DESPOJAMIENTO

 

     Elena Conde Guerri

                 La mayoría  nos habíamos acostumbrado a una vida placentera en que, cubiertas suficientemente las necesidades cotidianas, nuestros impulsos lograban satisfacer deseos de cosas no esenciales. No todos, insisto, pero sí muchos se vieron arrastrados y subyugados por la posesión del goce de lo complementario. Se justificaba por necesidades familiares o laborales, por equilibrar la demanda entre producción y consumo o simplemente por el bienestar psicológico de darse un capricho compensador y merecido. Se tenían dos coches, y uno de ellos de alta gama. Escapadas turísticas sólo por afán de emulación. Una cocina de diseño equipada con los últimos electrodomésticos. Dos televisores y, en algunos hogares, hasta tres consolas de videojuegos. Juguetes mil, para siempre dormidos y obsoletos. Móviles hermanos de miniTvs  ambulantes. Tres abrigos, un batallón de calzado en ocasiones inútil, ropa de fiesta, chucherías insulsas y las mujeres, que de eso sé bastante, tesoros escondidos de cosméticos en el afán de persecución de la belleza que, a la larga, siempre se difumina por la propia ley de la vida. En tanto, otros veían discurrir discretamente sus vidas en la precariedad tantas veces vergonzante.

                Se presentó de golpe, sin avisar, el temible enemigo invisible y silencioso, como yo le llamo, para comenzar un asedio que todavía no ha concluido. La evidencia de su naturaleza taimada y letal, pandémica, nos ha obligado a abrir los ojos, a reflexionar, a intentar al menos ser un poco más consecuentes con nosotros mismos y quienes nos rodean. Comprobando en carne propia que puede vivirse feliz con bastante menos. Yo así lo pienso aunque quizá mi visión esperanzada de la vida actúe como un velo protector. Sí positiva, pero no ingenua ni ignorante. Vivimos en una sociedad con consignas programadas y bien atadas antes de su difusión que, muchas veces, son paradójicas. La egoísta rentabilidad se impone  incluso en medio de este gran sufrimiento. Por citar un ejemplo, gira por ahí una publicidad en que una Compañía de Seguros  anuncia simultáneamente póliza de vida y también de decesos. Todo por la feliz seguridad. Abramos los ojos. Padre Dios nos hizo inteligentes. Seamos capaces de aventurar que, probablemente, en esta situación la meta a conseguir sea el despojamiento. Concepto recio, exigente, no exigible para todos pero sí recomendable. Difícil de alcanzar pero no imposible en la medida de nuestras fuerzas, situación y voluntad. Despojarse de todo aquello, como he dicho antes, que invadió nuestras vidas y las enredó en serpentinas de luminotecnia tramposa, largas y largas donde se perdió el hilo de Ariadna para lograr el retorno al equilibrio salvífico. Desnudarse de lo sobrante para abrazar y mantener sólo lo necesario que hace digna nuestra existencia y nos permite incluso compartirlo.

              Esta página intenta también transmitir un poquito de cultura. Y, al hilo, he pensado esta vez en la figura de Santo Tomás Moro. Grandioso pero quizá no tan presente como merece. Intelectual, jurista, político y diplomático,  este londinense católico formado en Oxford y experto también en lenguas clásicas, presenció desde el inicio del siglo XVI  los años gloriosos del Renacimiento inglés en una sociedad jerarquizada y próspera donde no siempre se respetaba la justicia. Defensor a ultranza de los preceptos y moral evangélicos, antes incluso de la fractura impuesta por el monarca Enrique VIII que, como es sabido, le costó la vida, Moro escribió la Utopía. La verdadera sabiduría, y mucho más la del gobernante, se cimenta en la fidelidad al espíritu del Evangelio. El ideal de este humanismo persigue aplicar dichos principios a la vida social y política. Pero, para esto, hay que saber despojarse de los lastres nocivos y efímeros. Ir a pecho descubierto para diseñar, como ejemplo, una sociedad libre de las terribles desigualdades sociales que ya entonces, en una Inglaterra tradicionalmente de heráldica latifundista, clamaban al cielo. Y Moro dice textualmente a este respecto en un punto del Libro I: “Ahí están los nobles cuyo número desorbitado vive como zánganos a cuesta de los demás. Con tal de aumentar sus rentas, no dudan en explotar a los colonos de sus tierras desollándolos vivos. Derrochadores hasta la prodigalidad y mentira, es el único tipo de administración que conocen”. Duro pero real.  La solución deseable,  el ideal,  es reivindicado en el contexto coetáneo por nuestro Papa Francisco en su última y reciente encíclica Fratelli tutti. Al igual que parece utopía, siguiendo al Santo inglés, la conveniencia de la austeridad en el vestir, rentabilizando la calidad de los tejidos y su confección para que sean más duraderos y todo revierta en la protección de la naturaleza. Prodigioso vaticinio frente a los derroches que he mencionado en mis primeras líneas. Les recomiendo que ojeen la obra mencionada. Sea rápidamente, queda claro que quien quiera construir un mundo mejor, más justo y más luminoso para todos, deberá prescindir de todo lo superfluo y autodiseccionarse en su anatomía esencial para ofrecerla a los demás trasparente, desnuda y dispuesta, sin contraprestaciones, como se hace con el mejor de los regalos. ¿Utopía?.

              Estamos viviendo una nueva Navidad. La Conmemoración de lo que ocurrió sigue siendo un gran regalo, mucho más en momentos de  aflicción. Miremos a Belén, a ese establo recogido y anónimo como tantos otros. A ese matrimonio fatigado y a la vez exultante porque la esposa va a dar a luz. En apariencia no ocurre nada extraordinario. “Él se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos”. Las palabras de San Pablo estallan con cegadora carga teológica. Ese Niño era Dios pero quiso libremente pasar inadvertido. Se desnudó y se nos dio así, tan pequeño e indefenso con toda la ternura que despierta un recién nacido. Para acercarse del todo a nosotros, para mimetizarse por infinito amor. Llegará el momento oportuno de su teofanía y, como nuestro Señor y Salvador, toda rodilla se hincará ante Él en el cielo, la tierra y el abismo. En estos días señalados, despojémonos, acunémosle  y adorémosle.

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