FRANCISCO DE QUIÑONES

II

Gobierno

 

PROGRAMA DE GOBIERNO
DEL P. FRANCISCO DE QUIÑONES,
MINISTRO GENERAL OFM (1523-1528)

por Juan Meseguer, OFM

En los mismos comienzos de su generalato trazó el P. Francisco de los Ángeles de Quiñones el programa de gobierno a que había de atenerse. Claro que tal programa presupone, como es natural, la Regla y las constituciones, punto de referencia insoslayable para cualquier superior franciscano que quiera conducir a sus súbditos tras las huellas del Santo Fundador.

El capítulo de Burgos mandó compilar unas constituciones o estatutos que con carácter obligatorio para toda la Orden cumplieran la misión unificadora que les asignara la bula Ite vos. Las constituciones burgenses son una adaptación de las que se dieron los observantes ultramontanos el año 1451 en Barcelona, repartidas en doce capítulos en vez de los nueve de que constan las Barcelonenses. A este trabajo de redistribución añadieron los compiladores de 1523 el de complemento, incorporando a los estatutos decretos de los capítulos generales posteriores al de 1451 hasta el de Burgos inclusive. Uno de los decretos añadidos provee a la contingencia que había causado el retraso de las elecciones en este mismo capítulo de Burgos. El decreto en cuestión reconoce al ministro general la potestad de poder mudar el lugar del capítulo con consejo de algunos padres graves, pero se la niegan para retrasar la fecha, que será siempre la vigilia de Pentecostés, como manda la Regla, haya llegado o no el ministro general. En este último caso presida el comisario general, salvo si el general envía un delegado suyo y -se sobreentiende- llega a tiempo. No estando presente ninguno de los dichos, presida el ministro de la provincia donde se tiene el capítulo. Y faltando éste también, que el capítulo se elija su presidente.

En cuanto a la intervención personal del P. Quiñones en el arreglo de las constituciones poco se sabe, aunque ciertamente hubo de ser notable. Él mismo nos dice que intervino en el decreto que prohibía admitir al hábito a los conversos, incorporado en las constituciones. No sería ajeno al que regula la presidencia del capítulo, del que acabamos de ocuparnos. Y fácilmente me inclino a ver su mano en algunas otras adiciones que riman bien con su carácter, tanto más que poco después hallamos algunos de estos puntos recordados y completados por Quiñones en los Avisos a las provincias españolas. Tales, que los clérigos después de la profesión permanezcan tres años bajo la vigilancia de un maestro, que los religiosos se consagren a la oración en privado una hora al día, que sean quitados y quemados los cepillos, que los ministros provinciales en la visita anual examinen las cosas de uso particular de los religiosos, retirando lo superfluo y curioso y que inquieran asimismo con qué motivos se piden las limosnas pecuniarias, que sean depuestos los guardianes negligentes en atender a los enfermos y, si alguna provincia fuere en esto negligente, avise el visitador al capítulo general. Un artículo de las Constituciones Burgenses en el que forzosamente hubo de intervenir el P. Francisco de los Ángeles es el que prohíbe realizar las elecciones por suertes, ya que este artículo carece de antecedentes en la legislación general de la Orden[1] y por otra parte el P. Quiñones en su calidad de comisario general y con facultades especiales para este caso del ministro general, había anulado en Toro el 6 de octubre de 1522 el capítulo provincial de Santiago, celebrado pocos meses antes, precisamente porque las elecciones se habían hecho por el sistema insólito de las suertes, en recuerdo e imitación sin duda del procedimiento empleado en la designación de san Matías al apostolado (Hch 1,26).

Estos pocos datos bastarían por ventura para señalar la tendencia de un superior en el gobierno de su Orden, pero no para hablar de un programa. Por suerte disponemos para conocer el de Quiñones de otros documentos. Son las Constituciones de las Casas de Recolección y los Avisos o Admoniciones a las provincias españolas.

I.- LOS AVISOS

1. FECHA

Las Admoniciones o Avisos tienen un valor extraordinario para conocer la opinión de Francisco de los Ángeles sobre la disciplina y observancia de la Regla, a la vez que ofrece un paradigma del estado de la observancia regular a la mitad del tercer decenio del siglo XVI, debido a un fraile celoso de su profesión y poco amigo de eufemismos.

