La mirada compasiva

Pedro Ortega Ruiz

Todos nacemos en un grupo o comunidad humana y en una cultura, heredamos unas tradiciones, costumbres, creencias, valores… que condicionan nuestra manera de vivir y de entender el mundo. Nadie es un verso suelto, desconectado del tiempo y del espacio, del contexto o historia a través de la cual nos «entendemos y explicamos» como humanos. La realización concreta de nuestra existencia como sujetos morales está condicionada por el grupo humano o comunidad al que pertenecemos. A diferencia del animal no-racional, los humanos somos seres culturales. Hacemos de nuestra cultura nuestra particular forma de vivir y existir en el mundo. También la moral, como forma de relacionarnos con el mundo y con los demás, es fruto de una herencia y de un aprendizaje. Hay distintas maneras de “mirar” al otro y al mundo, desde la moral. Depende de cómo concibamos al ser humano (antropología) y en qué ética nos ubiquemos.

Hay dos corrientes fundamentales en la antropología que marcan también dos formas distintas de entender al ser humano:

1.- Aquella que concibe al hombre como ser autosuficiente, autónomo e independiente, es decir, el ser humano que existe en sí y para sí. Desde esta corriente de pensamiento mi existencia como persona es independiente de la existencia del otro; «yo» y «el» constituyen mundos separados, con frecuencia enfrentados; no existe el «Tú» relacional a quien nombrar, solo «el» impersonal, carente de atributos que le sitúen en en el tiempo y en el espacio; es el ser trascendental, metafísico que escapa de toda realidad concreta, se refugia en el mundo de las «bellas ideas». Esta corriente de pensamiento responde a la concepción “individualista” del hombre representada por Descartes, Kant… La expresión más gráfica de este modo de entender al hombre, llevada al extremo, nos la da el filósofo francés Sartre cuando dice: “El infierno son los otros”. En esta corriente de pensamiento individualista se ha realizado, durante siglos, toda la educación en la sociedad occidental. Nada ha escapado a su influencia.

2.- Hay otra corriente de pensamiento que concibe al hombre como un “ser abierto al otro”, en relación con el otro. Desde esta corriente antropológica el ser humano es un ser dependiente del otro, está fracturado en su misma estructura radical, es un ser «habitado» por otro. El ser humano no se explica en sí y para sí, sino desde el otro y para el otro. «A la persona le pertenece ese modo de realidad que se designa mediante el pronombre yo, pero el yo supone un tú, no hay yo sin tú: digo «yo» contraponiéndome a un «tú«, escribe J. Marías en su obra: La felicidad humana (1989, pág. 283).. Sin esta apertura y relación con el otro, el ser humano es solo una idea o concepto universal. Es esta “apertura” al otro la que nos constituye en sujetos humanos. Somos por naturaleza seres relacionales, abiertos al otro. El otro no me es ajeno ni extraño, no se sitúa fuera de mí, ni junto a mí, forma parte de mí como pregunta y como respuesta. Mi existencia, como humano, está en las manos del otro, dependo de él. «En la medida en que entre el otro y yo la relación no es recíproca, yo soy sujeción al otro; y soy sujeto esencialmente en este sentido», escribe Levinas en su obra: Ética e infinito (1991, pág. 92). Ser sujeto consiste en esta experiencia ética de relación con el otro. La mirada compasiva está estrechamente vinculada a la ética relacional, a una concepción del hombre como ser en el mundo, que para seguir existiendo como humano necesita a los otros en una relación de comunión. En esta corriente de pensamiento se inscribe la mirada compasiva.

Hablar de “mirada compasiva” puede parecer algo extraño. Ya el término mismo “compasión” está rodeado de prejuicios y falsas interpretaciones. Las reticencias, cuando no la descalificación de la compasión, no son de ahora, vienen de lejos. Nietzsche, Spinoza, Adorno y otros emiten juicios muy duros sobre la compasión. A la compasión se le atribuye una cierta complacencia con las situaciones de necesidad, cuando no una larvada complicidad. Se la suele identificar con la beneficencia o asistencia puntual a un necesitado. En este sentido, la compasión solo contribuye a retardar la ansiada liberación de las injusticias. Otros autores, como Schopenhauer, Levinas y Horkheimer la sitúan en el corazón mismo de la ética, en su punto de origen.

