El “encuentro con el otro”

desde la perspectiva cristiana

 

Pedro Ortega Ruiz

                                                                                                                

“Jesús de Nazaret pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él” (Hch. 10, 38). Con estas palabras tan escuetas los Hechos de los Apóstoles (10, 38) nos describen el paso de Jesús por este mundo: un hombre que hizo el bien y que alivió el sufrimiento de muchos. La lectura meditada del evangelio nos descubre a un hombre que ha hecho de su vida un permanente servicio a los que le buscan, a aquellos que sienten la necesidad de ser curados de su enfermedad, de librarse del mal. Hay una línea directriz en la vida de Jesús: estar cerca de los que sufren, ir al encuentro de los despreciados y excluidos, de los pecadores alejados de la religión oficial, acoger y compadecerse de aquellos que nada tienen porque lo han perdido todo. Con Jesús de Nazaret los pobres, los enfermos, los desheredados, los marginados por la sociedad ocupan un lugar central en el plan de Dios. Son la señal de la presencia de Dios, son sacramento. Los despreciados de este mundo son sus preferidos, allí donde Dios ha querido hacerse presente en la debilidad del hombre marginado, sufriente. Es la lógica desconcertante, escandalosa de Dios. 

¿Qué significa el “encuentro con el otro”?.  

-El “encuentro con el otro” no es, obviamente, un cruzarse con una persona que “pasaba por allí”.  En el “encuentro con el otro” es como si se parase el tiempo y se abriese un espacio sin medida para la escucha del otro. Lo decimos claramente con esta expresión: “No tengo prisa”, y con el gesto de un rostro distendido y una mirada serena le transmitimos al otro la confianza de ser escuchado y acogido. En el “encuentro con el otro” se reduce la multitud de individuos a uno sólo, al que está delante de mí. Se dejan en un segundo plano aquellas cosas que nos ocupan, que llenan nuestro tiempo, para dar entrada a la palabra, a la experiencia del otro. El yo cede la primacía al tú, como si renunciásemos a decir nuestra palabra y sólo estuviésemos pendientes de la palabra del otro. El “encuentro con el otro” es un acontecimiento del que hacemos memoria, no ha sucedido en balde, deja huella; en él somos “inundados” por la presencia ética del otro. El encuentro de la samaritana con Jesús junto al pozo de Jacob fue un acontecimiento decisivo en la vida de esta mujer, como el encuentro de Simón y Andrés con Jesús cuando estaban pescando. “Al instante, dejando las redes le siguieron” (Mc. 1, 18).      

-El “encuentro con el otro” acontece en la igualdad, y no me refiero a la igualdad social o económica, sino ética-moral. Nos encontramos con el “otro” cuando descendemos de la cabalgadura de nuestra supuesta superioridad moral, y nos situamos en el mismo lugar (categoría) en el que está el otro, asumiendo el riesgo de ser confundidos con el otro porque hacemos nuestra su situación, porque nos importa más la vida del otro que el supuesto prestigio social que podamos perder. Es una de las constantes más claras de la vida de Jesús de Nazaret: ir a donde estaban aquellos a quienes buscaba, asumiendo el riesgo de que lo considerasen como uno de ellos. “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora” (Lc. 7, 38);  “Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos” (Mt. 9, 10). “Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc. 15, 2). La acogida de Jesús a los pecadores no es una actitud puntual, esporádica. Es una conducta habitual en él, un estilo de vida y una señal inequívoca de su Reino: la búsqueda de los pecadores, de aquellos condenados y excluidos por la sociedad. Ha venido a esto: a encontrarse con los pecadores y darles el perdón, la libertad y la vida. 

-El “encuentro con el otro” se da cuando vamos allí donde él está, donde él vive. Es la actitud constante de Jesús: ir al encuentro de la oveja perdida, allí donde está. No espera a que los pobres y excluidos, los proscritos por los observantes de la Ley, enfermos y pecadores vengan a él. Toma él la iniciativa, busca y se arriesga. Ir a la calle, a la periferia, a la realidad de la vida de los alejados, nos dice el Papa Francisco. No hay posibilidad alguna de encontrarnos con el otro si damos un rodeo (como el sacerdote y el levita de la parábola del samaritano), “escandalizados” de su mala conducta, si cerramos los ojos a la realidad incómoda que envuelve la vida del otro. Estaríamos, en tal caso, ante fantasmas, caricaturas de hombres y mujeres que nada nos dicen porque han dejado de ser humanos para nosotros. No existe el ser humano “ideal”, incontaminado que tantas veces soñamos. Existe el marginado y el proscrito, el enfermo o desahuciado, el que vive esperanzado o desengañado, el que tiene éxito y el fracasado, el que todos los días va a su trabajo y el que no lo tiene, el joven en la plenitud de su vida y el anciano achacoso. Siempre se vive en una determinada situación que condiciona nuestra vida. Y es en esta situación donde tenemos que encontrar al otro. No podemos encontrarnos con el “otro” situados en un mundo alejado de la vida de los humanos, huyendo de todo peligro para no mancharnos las manos y el vestido. Llevar esto a la práctica es condición indispensable para evangelizar, para llevar la buena noticia que es salvación (liberación) histórica del hombre y mujer concretos. “Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “Dadles vosotros de comer (Mc. 6, 37) ” (Papa Francisco: La alegría del evangelio).

