SEGUIR A JESÚS

Jesús anuncia el Reino de Dios directamente a Israel, pero no realiza dicho anuncio por medio de una acción individual. Como el Señor se relaciona con Israel contemplado de una manera colectiva y el individuo lo percibe en la medida en que se inserta en la comunidad, así se manifiesta el Dios del Reino en el ministerio de Jesús. La revelación del Reino y su incipiente presencia histórica se encauza por medio de un grupo humano que gira en torno a Jesús, el cual le da unos determinados perfiles que formalizan la acción de Dios en Palestina. Jesús no actúa solo; se rodea de discípulos, y todos constituyen el símbolo de la proclamación del Reino, aunque dependan de él en la divulgación del nuevo rostro de Dios y en el estilo de vida que lo vehicula.

El grupo que le acompaña no se crea a partir de los lazos de la amistad o la sangre, al menos no se transmite así en las tradiciones evangélicas. El grupo surge por su llamada para ponerse al servicio de la manifestación del Reino. Todos se someten a un valor que supera las funciones sociales que suelen aglutinar a las personas en cualquier cultura, de manera que la familia, el trabajo y los deberes sagrados se reconducen hacia el nuevo camino que Jesús les traza. Los discípulos son aquellos que abandonan los deberes que fundan la familia y la sociedad, pero también se dan discípulos que asumen las exigencias del Reino sin verse en la necesidad de integrarse en la itinerancia que marca su estilo de vida. Todos los discípulos, los que siguen a Jesús y los que se mantienen en las tradicionales responsabilidades familiares y sociales, provienen de un ambiente creado por la proclamación del Reino y se formaliza en su contexto social y religioso. Es decir, las multitud que escucha el mensaje del Nazareno como algo nuevo es el humus que da lugar a la constitución del discipulado propiamente dicho.

Los discípulos, por consiguiente,  provienen de las masas que escuchan a Jesús con agrado y del círculo de Juan el Bautista. Marcos distingue los discípulos que le siguen cuando regresa a Nazaret (Mc 6,1) y la multitud. Seguir a Jesús se aplica a la muchedumbre, que lo hace por un tiempo determinado, y a los discípulos, que se mantienen junto al Maestro durante su recorrido por Palestina.

El hecho tan natural de formar un grupo, ya que la vida humana se desarrolla en un entramado de relaciones personales y sociales de todo tipo, es el que compone Jesús y los discípulos que le acompañan, y que comporta una configuración concreta. En primer lugar, seguirle significa hacerle compañía, hacer el camino con él. Jesús no revela el Reino solo, sino con un grupo de adictos que se implican en las exigencias que dimanan de la proclamación de la nueva presencia de Dios. En segundo lugar, seguirle lleva consigo ir detrás de él; es un seguir locativo que simboliza adhesión a Jesús y exige anunciar el Reino de Dios, su misión esencial, y adquirir una conducta determinada, un género de vida específico. Los discípulos aceptan un cambio drástico en sus costumbres y la radicalidad y urgencia del Reino, que es para la salvación o condena del hombre, según acepte o rechace el mensaje que le introduce en el nuevo ámbito que él inaugura en la historia.

Ir tras y con Jesús no es lo mismo que obedecerle con el sentido de cumplir sus preceptos. Esto es el seguimiento que aparece en el AT sobre el Señor. A Dios se le obedece al acatar sus mandatos (Dt 13,5). En este caso, seguir es contemplar a alguien que se reconoce que está por encima de todo y, por tanto, excluye toda idea de imitación. Nadie se puede comparar o asemejarse a Dios. La obediencia mantiene la relación que reduce la distancia enorme que existe entre Dios y el hombre. Cuando se acorta o desaparece la distancia, el estar junto a como seguimiento se transforma en un paganismo desdeñable, porque Dios se convierte en un ídolo hecho a medida del que le ha alcanzado y se ha colocado a su lado o a su altura en el camino de la vida.

Podemos distinguir dos maneras de incorporarse al discipulado. En la primera es Jesús quien toma la iniciativa y llama para seguirle. «Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes al mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. Al punto, dejando las redes, lo siguieron. Un trecho más adelante vio a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, que arreglaban las redes en la barca. Los llamó. Ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con él» (Mc 1,16-20). Según Marcos, Jesús, después de anunciar la inminente llegada del Reino (Mc 1,14-15), elige dos parejas de hermanos, que crean una pequeña comunidad cuando comunica el sentido de su misión al imponerse a los dominados por el diablo, sanando a los enfermos y enseñando con autoridad (1,21-38). A reglón seguido, el Evangelista relata las primeras controversias que sostiene con sus adversarios (2,1-3,6). En la segunda disputa, referida a su participación en las comidas con los recaudadores y los pecadores, coloca como prólogo la llamada que hace a un publicano: «Al pasar, vio a Leví de Alfeo, sentado junto al banco de los impuestos, y le dice: Sígueme. Se levantó y lo siguió» (2,14-15). Jesús dirige la mirada a Leví como expresión de una decisión ya tomada con anterioridad, como sucede con Simón, Andrés, Santiago y Juan, y la respuesta es automática: el abandono inmediato de sus quehaceres para seguirle.

El evangelio de Juan cuenta que el origen del discipulado también acontece en el entorno de Juan Bautista: «Los fariseos se enteraron de que Jesús ganaba más discípulos y bautizada a más que Juan» (Jn 4,1). La composición de la escena en la que el Bautista, como precursor del Mesías, señala a Jesús como «cordero de Dios» (1,35-51), hace que sea el mismo Juan quien indique seguirle, lo que suscita una reacción en cadena que termina en la creación del primer grupo de discípulos: Andrés, Simón, Felipe, al que expresamente le dice sígueme (1,43), Natanael y un discípulo desconocido. Jesús revela la función a Simón con el nombre simbólico de roca (cf. 21,15-19) y a Natanael lo identifica como un «israelita de verdad» (1,47) en cuanto representa a los judíos que se le adhieren y reciben la bendición de Dios, a diferencia de Jacob que, con engaño, obtiene la bendición de su padre Isaac (Gén 27,35).

La segunda manera de pertenecer al discipulado es cuando la iniciativa proviene del candidato, aunque Jesús impone unas condiciones para configurar el seguimiento a partir de la misión, excluyendo las previsiones que ha tomado el posible discípulo. Se acentúa, por consiguiente, la incondicionalidad que entraña integrarse en el círculo de Jesús y, además, no hay oportunidad para detener o retrasar el seguimiento. «Entonces uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Otro le dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Y él le dijo: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus propios muertos» (Lc 9,57-60). Por su parte, Lucas añade otro cuadro vocacional dentro de su perspectiva sobre la constancia y tomando como referencia la llamada de Elías a Eliseo: «Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. Jesús le replicó: Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,61-62).

 

 

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