Educar en una sociedad herida

 

                                                                                 

 

Pedro Ortega Ruiz

                                                                                     Contexto social
La pandemia del covid-19 nos ha recordado nuestra condición vulnerable, nuestra finitud y fragilidad. No somos «dioses», sino seres vulnerables, expuestos a lo imprevisible. Los avances científicos y tecnológicos han sido una barrera demasiado frágil para detener la agresión de un virus que está generando mucho sufrimiento a nivel global. El covid-19 ha removido los cimientos de una sociedad que se consideraba segura, confiada a los avances de la ciencia; ha roto las costuras de nuestra civilización. Todo lo que hasta ahora parecía seguro y resuelto por el desarrollo de la ciencia y la tecnología es cuestionado por un virus microscópico que irrumpe bruscamente en nuestra vida. La pandemia nos ha obligado a vivir en la incertidumbre, en el riesgo permanente. Ha profundizado aún más la pobreza de numerosos grupos poblacionales que se ven abocados a una vida sin otra esperanza que la subsistencia en la marginación. Mientras tanto, se propugna el crecimiento económico como la medida mágica que rescatará a las víctimas de su situación de necesidad y miseria, manteniendo intactos los principios económicos en los que se sustenta. Y el crecimiento económico no ha ido de la mano de una equitativa distribución de los bienes. La defensa sin fisuras que se hace del crecimiento económico radica en que se identifica con la mejora del bienestar social. Se hace una equivalencia directa entre tener más y estar o vivir mejor. Y la realidad nos confirma, una y otra vez, que las ganancias se quedan en manos de unos pocos, mientras la mayoría de la población se hunde cada vez más en la pobreza.
No pretendo demonizar el crecimiento económico, pero sí denunciarlo cuando viene de la mano de un sistema económico que convierte a los individuos en meros productores de beneficios de los que nunca participan de un modo equitativo. No hay crecimiento económico justo si no considera al ser humano como el verdadero objetivo del desarrollo. Esto supone: a) un cambio sustancial en los valores predominantes que orientan el crecimiento económico; b) que el crecimiento deje de medirse por el aumento en el PIB (Producto Interior Bruto), ignorando que el crecimiento ha ido dejando por el camino a sus víctimas; c) exige pasar de considerar que lo importante no es “tener más para estar mejor”, sino que sea el ser humano el centro del horizonte del crecimiento. No propugno la sustitución del sistema del libre mercado; la alternativa a este sistema (el colectivismo) solo ha traído miseria y esclavitud en los países en los que se ha implantado. Propugno una organización socio-política en la que el crecimiento y la acumulación de riquezas no sean los únicos objetivos que se ofrecen a la actividad de los seres humanos.
Los medios de comunicación nos informan de las consecuencias económicas de la crisis y de los posibles modos de afrontarla. Pero los estudios se hacen, casi siempre, desde una perspectiva que ignora a los más débiles, a los que más sufren la tragedia de la pandemia. Los estudios económicos se limitan a cuantificar la bajada del PIB o el aumento de la deuda. Pero el abordaje de la crisis necesariamente debe tener en cuenta la perspectiva de los que más la están padeciendo. Y entonces hay que hacer un relato alternativo de esta crisis y desentrañar las causas de por qué hemos llegado hasta aquí.  
De otro lado, la pandemia ha sacado a la luz lo mejor de la conducta humana: la solidaridad de nuestros profesionales sanitarios, arriesgando su vida por salvar la de otros; la colaboración ciudadana aportando respuestas improvisadas para remediar la escasez de recursos sanitarios; la ayuda en alimentos a la población más necesitada. Son el rostro solidario de esta sociedad. Pero estos lazos de afecto y solidaridad que dignifican a una sociedad conviven de forma paralela a aquellas otras relaciones que oprimen y marginan. Forman dos mundos separados que mutuamente se ignoran. En la sociedad de individuos atomizados siguen existiendo los afectos, el amor o la amistad, pero son dimensiones de la vida que han quedado escindidas de la lógica productiva y administrativo-burocrática que rigen la vida pública y tan solo sobreviven en un ámbito tolerado, a resguardo de la esfera de la competencia. Se trata de dos esferas (pública y privada) que coexisten en una contradicción no resuelta; su escisión atraviesa toda la vida personal de cada individuo y trasciende a las organizaciones sociales. El resultado es el individuo alienado, ajeno a lo que acontece en el mundo. Una sociedad justa no nos lleva, necesariamente, a una sociedad humana y fraterna. La justicia debe estar impregnada de fraternidad que debe caracterizar una justicia radical que trascienda la justicia convencional.