Hay otro modo de entender la compasión que se aparta de la caricatura con la que se le ha presentado. La compasión no es beneficencia o asistencia caritativa, obstáculo para la justicia social. Implica, por el contrario, un compromiso liberador de las causas que oprimen al ser humano necesitado de atención y cuidado. Implica la justicia con el abandonado o marginado, y no meras atenciones puntuales que contribuyan a la permanencia del estado de necesidad. La compasión y la justicia van de la mano pues «no cabe la vida justa en la vida falsa», afirma Adorno. La compasión no es cómplice de las situaciones injustas, por el contrario las denuncia. Es la respuesta a la experiencia del mal, del sufrimiento; la respuesta a la interpelación que viene del ser humano herido y necesitado; es la demanda que irrumpe en nosotros de forma imprevista y cuestiona nuestros códigos de «buena» conducta. Hay, sin embargo, situaciones concretas de enfermos irrecuperables en las que la compasión se traduce, necesariamente, en acompañamiento y cuidado, y no en una actuación liberadora que ponga fin a una situación opresora.

¿Qué es la mirada compasiva?

-es ver las cosas desde la perspectiva del otro, entrar en su mundo, ponernos en su lugar.

-es mirar al otro desde la responsabilidad para con él. Estar abiertos a la pregunta (interpelación) del otro.

-es salir de nuestro yo, del santuario cómodo de nuestra vida para encontrarnos con el otro.

-es dejarse inundar por la presencia ética del otro que se hace para mí súplica y exigencia.

-es “pasar a la otra orilla” (al otro) y quemar la barca, en un viaje sin retorno.

-es una filosofía y estilo de vida, no una simple manera de pensar.

– Es la pregunta inquietante que todos debemos responder desde la ética : ¿Dónde está tu hermano?

En la mirada compasiva no es un ser “ideal” quien es compadecido, sino el sujeto concreto (hombre-mujer, anciano o niño) que vive en una situación también concreta. No nos compadecemos de la pobreza, sino de los pobres; ni de la explotación y humillación, sino de los explotados y humillados; ni de la enfermedad, sino de los enfermos. Al “otro lado” de nosotros, en la “otra orilla” no hay solo ideas o maneras de pensar, sino personas de carne y hueso que, además de pensar, también sienten y viven, sufren y aman. Están sometidos a experiencias de gozo y de dolor, de esperanza y de temor. La compasión nada tiene que ver con la simple beneficencia: además de aliviar el sufrimiento de la persona compadecida y acogerla, hay un compromiso por cambiar la situación que produce el sufrimiento del otro, poner fin a aquello que lo humilla y esclaviza, a no ser que se trate de situaciones irreversibles, como una enfermedad incurable.

La compasión es una fuerza poderosa que nos permite construir una sociedad más humana, más a la medida del hombre. Una sociedad construida sólo desde la justicia se haría insoportable. ¿Qué sería de los enfermos, discapacitados, desprotegidos, ancianos y niños si sólo contemplamos las relaciones entre los humanos desde el plano de la sola justicia? No es posible una vida humana fundamentada solo en el derecho, sólo en la ley. Nos veríamos privados de comportamientos tan nobles como la gratuidad, la donación, el amor sin contrapartida alguna. Para la construcción de una sociedad “humana”, hecha a la medida del hombre, son indispensables las relaciones de solidaridad y de compasión. Y estas no se dan si no se cruza a “la otra orilla”, si no se desciende de la propia cabalgadura y se va al encuentro con el otro en toda su realidad, en la experiencia de su vida.

Para muchos autores, creyentes y no creyentes, el texto del evangelio de Lucas (10, 30-35) es el punto culmen de la ética, la mejor descripción de la compasión. Dice así:: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones que le despojaron de todo, le molieron a golpes y se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”.