Ningún historiador de la Orden se ha fijado, sin embargo, en ellos, quizá por un despiste cronológico del analista Waddingo. Este alude incidentalmente a las saludables admoniciones, que dejara el ministro general a la familia ultramontana, al enumerar las diversas disposiciones que tomó Quiñones en marzo de 1525 antes de embarcarse en Barcelona para Italia, como si sólo entonces las hubiera publicado. Los Avisos van dirigidos solamente a las provincias españolas. Quizá Waddingo se refiera también a las cartas exhortatorias que en marzo de 1525 envió el P. Ángeles a las naciones gala y germánica. En descargo del analista hay que decir que el Registro del general da ocasión al engaño. El texto de los Avisos figura en el Registro como remate de la actividad de Quiñones en España, advirtiendo en dos pasajes distintos que los envió a las provincias después de haberlas visitado. Serían en este supuesto los Avisos como el memorial en que el P. Ángeles reflejaba la experiencia de sus visitas desde el otoño de 1523 a fines de 1524.

La fecha de los Avisos, sin embargo, y varios decretos dejados en las provincias a lo largo de ese año de visita prueban con indudable certeza que los remitió a los ministros provinciales hacia septiembre de 1523.

En efecto, están fechados el 28 de agosto de 1523. Harto raro sería que los hubiera guardado sin publicarlos hasta marzo de 1525, y por otra parte la posibilidad de que el escribiente cometiera un lapsus calami en la fecha es mínima o nula, pues está extendida en letras, no en guarismos. A mayor abundamiento en distintos pasajes del Registro se supone que los Avisos son conocidos en las provincias que va visitando. El 18 de noviembre de 1523, en las Instrucciones que entrega a los comisarios visitadores, les ordena que indaguen si los ministros provinciales han recibido las «Admoniciones» impresas. Tres veces las menciona en el curso del año 1524: el 11 y el 23 de abril y el 19 de octubre para urgir su cumplimiento o aclarar alguna duda. Muy de acuerdo por tanto con la advertencia que hace en el prólogo, que pedirá exacta cuenta de su cumplimiento al tiempo de la visita.

No son, pues, los Avisos fruto de las visitas realizadas en el primer año de su generalato. Recogen más bien la experiencia adquirida en el gobierno hasta Pentecostés de 1523.

2. CONTENIDO

Aclarado lo que a la fecha se refiere pasemos ahora a analizarlos. Están distribuidos en seis capítulos.

En el prólogo, repitiendo palabras de S. Buenaventura, se insinúa el P. Quiñones recordando la grave obligación que sobre él pesa de ser ministro general no sólo de nombre sino también de hecho y de procurar el vigor y belleza de la disciplina, deslucida no por falta de buenos estatutos y exhortaciones «de que los refectorios y capítulos trasudan» -dice en frase gráfica-, sino por abandono de los religiosos en cumplirlos y de los superiores en urgir su observancia. Se ve por ello en la precisión de dar las siguientes normas que repristinen las buenas costumbres de la Orden y completen o expliquen las prescripciones de las constituciones generales. «Sus brazos», es decir, los ministros provinciales y los guardianes, a quienes las envía, le ayudarán a llevar la carga del cargo, velando por que sus súbditos las cumplan.

Dedica el primer capítulo a los novicios. El poco cuidado en su selección constituía una de las causas de la ruina de la Orden. No se reciba a quienes no sepan leer expeditamente la lengua latina y hayan estudiado por lo menos un año dicha lengua. Los maestros enseñen diligentemente a sus novicios la Regla y las declaraciones pontificias. Nadie sea recibido a la profesión si no supiere recitar claramente y con soltura el oficio divino.

En el capítulo segundo regula los viajes y salidas de los religiosos. No sean de ordinario trasladados más que en el capítulo provincial o congregación y no se les permita, mientras sea él ministro general, visitar a sus parientes, si no es a sus padres y hermanos o no se pudiere evitar el escándalo.

