la misión salvadora de Jesús abarca, además, la salud psíquica, es decir, darle objetivos y sentidos a la vida personal, familiar y social. Los hombres no somos máquinas, sino seres con pretensiones precisas o vagas que orientan la vida hacia determinadas metas. Y la sociedad ha preparado  profesionales que tratan de la salud psíquica de las personas, cuando las circunstancias desquician a la existencia. Con todo, en esta dimensión de la vida no valen solo las pastillas, que adormecen y ocultan el problema. Hay que personalizar, interiorizar, tener capacidad de silencio para analizar y afrontar cada etapa de la existencia y las situaciones difíciles que podamos encontrarnos. Dejando aparte el transhumanismo, que trata el texto con detención por su propuesta de salvación exclusivamente histórica con la ciencia y la técnica elaboradas, afirma el autor que es complejo saber los límites finales de la existencia  y cuál es el contenido de la felicidad que se ansía.

En la actualidad  se busca la dimensión espiritual de la vida, a pesar de la presión materialista y cósica de la cultura. Sin embargo, no es la religión la salida a este mundo práctico, pues se la considera de un dogmatismo ajeno a la ciencia. No es extraño que se exploren espiritualidades con el sello oriental, o técnicas de autoayuda, o avivar la propia conciencia; es preciso, sin embargo, que nuestro espíritu se abra a la trascendencia y ella ilumine las infinitas posibilidades que tiene la existencia para madurarla y plenificarla, ya que «es la dimensión primigenia, fontal, originaria de la vida» (131), que abre a la persona al Absoluto, a la solidaridad y a la comunión con los demás. Todos participamos de una misma identidad filial con Dios y fraterna entre sí.

La segunda parte trata sobre la culpa, el perdón y la salvación. El pecado no debe considerarse sólo la transgresión de un precepto o los fracasos en las relaciones con los demás y en la percepción de uno mismo. El pecado en el cristianismo significa el quebranto de la vida de una persona o de un pueblo. Y cuando falta la vida, viene la muerte. Pero en la cultura científica y técnica actual no se piensa el pecado, sino la responsabilidad personal o colectiva del mal. No se percibe el pecado y el perdón divino que nace de su misericordia. Para ello es necesario el don de la fe. Hoy se sienten las culpas de los fracasos o el remordimiento porque se están haciendo mal las cosas. Culpar al otro o hacerse la víctima son salidas que se toman para aplacar los yerros vitales. Por el contrario, es necesario reconocer la culpa y aceptar el perdón y comprometerse a reparar los daños causados. Más que pecados, Jesús vino a perdonar el pecado radical que hace fracasar la vocación humana (169), cuyo origen se encuentra en el inicio del tiempo; es la estructura de la realidad transida del mal y que va más allá de la libertad. Y esta estructura es la que se introduce en cada persona desarrollando el instinto egoísta, agresivo, homicida o suicida, el tener y apropiarse de bienes a costa de lo que sea, etc. Por eso el pecado al agredir a Dios se anula la dignidad de las personas y se destruye la creación.

Dios nos amó tanto que envío a su Hijo pasa salvarnos, para perdonarnos los pecados (cf Jn 3,16; Mt 26,28). La salvación, entonces, no es una cuestión de hacerse uno a sí mismo en la historia. Vistas las cosas desde Dios, es aceptar y recibir a Jesús como la relación  de su amor  hacia los hombres que perdona la culpa y hace que se desarrollen los valores que dignifican y hace convivir en paz a las personas. La mediación de Jesús en la salvación se ha tratado en la teología cristiana con los términos de expiación, redención, satisfacción vicaria, sustitución, intercambio, justificación y liberación. El autor los describe y define, indicando los aspectos positivos y negativos que entrañan al nacer en tiempos y culturas concretas y lecturas parciales de la Escritura.

La tercera parte del texto expone la muerte, la resurrección y los novísimos. La muerte es el límite de la vida humana y provoca en la mayoría de la gente miedo, inseguridad, sensación de fracaso, etc. (252). La muerte de Jesús, la del Hijo de Dios, la interpreta el cristianismo como salvadora de la misma muerte. Su entrega sin límites por amor hasta el final de su vida la recibe Dios como la fuente de vida para todos sus hermanos (Jn 3,16-17), por eso escribe Pablo: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (1Cor 17,55-57). La resurrección de Jesús, la dimensión divina que ha creado Dios, es la primicia de toda la humanidad (cf Col 1,18). Es la promesa de Dios que ofrece a todo el mundo, incluida la creación (cf Rom 8,19-22) mirando a su Hijo, porque «lo que importa en la resurrección no es la integridad orgánica del cuerpo, sino la identidad de cada uno con la existencia histórica que ha vivido en su cuerpo» (287). Concluye el texto con acertadas precisiones sobre la muerte, el juicio, el purgatorio, el infierno y la gloria, que se exponen de forma breve y clarividente desde las más sana teología y antropología. Es un libro recomendable para todo cristiano o no que quiera saber la doctrina cristiana sobre la experiencia que realmente importa en nuestra vida.

 

San Pablo, Madrid 2019, 342 pp., 13,5 x 21.

 

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