                                                                          ¿Cómo educar?

La tarea de educar en la sociedad actual debe incluir al conjunto de la sociedad, pues es la sociedad quien educa. Mi propuesta educativa se desarrolla en los siguientes ejes temáticos: a) la ética como responsabilidad ante el otro y del otro; b) la reconstrucción del sentido de la alteridad; y c) la austeridad, exigencia ética en un mundo con recursos limitados.

 

1. La ética como responsabilidad hacia el otro y del otro

«Todos los hombres son responsables unos de otros, y yo más que ninguno”, afirma Levinas. La responsabilidad define esencialmente al ser humano, es la característica que le distingue del resto de los animales. Solo al ser humano se le pide cuenta de sus actos, de lo que hace y de lo que deja de hacer cuando está en juego el bien legítimo de los demás.  La autonomía ilustrada tiene que ver con el yo y no con el tú. Y es el tú el que nos permite existir como sujeto moral, el que nos revela la projimidad..

La educación para la responsabilidad empieza por situar al otro en el núcleo mismo del discurso y de la praxis educativa, y se traduce en la salida del ensimismamiento que agota toda posibilidad de encuentro con el otro, en la toma de conciencia de que existimos con otros y para el otro, y que nuestro “despertar humano” empieza cuando aparece el otro. Educar para ser responsable del otro no se compadece con una pedagogía «blanda», por el contrario, conlleva la denuncia de las situaciones de injusticia que envuelven la vida del otro. Se es responsable de un individuo concreto, y este es impensable sin la «circunstancia» que le constituye. Es inútil promover la libertad del otro, la responsabilidad hacia él si cerramos los ojos a las circunstancias que le oprimen. “No cabe la vida justa en la vida falsa”, afirma Adorno. La existencia de la vida ética está siempre unida a la crítica al mundo administrado, a la contradicción existente entre principios éticos y la marginación o exclusión de seres humanos. La denuncia y resistencia al mal ha sido ignorada, con frecuencia, por el discurso pedagógico de “lo políticamente correcto”, renunciando de este modo a su función de educar. Desde esta visión idealista de la realidad, los explotados y marginados, los excluidos y “descartados” son resultado, no de un reparto desigual de las oportunidades, sino del azar o capricho de la naturaleza que nos ha hecho desiguales.

Sorprende que junto a la demanda de recursos económicos para afrontar la grave crisis social y económica que nos afecta, las instituciones y organizaciones públicas dejen al margen la necesidad de un rearme ético que promueva la cultura de la solidaridad y de la fraternidad como herramienta indispensable para abordar la grave crisis en la que estamos inmersos. Superar la crisis no va a depender solo de las medidas económicas que se apliquen, sino también del estilo ético que impregne a nuestras instituciones y a nuestra conducta social. No es solo una cuestión económica la que nos afecta, es, también, un problema ético que atañe a nuestras relaciones con la naturaleza y con los otros.
Se hace indispensable, por tanto, promover, desde todos los ámbitos, la actitud de salida de sí mismo e ir al encuentro con el otro. Es necesario reinventar la fraternidad en medio de una crisis que amenaza nuestra convivencia y nuestras instituciones; salir del aislamiento confortable, de la actitud indiferente y prestar oídos a lo que “está pasando”, y saber mirar con otros ojos más atentos a la situación de incertidumbre de aquellos que han perdido su trabajo, su negocio, su esperanza de recuperar su vida «normal», y a los muchos descartados y marginados del sistema que ya no cuentan para la reconstrucción social.