El “encuentro con el otro” es bajar a la oscuridad de la vida de tantos que sucumben a la indiferencia y al olvido de la sociedad, y encontrarnos con ellos en sus temores y sus desesperanzas, y desde ahí, acogerlos, acompañarlos y amarlos. Encontrarse con el “otro” es descubrir, más allá de las circunstancias añadidas a la vida de cada persona (riqueza, pobreza, sabiduría, ignorancia, santidad, pecado) la infinita dignidad y autoridad moral que le es inherente a cada individuo por el hecho de ser persona. Cada ser humano es, en sí mismo, infinito en dignidad, donde Dios ha querido hacerse presente. Esto se traduce en una actitud de respeto, reconocimiento y aprecio a la persona del otro en su situación concreta. Cada ser humano es sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Para encontrar a Dios hay que «pasar» por nuestro hermano, cada ser humano con el que compartimos el don de la vida.

-El “encuentro con el otro” exige un abajamiento, una salida de sí, una renuncia a todo lo “añadido” en nuestra vida, un reconocimiento de nuestra realidad, de la verdad de nuestra vida. Desde la superioridad moral (arrogancia) no es posible el “encuentro” con el otro. Sólo en la verdad nos podemos encontrar con el otro. Y la verdad del hombre es limitación, vulnerabilidad, debilidad, pobreza…Y aquí, abajo, todos somos iguales. El buen samaritano del pasaje de Lucas ( 10, 30-38) sólo encuentra al otro cuando baja de su cabalgadura, cuando hace suya la situación del otro, prescindiendo de toda prescripción legal, cuando renuncia y deja aparte su “dignidad”. Es ahí, abajo, donde el buen samaritano encuentra al hombre caído, vulnerable y necesitado. Y es ahí, abajo, donde se produce el acontecimiento “salvador” para ambos: el uno porque es atendido y curado, acogido en su dignidad de persona; el otro porque, actuando con entrañas compasivas, se libera de la indignidad ética de quien se olvida de su propia carne. Siempre se produce la liberación personal cuando uno arriesga su libertad (y su vida) por la libertad del otro. Nunca somos más libres que cuando la “perdemos” por la libertad del otro. La renuncia de sí deja el espacio libre para que lo ocupe el otro. Así alejamos de nosotros la tentación constante de convertirnos en señores (tiranos) del otro. “No he venido a ser servido sino a servir” (Mt. 20, 28), y cuando se sirve, se está dispuesto a dar la vida por los demás, como Jesús. “La comunidad evangelizadora…achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así “olor a oveja” y estas escuchan su voz” (Papa Francisco: La alegría del evangelio).      

-El “encuentro con el otro” es un acto generoso de entrega para dar vida al otro. El “encuentro con el otro” genera vida cuando hay entrega, donación de sí. No podemos ponernos en la piel del otro desde la autosuficiencia o prepotencia, desde el enclaustramiento de nuestro yo. El encuentro de Jesús con los hambrientos, pobres y enfermos, los pecadores y alejados de la religión oficial fue un encuentro liberador. Llevó la esperanza y la alegría a los que la habían perdido. Había sido enviado para sanar y dar vida, para anunciar la Buena Nueva (evangelio) de la salvación. “Pasó por este mundo haciendo el bien, porque Dios estaba con él”. No hemos sido llamados ni enviados para juzgar y condenar, sino para dar vida. El “encuentro con el otro” se torna estéril, inútil cuando sólo vemos en el otro alguien a quien conquistar, el pretexto u ocasión para transmitir e imponer nuestras ideas o verdades. Encontrarse con el otro conlleva la escucha atenta del relato de vida del otro, su experiencia vital. De otro modo, sólo nos encontraremos con nosotros mismos, porque tampoco hemos salido de nosotros. «La Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Papa Francisco: La alegría del evangelio)