Los estudios eran un motivo de viaje. El capítulo de Burgos dictó normas que regulaban el envío de estudiantes al magno convento parisiense. Declara el P. Quiñones que tal decreto no le agradaba gran cosa. Determina, en consecuencia, que las provincias españolas no manden estudiantes al Estudio general de París hasta que personalmente visite aquel centro de estudios y se informe de visu del estado de la disciplina. Envío por otra parte innecesario, ya que España cuenta con gran número de colegios y escuelas donde pueden estudiar los nuestros sin tener que mendigar fuera lo que tenemos en casa.

Los religiosos salgan de los conventos siempre acompañados, nunca solos, salvo el caso de urgente necesidad. Una urgencia según el P. Ángeles será el pedir limosna para el sustento de los frailes, pero miren bien los superiores a quiénes mandan. No sean fáciles los guardianes en conceder a los que salen por otros motivos, permiso para visitar a las personas devotas de la Orden.

Si los frailes han de poner sumo empeño en no salir de la clausura sin motivo justificado, no han de tener menos interés en evitar que entren al convento quienes puedan perturbar la paz y silencio monásticos. Prohíbe, pues, que entren barberos y peluqueros. Para que sus servicios no sean necesarios ordena que los superiores designen religiosos jóvenes que aprendan estos oficios como se hacía antiguamente y todavía se practica en muchas provincias bien ordenadas.

Porque el ejemplo de los superiores arrastra, no salgan los guardianes de los límites de sus guardianías sino con licencia escrita del ministro provincial.

En el capítulo tercero, brevísimo, ordena que aun cabalgando con reconocida necesidad, se lleve la licencia escrita del ministro provincial o del superior y discretos de la casa. A quien no la llevare, los superiores de los conventos por donde pasare el cabalgador, prívenle de la cabalgadura.

El capítulo cuarto, el más extenso y minucioso, está diciendo a las claras la importancia que en la mente del autor de los Avisos tiene la materia en él tratada, la pobreza.

En primer lugar detalla el ajuar que puede llevar consigo el religioso de un convento a otro. El hábito, dos túnicas, el manto o capa y las sandalias. En cuanto a otras prendas destiérrese su uso como transgresiones de la Regla. En concreto menciona los colobia manicata, especie de camisa o túnica de lana o piel, que como usadas sólo en España reciben el nombre de monjilespompones o zamarros. Regiones mucho más frías que las nuestras desconocen semejantes prendas. Que se recojan en el plazo de ocho meses. Cuando por necesidad y con el debido permiso hubiere el religioso de usar otros vestidos, sea siempre debajo del hábito. Pero por ninguna causa se permita el uso de monjiles ni camisas de estambre. Si las hay, retírense y consérvense en las enfermerías para uso de los enfermos.

También determina la vileza del paño. Su coste no exceda «tres argenteos» la vara; donde no se pueda hallar a este precio se permite comprarlo a cuatro. Los superiores cuiden de vestir a sus frailes y no autoricen excesos so pretexto de ser donativo de los familiares del religioso. No tolera que se tenga depositada en el síndico una limosna pecuniaria para vestir a un particular. Gástese inmediatamente en vestirlo si lo necesita y, si no, en necesidades de la comunidad.

Continúa luego con las advertencias referentes a la cantidad y calidad de las cosas mendigadas: trigo, cebada, vino, etc. Obligación es de los ministros provinciales examinar si la limosna se pide según las declaraciones pontificias. Sobre todo deben vigilar que el pedir unos géneros para cambiarlos por otros de distinta especie se ajuste a las normas dadas por los papas Nicolás III y Clemente V, pues esta permuta fácilmente es un recurso a pecunia. Repite el mandato que siendo comisario general había dado insistentemente: que se desterrara el abuso de los cepillos vivos.[2] Para abreviar en esta materia tan capital y delicada de la pobreza, se remite al Speculum Fratrum Minorum, del P. Argumanes, que fue vicario provincial de la provincia de Santiago. Lo ha hecho imprimir y tener un ejemplar en cada convento. Manda que estudien cuanto trae relativo a la pobreza.

Suprímanse, como reliquias de la conventualidad, las cuestaciones de las confraternidades; tienen más de rentas que de limosnas. Por razón de sencillez y fidelidad rindan cuenta los guardianes a los ministros provinciales.