La descripción fenomenológica de la compasión en este relato se hace en cuatro momentos distintos:

a) El encuentro con el otro. El herido es un ser humano real, alguien concreto que interpela desde su estado de necesidad.

b) Conmoción interior ante el sufrimiento del herido. Es un vuelco de todo el ser humano nacido de las entrañas, no una fría reflexión intelectual.

c) Acción de acogida y cuidado. El samaritano no permanece indiferente ante el hombre caído, abandonado en el camino, ni mira para otro lado, al contrario se hace cargo de él.

d) Lo saca de su situación de abandono. El samaritano devuelve al hombre herido a su comunidad curado y recuperado.

En el texto evangélico Jesús enmienda la pregunta del doctor de la ley y no pregunta por quién es mi prójimo, sino de quién soy yo prójimo. Jesús destaca la dimensión relacional (ética) del ser humano, le dice al doctor de la ley que para ser sujeto ético hay que partir del dolor del otro y responder desde la compasión. Lo relevante no es saber quién es mi «prójimo», sino de quién soy yo prójimo, es decir, la «projimidad». En este relato lo relevante no es la conciencia del «deber», sino la respuesta ética, es decir, responsable. La respuesta del samaritano sobrepasa los códigos de conducta establecidos por la religión o etnia. Solo atiende al sufrimiento del hombre herido. En este texto la moral del «deber» ha saltado rota en pedazos. Solo desde la ética de la compasión se llega al otro en su situación concreta de necesidad que me demanda hacerme cargo de él. Y no con argumentos fundados en la dignidad del hombre herido, sino en la «autoridad» de su rostro vulnerable e indefenso. El buen samaritano solo atendió a su sentimiento de compasión ante el dolor del hombre herido sin otras consideraciones legales o argumentos de la razón. Argumentar para justificar la actuación compasiva es inferir una ofensa al necesitado de ayuda y acogida. ¿Por qué tiene que justificar el explotado y marginado que se le reconozca el derecho a vivir como persona? ¿Por qué tantos hombres y mujeres descartados de nuestra sociedad tienen que justificar la demanda de una situación digna para sus vidas? Más bien es el explotador y la sociedad quien debe justificar su conducta contra los derechos del oprimido y descartado. No es el sentimiento de compasión, sino la realidad inmoral, injusta la que necesita una fundamentación «racional».

El Papa Francisco, comentando este relato en Fratelli Tutti, escribe «El relato… no desliza una enseñanza desde ideales abstractos, ni se circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético-social. Nos revela una característica esencial del ser humano, tantas veces olvidada: hemos sido hechos para la plenitud que solo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede «a un costado de la vida». Esto nos debe indignar, hasta hacernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Esto es dignidad».

La compasión es una acción liberadora de la persona en una situación concreta de abandono o necesidad. Es denuncia de las situaciones de exclusión en las que se ven envueltos seres humanos concretos. Y es también pregunta incómoda para todos: ¿Qué hemos hecho para que tantos hombres y mujeres se vean privados de las condiciones de vida dignas? Si la marginación de los otros no cuestiona nuestra «buena conciencia» y vida tranquila, nuestra conducta se parece mucho a la del sacerdote y levita del texto evangélico, y muy poco a la del samaritano. A veces la compasión no sobrepasa el umbral del acompañamiento solidario al otro en una situación de enfermedad irreversible. La atención y cuidado a estos «otros» contribuye a hacer más humana la vida de una comunidad.

Si este mundo nos parece en alguna medida «salvable» no es por los descubrimientos científicos y tecnológicos, sino por los hombres y mujeres que, desde la compasión con los más desfavorecidos y abandonados, arriesgan su vida por salvar la vida de los otros, y hacerla más humana. La compasión nos libera de la frialdad que caracteriza a las relaciones interhumanas en la sociedad de consumo. Sin la compasión, la vida en sociedad se haría muy difícil de sobrellevar. Solo la mirada compasiva a los otros es capaz de construir una sociedad que haga posible una vida humana.

