NAVIDAD

 

 

En Navidad reflexionamos y meditamos el culmen de la revelación cristiana que se expresa en el Prólogo del Evangelio de San Juan que leemos en la Misa de Navidad del día: «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Volvemos de nuevo al convencimiento de las comunidades cristianas, cada vez más fuerte, sobre la relación entre Jesús y Dios, concretada en la relación filial. Jesús es el Hijo de Dios en la cruz y en la resurrección, Hijo de Dios en el bautismo previo a su actividad de la proclamación del Reino; Hijo de Dios en la concepción y en el nacimiento; Hijo de Dios antes de cualquier realidad existente. Hay una relación entre la Palabra y Dios, que en la historia humana se da entre el Hijo unigénito y el Padre. Comprende esta etapa tres acciones fundamentales para la vida creada.

En primer lugar, Dios crea por ella: «Todo existió por medio de ella y sin ella nada existió de cuanto existe», de forma que Dios es conocido en la historia por medio de la Palabra. Dios origina la vida por medio de la Palabra y esta vida es la fuente de la luz que ilumina a los hombres para separarlos del mal, es decir, para salvarlos. Se invita a los hombres a caminar bajo la influencia de la luz que descubre la vida, y a salir de las tinieblas, porque la luz adviene en una historia ambigua y conflictiva: «La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron».

En segundo lugar, la presencia de la Palabra que ilumina, tanto al mundo que es creado por medio de ella, como al hombre que se salva por medio de ella, se acerca a la historia: «La luz verdadera que ilumina a todo hombre está viniendo al mundo». Anunciada la encarnación de la Palabra, ahora se pone en movimiento para dejarse ver. Y resulta que se encuentra también con un rechazo doble. Ni todos los judíos, «los suyos», ni todos los paganos, «los demás», logran comprender y recibir la presencia de Dios en Israel y en el mundo, mundo que se entiende como creación: el ámbito que abarca la Palabra y el espacio que inunda el mal. Pero no es unánime tal desconocimiento y rechazo. En la vida del escritor sagrado se da testimonio de la Palabra porque hay una porción del pueblo que la admite como tal: «Pero a los que la recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios: a los que creen en él». Recibir es creer, y creer conduce a la filiación divina, cuyo origen está en Dios, que no en la relación humana. El «nacer de nuevo» es un proceso que arranca de Dios y pone en movimiento las semillas divinas que están en el corazón humano para que se le reconozca y acepte en el ámbito del Reino.

En tercer lugar, se muestra en la historia lo que ha venido anunciándose: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». Si antes Dios se da a conocer por la Ley promulgada por Moisés, ahora lo hace de una forma mucho más perfecta y más verdadera: por la historia de Jesús. Jesucristo, el Hijo único, es la encarnación de la Palabra; es un don o acción gratuita de Dios servida a los hombres; es una participación de la plenitud divina ofrecida a los creyentes y que, a continuación, se desarrolla a lo largo del Evangelio con el relato de las palabras y obras de Jesús: «Nadie ha visto jamás a Dios: El Hijo único, que está vuelto hacia el Padre, lo ha explicado». Para certificar esta historia y que no existan equívocos ante la importancia y trascendencia de la obra de Juan Bautista, él solamente es el que precede a la encarnación de la Palabra, la anuncia y es testigo de este acontecimiento para que Se crea en ella.                                  

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