El ajuar de la casa y oficinas sea pobre. Siguiendo a S. Buenaventura manda que en el término de seis meses se destierren los vasos de cristal, contentándose con vasos de madera o de barro. Retírense de las sacristías los vasos de oro y plata; contradicen a nuestra pobreza. Si viven los donantes, devuélvanseles; si hubieren muerto o no se encuentran, véndanse y su precio empléese en la restauración del edificio o construcciones necesarias. Considera superfluos los vasos sagrados de plata que no sean la cruz, los cálices en número suficiente para el de sacerdotes del convento, el incensario y la «cerra» (bandeja?, acetre?, naveta?), y la cápsula para reservar el Santísimo.

En cuanto a las fundaciones de misas y capellanías no se admitan en adelante y, donde las haya, obsérvese puntualmente el decreto del capítulo de Burgos a fin de evitar toda apariencia de rentas, haciendo los religiosos la protesta de que solamente reciben tales legados a título de limosna. Para que el hablar esté de acuerdo con el ideal de altísima pobreza prometida, prohíbe que se usen expresiones que envuelvan la idea de compraventa. No deben los religiosos emplear expresiones como éstas: este libro me ha costado una o tantas misas, o toma este libro con la obligación de decir tantas misas; voy a la predicación de los corderos, del trigo, etc., expresando el tiempo de la predicación por el modo de retribuirla. No permitan los provinciales que los conventos tengan gallinas, cerdos, colmenas; sólo siembren la cebada necesaria para las caballerías del convento, mas a condición que sea segada en verde.

Amante de la ciencia, quiere el P. Quiñones que sus frailes pongan más cuidado en estudiar que en tener códices preciosos, procurando hermanar de esta suerte el amor a los libros con el celo por la pobreza. Los códices superfluos colóquense en las librerías. En los conventos donde no hubiere, distribúyanse entre los religiosos, cuyos estudios y tareas apostólicas requieran el uso de tales libros.

En el capítulo quinto da algunas normas para el comportamiento de los religiosos y educación de los jóvenes profesos. Reprueba el uso de títulos académicos, tales como maestro, doctor o licenciado, aun cuando se hayan obtenido antes de ingresar en religión. Añade Fr. Francisco de los Ángeles que no existe en España tal costumbre; adviértelo no obstante para impedir el contagio, importado de otras naciones.

Con buen criterio educador, declárase contrario a los castigos violentos para con los jóvenes; más que una corrección son -dice jugando con las palabras- una prueba de la corrupción de la Orden. Por inconvenientes que se siguen, condena el empleo de niños como monaguillos.

No se atreva ningún guardián a impedir que sus súbditos celebren las misas ordenadas por los capítulos general o provincial o constituciones de la Orden. Y menos todavía se permita el superior el entregar al súbdito el estipendio diciéndole que se procure lo necesario para la vida. Con el fin de no dejar resquicio a semejante abuso, que recuerda haber hallado en algunos conventos, manda que ni los religiosos al servicio de las monjas ni los estudiantes en provincias ajenas usen de los estipendios de misas para tales fines.

Otro punto sobre el que el recién electo general vela con esmero es la armonía con el clero secular. Los entierros daban lugar a desacuerdos y tiranteces poco edificantes. Para obviarlos y resolverlos en paz y justicia, ordena el P. Quiñones que cada convento abra un libro memorial en el que se anoten las sepulturas de los religiosos y seglares que haya en la iglesia conventual y en el claustro, los pactos con el clero secular referentes a sepulturas, confesiones, predicación, procesiones y funerales. Con el buen orden de relaciones espera el general que desaparezca el recelo y desconfianza del clero secular para con los religiosos.

Cierra este capítulo mandando practicar la caridad fraterna con los miembros de otras órdenes que llamaren a las puertas de nuestros conventos, en especial con los dominicos. Y ordena que sean duramente castigados los que siembran en el pueblo cristiano la discordia, predicando contra otros religiosos u órdenes.

Dedica el capítulo sexto a dar normas para el ingreso de los religiosos en los monasterios femeninos, especificando en consonancia con las disposiciones pontificias los casos en que les está permitido entrar en clausura. Fuera de estos casos ni aun al confesor o capellán sea lícita la entrada. Amonesta a los confesores que no frecuenten el trato de las religiosas en locutorios o gradas. Concédase más tiempo al confesor extraordinario; mientras éste desempeña su cargo, retírese el ordinario al convento más cercano o donde dispusiere el ministro provincial.

