DE LA MANO DE DANTE

HACIA EL PARAÍSO SERÁFICO

                                                                                

Elena Conde Guerri

                   Hay creadores literarios de inspiración sublime cuya obra es inmarcesible al paso del tiempo e incluso su mensaje rebrota con más fuerza al hilo de los siglos. El florentino Dante Alighieri es uno de ellos y creo que la elección del Papa Francisco de dedicarle la Carta Apostólica Candor lucis aeterna  en el séptimo centenario de la muerte de aquél, no responde sólo a una efemérides culta. No en vano, los Pontífices precedentes también lo recordaron en su magisterio.

            Porque Dante (1265-1321) es mucho más que su identificación con el amor intacto e intangible, “el amor cortés o gentil” en la mentalidad de aquella época, que sintió por Beatriz di Folco Portinari. Lo que el arte de la imagen ha trasmitido al gran público, plasmando la recatada y amorosa proximidad lejana de ambos en las arquitecturas sentimentales de la Florencia del siglo XIII. Aquella niña que el poeta conoció a los nueve años y reencontró nueve años más tarde ya casada ( el nueve es el número mágico de Dante, donde él también vio la potencia del tres o la Trinidad) , impulsó inspiración y pluma como guía femenina en pasmosa alegoría hacia la meta escatológica de la salvación eterna. Ese es el núcleo esencial y verdadero de la Divina Comedia, que el autor comenzó a escribir quizá en torno al 1304 y se prolongó unos cuantos años. No es un treno por un  impulso carnal inmolado, pues él también se había desposado muy joven con Gemma di Manetto y era padre, sino el relato en verso de un argumento existencial, desde la creación del hombre por Dios hasta alcanzar su destino final fijado desde el inicio en la mente divina. Un viaje también personal de la mano de Beatriz hacia esa visión beatífica de la que ella ya gozaba, pues murió en 1290, y con la guía del poeta Virgilio, símbolo de la serenidad y el raciocinio.

          Dante escribió otras obras antes de su Magna, como el Cancionero y La Vida nueva. Se interesó también por definir el fondo y forma de la lengua italiana, que precisamente entonces se estaba moldeando, en De vulgari eloquentia y se definió sobre la política convulsa de su época en su Tratado Sobre la Monarquía, en tres libros. No fue ajeno a las peripecias de la ciudad donde vivía y donde, cultísimo y acomodado, militando en los güelfos oponentes de los gibelinos y afirmando siempre la autoridad espiritual e independencia política de la Cátedra de Pedro, llegó a ostentar el cargo máximo de Prior en el Consejo de aquella pequeña pero fértil república florentina. Cuando en 1301 los llamados negros monopolizaron el poder, el Papa Bonifacio VIII decidió aliarse con Carlos de Valois para extender su poder territorial en toda Toscana y Dante tuvo que exiliarse. Jamás volvió a su Florencia.

            La inspiración de la Divina Comedia está sin duda nutrida por esa doliente introspección fecunda de un hombre de profundos saberes literarios, filosóficos y experiencia política y militar, convencido de que nunca retornaría. Quizá, había comenzado su Infierno particular pero él supo  mutarlo en Paraíso tras el sinsabor del Purgatorio. A la larga, esos tres grandes Círculos o ambientes, cada uno de los cuales consta en el Poema de treinta y tres Cantos, resumen toda la experiencia vital del libre albedrío del hombre. En la riqueza poliédrica del  mundo Medieval avanzado, el siglo XIII, donde la vigorosa raíz cristiana depositaria de lo clásico y conviviente  también con actitudes eremíticas legendarias difundidas por Jacobo de la Vorágine, coetáneo, se abría también al saber    canalizado por el Islam, sin abandonar  por completo madrigueras de ignorancia y superstición. Y lejos de lograr el milagro de impedir las conductas malvadas de los hombres. Los personajes que viven en cada uno de estos Círculos, cuya topografía se acoge a la intención mística y alegórica del poeta, lo confirman. Mi intención es arribar en el Paraíso para quedarnos, pero antes estimo instructivo visitar a algunos de nuestros antepasados insertados por voluntad de Dante en los otros ambientes. En el Infierno, concretamente, los pecados de incontinencia sexual se castigan con tormentos más livianos, en la óptica de que son “instintos naturales incontrolados”. Sin embargo, la tortura será eternamente espantosa para los usureros, fraudulentos, aduladores, violentos, herejes y simoniacos, dado su discernimiento para hacer el mal. El Papa Bonifacio VIII, ya citado, es uno de sus residentes. Al final del Canto IX del Paraíso, se denuncia que el lobo se ha convertido en pastor desorientando a los fieles, entregándose él y sus cardenales mucho más a las normas Canónicas temporales y al poder que al Evangelio cuyo espíritu empezó en Nazareth con aquel fiat, y mancillando así la memoria de Pedro, el primer Papa y de sus mártires. Un halo profundamente seráfico, la alabanza velada del despojamiento franciscano ilumina todos estos versos pues ningún lector ignora que San Francisco transitó por este mundo de 1182 a 1226 y, por tanto, su obra y la atracción de su carisma estaban vivos.