-Encontrarse con el otro, salir a su encuentro exige más de una vez la denuncia de la situación de injusticia que atrapa y priva de dignidad al que se encuentra sumido en ella. El anuncio del evangelio nunca ha sido una tarea cómoda, complica la vida del evangelizador. Ha de llevar la luz y la Palabra de Vida allí donde se juega la suerte del hombre, porque la situación en la que vivimos no nos es ajena, forma parte de nuestra existencia. El hombre se salva en su realidad histórica, en la única manera que tiene de existir. La corporeidad es nuestra manera de existir, aunque no pocas veces nos hayamos olvidado que también somos carne. El encuentro con el otro, si es liberador, no puede pasar por alto las circunstancias de su existencia. El Papa Francisco denuncia sin complejos ni miedos la cultura del “descarte” y del “derrame” que ha impuesto el poder económico. “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad” (La alegría del evangelio).  El encuentro con el otro es un acto de amor que va siempre unido a la justicia. Cuando se ama no se despoja al otro de lo que vive y de cómo vive, no cerramos los ojos a las circunstancias de su existencia; lo amamos en la realidad de su vida. Lo contrario es un engaño. La salvación es libertad de todas las ataduras que nos impiden vivir como humanos, aquí abajo. Y romper las ataduras exige también su denuncia. 

-Encontrarse con el otro es abrirse a la esperanza, es un acto de confianza en el otro. En el “encuentro con el otro” no nos abrimos a él sólo con las palabras, también le hacemos partícipe de la experiencia de nuestra vida. Es donación y entrega. Si el encuentro con el otro se produce desde la verdad y en la verdad, se genera entonces una corriente de vida que se expresa en el reconocimiento y en la acogida. Ya no hay extraños, sino prójimos (próximos) que comparten parcelas de vida, preguntas, sufrimientos y gozos, incertidumbres… Se deposita una pequeña semilla que nacerá en su tiempo. Algo nuevo ha acontecido que hace que la vida ya no sea igual. Es un encuentro liberador y una puerta que se abre a la esperanza. Todo lo que es vida está llamado a permanecer siempre, nada de ella se pierde, genera nueva vida. Nuestra cercanía y acogida a los otros es una siembra fecunda porque el amor es una fuerza imparable. Me gusta recordar una frase de una filósofa judía, H. Arendt. Dice así: “Los hombres, aunque debamos morir, no hemos nacido para eso, sino para comenzar algo nuevo” (La condición humana). Con la acogida compasiva algo nuevo empieza en los otros: la experiencia de ser acogidos, escuchados, reconocidos y amados. Y esta llama de vida nunca se apaga, siempre quedará un pequeño rescoldo dispuesto a reavivarse con un leve soplo, con un ligero impulso.

-El que acoge con entrañas compasivas ejerce una fuerza irresistible de atracción. “Y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó” (Mt. 4, 24). Jesús no sólo busca a los excluidos, pobres,  enfermos y pecadores. Son ellos también los que lo buscan a Él. ¿Por qué acuden a Jesús si a éste no le es permitido, según la Ley, tratar con impuros o manchados, si sabían que no podían acercarse a Él por ser gentiles, pecadores o impuros? ¿Qué vieron en este hombre para romper todas las barreras que separan a un judío de un gentil o un pecador público? Desde el comienzo de su vida pública dejó bien claro, con su palabra y con los hechos, que no había venido a llamar a los justos sino a los pecadores, que no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos, que Dios hace salir el sol para justos y pecadores. Desde el principio Jesús “marca el territorio” señalando su preferencia por los enfermos y pecadores, los despreciados y excluidos, los mal vistos a los ojos de los observantes de la Ley, por los pobres y desheredados. Y estos recibieron su mensaje, lo buscaron y lo encontraron. Creyeron en él. El “encuentro con el otro” se da siempre en la verdad de la vida, que se hace acogida, acompañamiento, servicio y donación. Y aquí, en estos signos de verdad, encontraron a Jesús. No podemos acoger en la falsedad, porque no cabe una vida justa en la mentira. Consuela leer las palabras del Papa Francisco: “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos… Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos” (La alegría del evangelio). Es desconcertante que el evangelio se nos haya transmitido en la originalidad de su mensaje a través de los pobres y enfermos, en los pecadores y excluidos (gentiles), en los ignorantes (no en los sabios) de este mundo, en lo que no cuenta a los ojos de los hombres. Estos fueron los que buscaron y encontraron a Jesús, los que desde su pobreza, desde la verdad de su vida, creyeron en él. 

“Pasó por este mundo haciendo el bien y curando a los enfermos”. La Iglesia (nosotros) no tiene oro ni plata, sólo la fuerza del Espíritu que hace renacer la vida del leño seco. La Iglesia no evangeliza desde el poder, sino desde la debilidad; ni desde la imposición, sino desde el servicio y la caridad; ni desde una fortaleza que defiende a los “suyos”, obsesionada por conservar la verdad, sino desde la sola confianza en el Espíritu de Dios que la empuja a salir a todas las encrucijadas para dar testimonio de Jesús. “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Papa Francisco: La alegría del evangelio).           

 

                    

 

                                    

 

                                                                                                                           

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.