Todos los humanos somos «extranjeros, huérfanos y viudas» necesitados de compasión. El ser humano es un ser estructuralmente necesitado de compasión; es, en sí mismo, necesidad y demanda de compasión. No es el ser «ideal», autosuficiente, trascendental que nos ha presentado la antropología cartesiana, sino el hombre y la mujer de carne y hueso, que nace y muere, sufre y goza. Es el ser humano que conocemos por la experiencia, que necesita de la compasión para vivir como humano. Levinas, en su obra: Entre nosotros (1993, pag. 133) escribe sobre la responsabilidad hacia el otro: «Para mí el sufrimiento de la compasión, el sufrir porque otro sufre, no es más que un momento de una relación más compleja, más completa, de responsabilidad respecto del otro. En realidad, soy responsable del otro incluso cuando comete crímenes, incluso cuando otros hombres cometen crímenes. Para mí, esto es lo esencial de la conciencia judía. Y creo también de la conciencia humana: Todos los hombres son responsables unos de otros, y yo «más que los demás».

Pero asumir la responsabilidad hacia el otro, hacerse cargo de él, implica reconocer en el otro los lazos de fraternidad que nos unen a todos los humanos, conlleva un acto de amor, una mirada compasiva. Ello supone otra ética, otra manera de relacionarnos con el mundo y con los demás. Reclama una ética de los afectos, del sentimiento «cargado de razón», no una ética de los grandes principios, ni de las respuestas establecidas de antemano de acuerdo a los códigos morales imperantes, como la ética kantiana. Reclama una ética de la «projimidad», pegada a la vida real del otro sufriente, que asume su dolor como propio. Reclama la ética del buen samaritano quien frente al dolor del herido solo se deja guiar del sentimiento de compasión, no de preceptos legales.

Desde una concepción del hombre instalado en el «yo» ideal, autosuficiente e independiente del otro, los problemas reales que afectan a los hombres y mujeres concretos se diluyen en reflexiones morales sobre la dignidad de la persona, ineficaces para abordar, en su raíz, las causas que generan las situaciones injustas. Es indispensable «otra manera» de entender al ser humano en su relación con los demás. A este respecto escribe Levinas en la obra antes citada (pág. 136)): «No hemos de interpretar la respuesta de Caín como si él se burlase de Dios, o como si respondiese como un niño: «no he sido yo, sino otro». La respuesta de Caín es sincera. En su respuesta falta únicamente lo ético: solo hay ontología: yo soy yo y él es él. Somos seres ontológicamente separados». Esta concepción ontológica del hombre, autosuficiente e independiente del otro, ha impregnado el pensamiento y la vida de la sociedad occidental. El otro se ha considerado como alguien extraño, ajeno a mí de quien no tengo por qué ocuparme si no me veo obligado por códigos morales de «buena» conducta. Se actúa así desde una moral del «deber», pero no desde la moral de la compasión que antepone la acogida y cuidado del otro a cualquier consideración legal.

La compasión no se atiene a códigos de «buena conducta», por el contrario, rompe las reglas establecidas y se pone siempre del lado del necesitado de ayuda y cuidado. «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc, 2, 27)., nos dice Jesús de Nazaret. Ser compasivos implica sentirse libres de las ataduras convencionales que pueden impedirnos responder, desde la ética, a situaciones que se sitúan fuera del marco institucional de la moral. El compasivo se siente extranjero para sí mismo y para los demás, no «encajado» en la sociedad convencional, ni atado a una idea, norma o partido. Solo se debe a la necesidad y urgencia de responder del otro en su situación de necesidad. El compasivo vive siempre en la provisionalidad e incertidumbre de su respuesta. Vive en la «deserción» de uno mismo y de la norma establecida, en la «mala conciencia» ante la posibilidad de una respuesta no adecuada a la necesidad del otro.

Pero en medio de la frialdad e indiferencia que caracteriza a las relaciones interhumanas de nuestra sociedad, también hay muestras de fraternidad que descubren el lado humano y noble de nuestros conciudadanos. El Papa Francisco en Fratelli Tutti lo resalta: «La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos… comprendieron que nadie se salva solo». En medio de esta sociedad que margina y oprime hay muchos hombres y mujeres que hacen posible que «la injusticia de este mundo no tenga la última palabra», como anhelaba M. Horkheimer; que la solidaridad y la compasión se den la mano con la justicia.

Murcia, junio de 2021

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.