        En este viaje alegórico y trascendente, todos los que habitan en el Purgatorio actuaron en sus vidas con y por amor, pero de forma equivocada. Dante no puede eludir al amor ya que “el hombre fue creado por una acto infinito de Amor” y el Amor así, es motor. Sólo que el Amor con mayúscula, en esencia y existencia, no es el de los hombres que aman mal o de modo erróneo y cayeron, por tanto, en la envidia, la soberbia o la negligencia. Deben permanecer en estado de expiación transitoria que finalmente les abrirá el Paraíso. El Paraíso, el lugar de los beati o bienaventurados, el Reino del Uno en la Perfección absoluta que rechaza toda gradación y donde todos unidos, tras la resurrección de la carne, formarán en cuerpo y alma la Cándida y Luminosa Rosa para la absoluta glorificación de Dios. (Canto XXX). Esa es la finalidad del hombre que vuelve, así, a su creación primigenia y sin mancha. Son tantos los mencionados por Dante que estas líneas se dilatarían demasiado. Me detengo sólo en dos puntos clave para este Blog, a mi entender: la Reina indiscutible de todo estos parajes beatíficos de la cima de la montaña  rodeados de fértiles aguas, es la Madre de Dios. Ella lo hizo posible desde aquel 25 de marzo abrazado al equinoccio de primavera. Muchos son los santos desde entonces y Dante parece conectar mejor con los de vida contemplativa. Pero no hay duda de que entre sus predilectos del Paraíso se cuentan San Bernardo de Claraval, San Francisco de Asís y Santo Tomás de Aquino, con mención detallada en los Cantos X-XI. Estos pilares de la Iglesia no desmerecen ni  la luz que preside la esfera del Sol, al igual que la que emanan otros santos teólogos y místicos. Es clara la influencia de la Orden Dominica en la Florencia del momento y en siglos posteriores, pero Dante les advierte que, absortos en sus profundos estudios,  podrían caer en la vanidad, pecado muy alejado del Santo de Asís “que tanto bien ha hecho a la Iglesia”. El poeta recrea la cuna del Poverello con pinceladas  paisajísticas : “ en la pendiente cerca de Perusa, vino al mundo un sol, resplandeciendo como éste cuando asoma sobre el Ganges. No se le llame Asís a este lugar, pues muy poco diría. Llámeselo Oriente”. Siendo todavía muy joven, este sol comenzó a consolar a la Tierra con su gran virtud y, a pesar de la cólera de su padre, se inclinó hacia una dama a la que nadie acoge con gusto, como a la muerte. “Son estos dos amantes Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus amables semblantes, su amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos a otros. Manifestó con gran dignidad sus intenciones a Inocencio (III), de quien recibió la primera aprobación de su Regla. Y cuando plugó a Aquél que lo había elegido para tan ardua tarea elevarlo a la recompensa que mereció por su humilitas, recomendó a sus Hermanos el cuidado de su querida Esposa y que la amaran con fe”. Maravilloso panegírico del Santo de Asís, identificado por Dante como una nueva ex oriente lux. Entonces, también ahora y siempre, el espíritu de los Hermanos Menores persevera en preservar intacta esa marca de sobriedad material y hondura espiritual que, si en algún momento se vieron comprometidas, tuvieron un San Buenaventura para advertirles, tal como en el Poema habla por boca de Dante.

             Poema tan extenso, profundo y  complejo, creación tan grande en lengua italiana, que exige muchas horas para deambular por él e intentar asimilar. Un itinerarium mentis in Deum donde el Santo de Asís, como se ha visto, está muy presente. Hoy, me he atrevido tan solo a abrir un poco el horizonte en el intento de desperezar a quienes, en el mundo actual precipitado y doliente, no disponen del sosiego necesario para pensar en las joyas que literatura, historia y hagiografía nos regalan. Ellas nos enseñan y guían y nos siguen recordando que no somos muñecos ni en serie ni programados sino criaturas de Dios, es más hijos de Dios creados para ser transportados de nuevo al Paraíso. Lean la Carta del actual Papa. Lean también  la Divina Comedia. No en vano, el Papa Paulo VI regaló un ejemplar de ella a  cada uno de los Padres conciliares tras el Vaticano II. Y, cuando puedan o la pandemia cambie de rostro, vayan, volvamos a Rávena en cuya iglesia de San Pedro el Mayor, o Franciscanos, está enterrado Dante. Todas esas sensaciones nos transportarán, sin duda, hasta “el Séptimo Cielo” del que disfrutan en el Canto XXI las almas contemplativas. Expresión plena de gozo y muy propia ahora que litúrgicamente vamos caminando hacia la Ascensión del Señor.

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