IV Domingo T.O.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
SEÑOR Y DIOS NUESTRO, CONCÉDENOS HONRARTE CON TODO EL CORAZÓN Y AMAR A TODOS CON AMOR VERDADERO.

Hay que estar atentos a esta primera oración con la que iniciamos la celebración de la Eucaristía. Pedimos a nuestro Buen Dios que nos conceda ser fieles al programa de nuestra vida cristiana: honrarle con todo el corazón. Honra que es amor, adoración, reconocimiento de que Dios es absolutamente siempre el primero. La prioridad en nuestra vida es el Dios viviente.
Si vivimos bajo la mirada amorosa de Dios y dentro de su amor; si nuestro obrar se inspira en el suyo; si lo contemplamos como Padre que siempre nos ama, el mandamiento del amor que Jesús nos dejó como tarea de todos los días, entonces, todos somos hijos de un mismo Padre, y, en consecuencia, todos somos hermanos, y nuestro amor no debe ser de sentimiento, sino real, manifestado con las obras.

“Desde que el Señor se encarnó en María,
y por siempre, nuestra humanidad
está indefectiblemente unida a él”
(Papa Francisco)

Oración sobre las ofrendas
PADRE, PRESENTAMOS ANTE TU ALTAR LOS DONES DE NUESTRA ENTREGA; TE ROGAMOS QUE LOS ACEPTES CON BONDAD Y LOS CONVIERTAS EN EL SACRAMENTO DE NUESTRA REDENCIÓN. POR JESUCRISTO, NUESTRO SEÑOR.

Aunque este rito de ofrecimientos se puede realizar de distintos modos, sin embargo nuestro deseo debe ser siempre el mismo: dar a Dios lo que es de Dios, aunque Él luego nos los devolverá no como pan y vino, sino su Hijo, que se nos da en alimento de salvación. Salvación que extiende su influencia en nuestra vida corporal si con fe lo recibimos. Ofrezcamos, por tanto, con el pan y el vino, nuestra enfermedad. Si Jesús, durante su vida mortal, curaba a los enfermos ¿quién le impide que ahora sane nuestras dolencias? Hagamos presente la fe.

«Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo
por el cual a tus criaturas das sustento»
(San Francisco de Asís, Cántico 6)

Oración después de la comunión
ALIMENTADOS CON EL DON DE NUESTRA REDENCIÓN, TE PEDIMOS, PADRE, QUE CON ESTE AUXILIO DE SALVACIÓN ETERNA SE ACRECIENTE SIEMPRE EN NOSOTROS LA FE VERDADERA.

Terminada la comunión, nos ponemos en actitud de silencio. Estos breves minutos de silencio, no deben ser de espera obligada hasta que el ministro del altar nos invite a levantarnos porque ha llegado el momento de concluir la celebración. Bueno es que tengamos preparados nuestra mente y corazón para aceptar lo que Jesús quiera decirnos y darnos. Y hoy, la Iglesia toda le pide un crecimiento continuo en la fe verdadera que nos defienda de los errores que a menudo nos acechan. La Eucaristía, fuerza de Dios para sus hijos, la cual recibimos porque en Jesús hemos puesto nuestra seguridad, es el mejor remedio que tenemos para seguir firmes en la fe, regalo de Dios.

Señor, nuestra gloria es alabarte;
no quede yo defraudado tras haberte invocado.
(cf Salmo 17,1-3)

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