La reconstrucción del sentido de la alteridad

  1. La pandemia ha trastocado nuestras relaciones interpersonales. Hemos visto reducidos los contactos y reuniones familiares, y el otro empieza a ser visto como un potencial contagio.  Esta situación nos obliga a reconstruir nuestro sentido de la alteridad, a preguntarnos cuál es nuestra relación con el mundo y con los demás, a preguntarnos ¿quién es el otro para mí? y cuál es mi responsabilidad con el conjunto de la comunidad humana de la que formo parte. Se trata de una nueva solidaridad que rebasa los límites de “mi” comunidad. El concepto de alteridad nos ayuda a entender que fuera del “yo” existe el Otro, y que este Otro forma parte de mi existencia como humano. La conciencia de ser dependiente del Otro crea una nueva forma de convivencia, a no ver al otro como extraño o ajeno a nuestra vida, a no considerarlo como competidor, sino como alguien de quien debo responder.
    El covid-19 nos ha obligado a ensanchar nuestro espacio ético. No somos responsables solo del Otro que está a nuestro lado, también del “tercero”, del extranjero; y ha abierto la puerta a la globalización de la solidaridad como actitud compasiva a responder a las situaciones de necesidad que afectan a “los otros” necesitados, como cultura de la solidaridad y fraternidad. Hasta ahora nos hemos sentido solidarios con aquellos que han sufrido catástrofes naturales que han destrozado vidas y haciendas, pero no teníamos que responder de esas tragedias. Hemos sido solidarios con los pueblos víctimas de la guerra y de la pobreza. Y hasta hemos pretendido mostrarnos solidarios con los pueblos a los que, al mismo tiempo, despojábamos de sus recursos naturales y destruíamos sus hábitats y modos de vida en nombre del progreso y del desarrollo. Nos sentimos responsables de los otros cuando nuestras vidas y haciendas están siendo afectadas, cuando la suerte de los otros repercute trágicamente en la nuestra. La globalización de la solidaridad nos debería ayudar a revisar nuestras relaciones comerciales con los países en vías de desarrollo y apostar por un comercio justo. No se puede separar la lucha contra la pandemia en colaboración con los demás pueblos, y, a la vez, mantener con ellos relaciones de explotación y dominio. Afrontar la lucha colectiva contra la pandemia debería ir de la mano de una conducta responsable que tenga en cuenta los intereses de todos. El tratamiento del problema medioambiental es un buen ejemplo de que solo nos hemos preocupado de “los otros” cuando nuestra propia supervivencia ha estado en peligro; cuando hemos descubierto que el daño causado a la naturaleza en cualquier lugar del planeta repercute en su conjunto.
    La ética del «tercero» nos lleva a plantearnos la responsabilidad no solo hacia nuestros conciudadanos, sino hacia «los otros», los de fuera. En la era de la globalización lo local ha sido superado por lo supranacional. Se tiene conciencia de pertenencia a una misma comunidad o familia humana que nos induce a pensar y actuar buscando el interés colectivo. El ciudadano de hoy, si quiere ser justo, tiene que tomar posición sobre la miseria y el hambre en numerosos pueblos, sobre la desigualdad creciente en los países ricos, sobre la falta de libertad propiciada por el ejercicio arbitrario del poder. Sabe que «el pobre no merece su miseria hasta aceptar una relación, directa o indirecta, entre el bienestar propio y el malestar ajeno, pasando por el argumento de que cualquiera que sea la distribución de los bienes en la Tierra y la justificación que se les dé, todo el mundo tiene un derecho radical a una parte de ellos, los necesarios para su subsistencia», afirma R. Mate. Quizás sea la principal lección que podamos aprender de esta pandemia: la necesidad de promover la cultura de la justicia, la solidaridad y la fraternidad entre todos los pueblos.
  2. La austeridad, exigencia ética en un mundo con recursos limitados
  3.  La sociedad actual está inmersa en un proceso de crecimiento y consumo sin límites. Procede como si este «mundo», artificialmente creado, estuviese sustentado en sólidos cimientos. Y la pandemia, de manera inesperada, ha cortado de raíz esta falsa creencia. La fragilidad de nuestro sistema económico frente a la pandemia ha puesto de manifiesto que no todo se resuelve con la libertad de mercado; que las reglas económicas que lo sostienen son muy frágiles para resistir a un desafío global. No solo la economía, también nuestra relación con la naturaleza se ve afectada por un modelo que destruye ecosistemas y produce desigualdades, poniendo en peligro la sustentabilidad del planeta. No es posible mantener un crecimiento sin límites en un planeta que es finito, nos advierte el Informe al Club de Roma Los límites del crecimiento (1972). Casi cincuenta años después esta advertencia sigue vigente.  