En la conclusión enumera el celoso general algunos otros abusos. La ociosidad de unos, el vagabundaje de otros, con molestia de los seglares que temen el encuentro de los frailes, la inconsiderada provisión de cargos y oficios, el atrevimiento de algunos en censurar desde el púlpito a príncipes y eclesiásticos con escándalo del pueblo, el abandono, por no decir crueldad, con que se trata a los enfermos, la mordacidad de algunos y curiosidad y superfluidad en el menaje de las habitaciones que más parecen tiendas de mercaderes que pobres celdas de religiosos.

Al cabo de retahíla tal de abusos y sobre todo después de la coda final, el lector pensará que la Orden estaba casi a punto de disolverse por relajación. Sería una conclusión precipitada. El remate de los Avisos procede, en su esqueleto y en su forma, de las cartas de S. Buenaventura, espejo de ministros generales. El Padre Francisco de los Ángeles introduce en los pasajes bonaventurianos un cambio, que es en definitiva una atenuante, que convendrá no olvidar a la hora de formular un juicio de conjunto. Advierte que hay muchos y santos religiosos a quienes no llegan las salpicaduras de tales vicios. Mas no es menor su obligación de trabajar por desarraigarlos de aquellos que los tienen a fin de lograr la reforma que exige Dios, espera el mundo y anhela S. Francisco. Acaba la circular con una exhortación fervorosa y apremiante, de origen igualmente bonaventuriano, moviendo a los superiores a que repriman los excesos y descuajen los abusos.

I

 

 

Por Juan Meseguer OFM

Franciscano español, ministro general, cardenal, representante de la renovación católica pretridentina, autor de la reforma del breviario que lleva su nombre. Nació hacia el año 1480 en León (?), se ignora el mes y el día; murió en Veroli (Italia) el 27 de octubre de 1540.

Hijo de Diego Fernández de Quiñones y Juana Enriquez, primeros condes de Luna, era paje del card. Cisneros en 1498. Hízose franciscano antes de 1507 en el convento de Santa María de los Ángeles (Hornachuelos, Córdoba), cambiando su nombre de pila Enrique en Francisco. No se sabe si cursó estudios en algún centro universitario. Probablemente recibió la primera instrucción en su casa, y ciertamente la que bajo la vigilancia de Cisneros se impartía a sus pajes. Dentro de la Orden desempeñó toda la gama de cargos. En 1510 era custodio de la custodia de los Ángeles, en 1512 vicario provincial de los franciscanos observantes de Castilla, en 1518 ministro provincial de la provincia de los Ángeles, en 1521 comisario general de la Orden y ministro general (1523-1528). Siendo comisario general visitó las provincias de los Países Bajos y algunas españolas; de ministro general, las de España y Portugal y la mayor parte de las de Italia.

Como superior fomentó la disciplina y observancia regular, la selección y formación de las vocaciones y los estudios, mandando organizarlos en las provincias que los tenían deficientes; celó la práctica de la pobreza franciscana según la Regla declarada por los Papas y trató de cortar las disensiones originadas por roces jurisdiccionales y perniciosos regionalismos. La limpieza de defectos y promoción de la disciplina fue uno de los puntos básicos de su programa de gobierno. Fue el otro las Casas de Recolección, focos de vida espiritual intensa. Cada provincia debía tener dos o más. Los frailes deseosos de reencarnar el espíritu de san Francisco, que a ellas se acogían, debían practicar una disciplina más severa y una pobreza más estricta, mantener la unidad de la Orden sin apartarse de la obediencia a los ministros provinciales y practicar la proclamación sencilla de la palabra de Dios. Igual afán renovador desplegó en los monasterios de clarisas. Protegió especialmente a las Concepcionistas, a las que dio sus primeras Constituciones (1513) y su primer Ceremonial (1524). Ayudó a su hermana Leonor de Quiñones, dama que había sido de Isabel la Católica, en la fundación del monasterio concepcionista de León. Otra faceta de la personalidad de Quiñones es la misionera. Sus anhelos, frustrados, de pasar a México con Juan Glapion, confesor de Carlos V, en 1521, florecieron en el envío de la misión de los Doce Apóstoles a México en 1523. En la Obediencia e Instrucción que les diera, «carta magna de la civilización mexicana» (M. Cuevas), subraya las cualidades del misionero, alude a las normas del método misional e indica cómo aunar apostolado y vida regular.

