EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA

 

 Pedro Ortega Ruiz

Va tomando cuerpo la idea y la creencia de que la construcción de una sociedad más justa, próspera y desarrollada, solidaria y tolerante debe venir no sólo de “cabezas” bien formadas, sino, además, de ciudadanos comprometidos con esos valores. Nuestro modelo educativo no es aún lo bastante sensible a las necesidades de la sociedad a la que, se dice, debe servir. Los canales de comunicación entre sociedad y sistema educativo aún son muy débiles. Y sin comunicación entre ambos, la sociedad se ve privada de una fuerza dinamizadora y crítica que le ayude a cuestionar los elementos disfuncionales del sistema y encontrar respuestas a los nuevos problemas planteados. El sistema educativo, por su parte, cae en la endogamia y la esclerosis al verse privado de la corriente de vida que le da su contacto con la sociedad.

La presencia de los valores en los centros de enseñanza puede dinamizar la vida social a condición de que los valores sean tratados no tanto como objeto de conocimiento cuanto como experiencia de vida. El academicismo en el tratamiento de los valores, la preocupación por convertirlos en contenidos curriculares que han de ser enseñados y aprendidos al igual que los demás conocimientos han privado a los valores de uno de sus elementos esenciales: la indispensable referencia a la experiencia, su vinculación a la praxis, en una palabra, a la vida. No sólo es necesario que nuestros alumnos conozcan el bien, la justicia, las ventajas del diálogo y la tolerancia, la solidaridad, la bondad de la paz. Es indispensable, además, que practiquen la justicia, el diálogo y la tolerancia, que hagan el bien. Y esto sólo es posible si tienen a su alcance modelos que encarnan, en la experiencia de sus vidas, esos valores.

Junto a la satisfacción por hacer una educación mejor, la propuesta de la educación en valores me produce cierto temor. ¿Qué valores hay que enseñar? No vivimos en una sociedad uniforme en la que unos mismos valores estén compartidos por todos. Al contrario, constituimos una sociedad plural en formas de pensar que legítimamente se expresan en modos o estilos diversos de vida. Y esta pluralidad de sistemas de valores, lejos de ser una tara o un hecho no deseable, constituye un bien que enriquece la vida personal y social. Es esta pluralidad de formas de vida y de pensamiento que entre todos hemos construido lo que hace que vayamos siendo en el tiempo “nuevas realidades”, que dejemos de ser fósiles o piezas de un museo, que seamos capaces de responder a los retos nuevos de un mundo en cambio. ¿Y qué valores? Se podría responder: Aquellos que responden a las necesidades vitales de todo ser humano para llegar a su más plena realización. Pero hacer esta afirmación tan genérica y ampulosa es no decir nada. Habría que concretarla en los derechos humanos universalmente reconocidos, y en esta formulación no habría dificultad. Pero la pregunta sigue sin obtener respuesta. La enseñanza de los valores exige la referencia a la experiencia, y ésta aparece atrapada y atravesada por el espacio y el tiempo, la cultura y el contexto donde el valor se expresa. Y aquí radica la enorme dificultad de proponer valores concretos en sus formas distintas y también concretas de expresión. Decir que “hay que ser tolerantes” es una frase vacía o propuesta inútil si en la tarea de educar no se exponen modelos concretos o experiencias concretas como recursos necesarios para apropiarse el valor de la tolerancia. Y las experiencias varían de una cultura o otra, de un espacio temporal a otro. El trabajo de los educadores se situaría, entonces, en identificar las formas o variantes culturales a través de las cuales los valores se expresan en esa comunidad. Lo que conlleva en los educadores un conocimiento de la cultura de la comunidad donde se ejerce la tarea educadora que evite su desarraigo y el riesgo de colonialismo cultural. Hablaríamos así “idiomas” diferentes, distintos lenguajes para referirnos a un mismo valor; tocaríamos distintos instrumentos, pero estaríamos en una misma orquesta interpretando una misma sinfonía.

Se hace necesario replantearse una metodología distinta en la enseñanza de los valores que se corresponda con la naturaleza de los mismos. Rescatar su “mundanidad” e integrarlos en la urdimbre de la existencia humana. Ello exigiría que nuestros centros de enseñanza abran sus puertas y ventanas a la sociedad, que dejen entrar en las aulas los problemas que la acucian (marginación social, corrupción, desigualdad, pobreza, etc.), que hablen otro lenguaje más pegado a la piel de los hombres y mujeres de nuestros días. No basta con hacer leyes que contemplen la obligación de enseñar los valores en las escuelas. Con sólo disposiciones legales podríamos seguir pensando y haciendo lo mismo. Es indispensable que el discurso y la praxis educativa se tomen en serio la inevitable condición histórica del ser humano, impensable fuera o al margen del aquí y del ahora. Y tener, además, el coraje de llegar hasta las últimas consecuencias. Educar en valores no es hacer un discurso o teorizar sobre los valores. Es escudriñar los entresijos de la sociedad, hacer que afloren sus frustraciones y esperanzas, las experiencias de vida, en definitiva, y que éstas “hablen” en un lenguaje nuevo.

La educación no puede sustraerse a la función transformadora de la realidad social a la que pertenece. La escuela no puede vivir de espaldas o con los ojos cerrados a cuanto sucede alrededor de los centros escolares. No sólo debemos pretender personas instruidas, sino también buenos ciudadanos comprometidos con la construcción justa y solidaria de la sociedad de nuestro tiempo. Educar para hoy y aquí exige formar ciudadanos sabedores de lo que “está pasando”, competentes para el diálogo y la convivencia entre los pueblos e individuos de diferentes culturas, y competentes para una acción responsable contra la desigualdad y la exclusión. Educar o formar ciudadanos es ante todo una praxis orientada a capacitar a las jóvenes generaciones a leer e interpretar la realidad,  más aún, a asumir responsabilidades frente a esa realidad. Una educación de “laboratorio” no puede dar cuenta de las frustraciones y esperanzas en las que se resuelve la vida de cada uno. Permanece muda e incapaz de decir una palabra liberadora, una palabra transformadora, una palabra de vida. Formar ciudadanos es educar para construir el futuro.

 

 

 

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