COROGRAFÍAS PARA SEDIENTOS

 

Elena Conde

El tiempo de verano llama al descanso de la actividad habitual y a buscar novedades compensatorias protagonistas de un ocio útil, fecundo para cuerpo y espíritu. Transitar, disfrutar o incluso sufrir paisajes es una de las mejores. No en vano, se nos dotó de locomoción para ir, venir, descubrir y describir las formas, caprichos y colores de una naturaleza siempre espléndida y generosa, en ocasiones insuperable. Desde la Antigüedad, el hombre viajero escribió sus experiencias y regaló así al sedentario, voluntario o forzoso, el placer inmenso de vivir y revivir países y lugares en el santuario de su imaginación. Fuimos creados dinámicos y, curiosamente, un repaso personal a los Evangelios y Lecturas de estos domingos estivales lo confirma.

El pasado 4 de julio, tras el escepticismo de sus paisanos de Nazareth y hacer algunas curaciones, el Señor “recorría los pueblos de alrededor enseñando”. (Mc 6, 1-6). El profeta Ezequiel, por su parte, se pone en pie movido por el Espíritu y marcha hacia los israelitas que se habían rebelado contra Jahvé. (2, 2-5). En las del 11 de julio, al igual que Amós es enviado por Amasías para profetizar al pueblo de Israel, Jesús envía a sus discípulos de dos en dos (Mc 6, 7-13) y seguro que patearon muchos senderos predicando la conversión. En el pasado domingo día 18, los Apóstoles, sin duda cansados, vuelven junto al Señor para contarle sus andanzas en la tarea anticipada del “kerigma” y Él insta a retirarse juntos a un lugar tranquilo para descansar, para gozar de la introspección ante el agobio de la muchedumbre expectante. Amigos unidos como en una única dehesa, junto al Rey verdadero, tras su vuelta de pastos quizá cercanos pero alejados en su sabor de la Palabra, como aquellas ovejas ahuyentadas por los malvados que andaban dispersas y a las que el Señor hará volver. (Jr 23, 1-6). Si ojeamos el día 25, el lago de Tiberíades y la subida posterior al altozano, donde Jesús anticipa saciar el hambre trascendente de todo hombre con otra comida (Jn 6, 1-15), remiten igualmente a una visión dinámica. Y así, en la pluma de San Juan, los Evangelios del mes de

Guerri

agosto en esencia insisten en que el hambre que siente esa multitud que se sube a las barcas sólo será satisfecha con “el Pan vivo que ha bajado del Cielo”.

Insistiendo en itinerarios y paisajes, todas las posibles motivaciones del viaje en si mismo se fusionan para nosotros, en España, el 25 de julio. La festividad de Santiago Apóstol será siempre indisoluble del Camino de Santiago, Patrimonio de la Humanidad desde 1993. La persona se pone en camino, porque busca o bien se busca a sí misma. Por impulso de fe viva en Cristo y su Iglesia o por ondas de alguna espiritualidad latente, por atracción cultural, artística y corográfica, e incluso por sana inercia de acompañar a otros peregrinos, sin más, para vivir la experiencia. El viaje está ahí, desafiante. Como un mapa en blanco donde todas las aventuras, sorpresas y sensaciones caben, hasta las más homeopáticas. Hirientes o sanadoras, atrapan al hombre que camina y no debe pararse hasta llegar a la meta. Estoy convencida de que siempre hay un premio, adecuado a cada peregrino, un hondo hallazgo refrescante de lo que se creía perdido, al igual que aquellos israelitas ingratos que erraban por el desierto añorando el sustento cotidiano de Egipto y murmurando de Moisés, obtuvieron de Dios misericordioso, al fin, el maná y las codornices. (Ex 16, 2-4. 12-15). El andar los paisajes, como yo digo, y vincularlo también al hallazgo de lugares antagónicos para el destino de las personas no es original ni de la Biblia ni del Medievo. En la más antigua Literatura Clásica ya se conformó el locus amoenus frente al locus horridus. Este reunía niebla, frío, desolación, o aridez profunda, sequedad y espinos. Desiertos sin límite o bien oscuros abismos inexplorados sin salida, tal como describe Homero en el Canto XI de la Odisea: “Arribamos a los confines del Océano. Allá está el pueblo de los Cimerios, entre nieblas y nubes, sin que jamás el sol resplandeciente les ilumine con sus rayos, ni cuando sube al cielo estrellado ni cuando se pone, pues siempre una noche perniciosa se extiende sobre los míseros mortales”. Las corografías, ya reales ya imaginarias, pronto fueron analizadas por la propia historiografía antigua como escenarios envolventes adecuados al espíritu de cada persona. Las descripciones reales, de lugares concretos, ampliaban los conocimientos científicos y los accidentes geográficos existían independientemente del sentir del hombre. Como, por ejemplo, las descripciones sobre el Nilo y Egipto de Heródoto en su Libro II. Por su parte, la sublimación de la naturaleza descrita por el poeta con rasgos filosóficos o antropológico-sensoriales generó diversas concepciones de su naturaleza real que el autor adapta al hombre, el cual “experimenta la tentación de rehacerla” para insertar ahí sus aspiraciones de felicidad trascendente. El griego Teócrito decía: “Serás más proclive a contar si estás sentado bajo el olivo salvaje, a la sombra de los árboles. El agua fresca se desliza gota a gota. Hay una brizna de hierba donde los saltamontes parlotean”. (Idil. V, 31). Un pequeño rincón placentero similar, por qué no, a aquellos donde el Señor se refugiaba con sus discípulos. Los escondites amoeni, amables y calmantes de la fatiga del hombre itinerante, que se ajustan en el canon literario a los mismos elementos comunes: praderas, bosques, árboles, pájaros que cantan, fuentes y arroyos, flores y frutos, sombra y soplo de viento. Si se tuviera que elegir un elemento determinante, nadie dudaría que el agua es el esencial. Como ya lo pusieron de manifiesto prestigiosos especialistas franceses en los Coloquios al uso celebrados años atrás bajo el patrocinio del Centro Nacional de Documentación Pedagógica, que creo útil mencionar aquí.

Sin agua, no hay vida. Todos somos potencialmente peregrinos porque hemos sido creados dinámicos, insisto. Itinerantes fuera o dentro de nosotros mismos en el uso de nuestra libertad. En viajes reales o virtuales. Por caminos pedregosos donde caemos y con “el paladar seco como la teja”. Pero también por verdes pastos, cañadas seguras y fuentes tranquilas, como dice el Salmo 23. La naturaleza real se adapta así, se aclimata a nuestra naturaleza espiritual brindando la reflexión para el reposo perfecto. El viaje más inolvidable es siempre el viaje interior. Nos abre los ojos superando las corografías reales. El verano es transeúnte y pasará pero Él nos espera siempre. Es la culminación del camino en “el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás pues ésta se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna”. (Jn 4, 14).

——————————————–

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.