Quiñones intentó de nuevo pasar a México en 1526 con facultades extraordinarias, eclesiásticas y civiles, para promover la evangelización. Mas no pudo, como tampoco pudo visitar el resto de la Orden. Clemente VII le mandó en la segunda mitad de 1526 como emisario secreto al Emperador, con quien se entrevistó en Granada; volvió en 1527 encontrando a Carlos V en Valladolid; la tercera entrevista tuvo lugar en Madrid, 1528. Las conversaciones buscaban las bases de un tratado de paz, el de Barcelona, de 1529. En el segundo viaje fue capturado y maltratado por los piratas berberiscos, ocupándose de su liberación el mismo Papa. Éste le creó cardenal el 7 de diciembre de 1527; su publicación oficial se retrasó a 1528 en Viterbo y el Emperador le impuso la birreta en San Jerónimo de Madrid el 6 de septiembre de 1528. El comportamiento y actividad de Quiñones, cardenal de curia, correspondió a la línea renovadora que hasta entonces había seguido. Obispo de Coria en España (1531-33), renunció al obispado por no permitírsele ir a visitarlo. Se distinguió por su devoción a la Eucaristía y a la Santa Cruz. Tuvo en su casa una academia de humanistas y sabios, que le ayudó en la reforma del breviario, llamado de Santa Cruz por su título cardenalicio. Distribuyó el salterio por los días de la semana, redujo maitines a un nocturno y tres lecciones, y suprimió partes menores, todo con la idea de hacer hablar principalmente a la Sagrada Escritura. Cien ediciones y cien mil ejemplares (1ª ed. 1535) prueban la aceptación que logró. San Pío V prohibió su uso en 1568 por diversas razones, pero fue el precursor y modelo de la próxima reforma del breviario.

Quiñones defendió en Roma los intereses de España, si bien no participó en un primer plano en la política. Fue cardenal protector de los franciscanos (1534) y de los jerónimos (1536). Nombrado gobernador de Veroli, 1534, mandó labrar un palacio grandioso en las proporciones pero sencillo en su aspecto y una fuente pública, y restauró la entonces ermita de la Santa Cruz. Su sepulcro, obra de J. Sansovino, en elegante y sobrio estilo renacentista, se conserva en su iglesia titular. Quiñones veló por la educación de su sobrino Juan de Quiñones (1506-76), maestrescuela de Salamanca, canciller de su Universidad, obispo de Calahorra y padre del Concilio de Trento, y amparó a sus sobrinos-nietos Claudio Fernández de Quiñones, cuarto conde de Luna, embajador de Felipe II en el Concilio de Trento, y de sus hermanos, de los que uno fue Lupercio de Quiñones, obispo titular y capellán de Felipe II.

BIBLIOGRAFÍA: Marqués D’Alcedo, Le cardinal Quignonès et la Sainte-Ligue, Bayona 1910; H. Jedin, Historia del Concilio de Trento, 3 vol., Pamplona 1972 ss.; J. M. Lenhart, Quiñones breviary a best seller, en Franciscan Studies VI (1946) 468; J. Meseguer, Quiñones solicita facultades de nuncio y virrey para ir a Nueva España, en Archivo Ibero-Americano XIV (1954) 311-338; Íd, Contenido misionológico de la Obediencia e Instrucción de Fr. Francisco de los Ángeles a los Doce Apóstoles de Méjico, en The Americas XI (1954-1955) 473-500; Íd, Programa de gobierno del P. Francisco de Quiñones, en Archivo Ibero-Americano XXI (1961) 5-51; Íd, Constituciones recoletas para Portugal e Italia, ib. 459-489; Íd, El P. Francisco de los Ángeles de Quiñones al servicio del emperador y del papa, en Hispania XVIII (1958) 651-687; Íd, Biblioteca del Conde de Luna, embajador de Felipe II en el Concilio de Trento, en Il Concilio di Trento e la riforma tridentina, II, Roma s. a., 667-677.

Gran Enciclopedia Rialp. Tomo XIX. Madrid 1974, págs. 570-571]

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