    Si se quiere llevar a cabo una transición hacia una sociedad sustentable y socialmente equitativa, habría que cambiar la orientación de nuestras relaciones con la naturaleza, haciendo compatible la protección y cuidado de la naturaleza con el desarrollo y crecimiento equilibrado, y dejar atrás una larga historia de conflicto entre ética medioambiental y desarrollo y crecimiento económico. El problema medioambiental es inseparable del problema de civilización. Es la civilización de los medios que ha subordinado el progreso y el desarrollo económico, no a la adaptación de los seres humanos al medio natural, sino a la adaptación del medio a las necesidades humanas creadas por el crecimiento económico ilimitado. No asistimos, por tanto, a un problema técnico, de medios, que técnicamente se haya de resolver, sino a un problema de fines de naturaleza social y moral. Es imposible establecer unas relaciones éticas con la naturaleza sin una ética en las relaciones entre los seres humanos: «la degradación ambiental y la degradación humana  están íntimamente unidas», afirma el Papa Francisco. Se trata de que el ser humano ocupe su lugar en el mundo, su relación con la naturaleza y con los demás. Humanidad y naturaleza formamos un todo, estamos interconectados; el ser humano, aparente dominador de la vida natural, en realidad pertenece a ella como un ser enraizado, un ser-en-el-mundo. Somos un eslabón en la infinita cadena de los seres vivos, afirma, L. Boff..
    Proponer un estilo de vida austero que nos haga solidarios con los que más padecen la pandemia y con la naturaleza, es hoy una cuestión ética inaplazable. No nos es permitido destruir los ecosistemas donde viven innumerables formas de vida desde hace milenios. Existir, y existir con dignidad, es una tarea y un derecho que compete no solo a los humanos, sino también al resto de los seres no humanos. Nuestra existencia (humana) en dignidad está vinculada a que los demás seres también puedan ver reconocidos sus derechos a existir y vivir con dignidad. Conservar el medio ambiente implica ensanchar el espacio ético y natural del «·yo-naturaleza» e inscribirlo en el «nosotros-naturaleza»; conlleva reencontrarse con la naturaleza y sentirse parte de ella.
    Pero la austeridad no es exigible a quienes, por necesidad, ya son austeros: los excluidos, los pobres, los países en vías de desarrollo, ellos constituyen la mayor parte de la población mundial. El discurso y las políticas medioambientales se han hecho desde la parte del mundo desarrollado, lejos de las áreas que más padecen la degradación medioambiental. Políticos, académicos, investigadores, creadores de opinión que viven y reflexionan desde unas condiciones de vida confortables, a las que la mayor parte de la población mundial no puede acceder, dictan medidas y proponen estrategias para la protección y conservación de la naturaleza, nuestra casa común. Mientras se proponen estas medidas a los países pobres, se les obliga, al mismo tiempo, a adquirir productos manufacturados en los países desarrollados, contribuyendo, de este modo, a un aumento del desarrollo y crecimiento económico, (no siempre respetuoso con el medio natural), en los países ricos, y a un empobrecimiento, cada vez mayor, de los países pobres. Se propone repartir la austeridad, pero no compartir la riqueza.
    El enfoque ecológico necesariamente debe ir unido al enfoque ético. No es posible acercarse a la ecología sin la ética, y tampoco a una ética que prescinda de la ecología. El crecimiento y consumo sin límites es una ofensa contra la tierra y contra la humanidad; representan un maltrato a la naturaleza y un escarnio a los seres humanos. La austeridad es una exigencia ética con todos los seres vivos con quienes compartimos los bienes de la tierra; no es un mecanismo regulador del mercado, sino un componente ético de una vida humana para todos en la equidad, y se traduce en justicia con la naturaleza y con los demás, en un nuevo modo de estar-en-el-mundo y ser-en-el-mundo. La austeridad nos hace más fácil escuchar la voz de la tierra, pero también el clamor de los pueblos que demandan un trato respetuoso a la naturaleza y también a ellos. «Debemos pasar de la economía de la codicia y el crecimiento ilimitado de la competencia y la violencia, que nos empuja a una crisis existencial, a una Economía del Cuidado para la Tierra, para las personas y para todas las especies vivas» (Manifiesto por la Tierra: Un planeta, Una Salud. 2020).
    Durante muchos años los seres humanos nos hemos dedicado a transformar el mundo (planeta) y adaptarlo a nuestro interés insaciable; de ahora en adelante nos deberíamos dedicar a hacerlo más habitable para todos y hacernos cargo de él. La ética de la austeridad, como forma de vida, puede ser la estrategia más eficaz para asegurar la vida de nuestro planeta. Educar en una sociedad herida por la pandemia implica reinventar modos de construir una nueva sociedad en la que la justicia y la solidaridad constituyan el eje vertebrador de la convivencia. Implica abandonar una antropología idealista que ha convertido al ser humano en un extraño en esta situación,.y alejarse de una ética formal que ha ignorado el sufrimiento de las víctimas que recorre la historia del último siglo.

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