¿HACIA GETSEMANÍ?
CLARA, LA COMUNIDAD DE LAS HERMANAS
Y LA VIDA COTIDIANA EN SAN DAMIÁN

por Felice Accrocca

Santa Clara Marianne Schlosser ha afirmado en su reciente estudio: «Clara parece haber sido una mujer a quien no le era fácil mandar».[1] Y, en efecto, el testimonio de Pacífica de Guelfuccio, citada explícitamente por Schlosser, afirma: «La predicha madonna Clara, cuando mandaba a las hermanas que hiciesen alguna cosa, mandaba con mucho temor y humildad, y la mayor parte de las veces prefería hacerlo ella que mandarlo a las otras» (Proc I,10).

No se trataba, obviamente, de debilidad de carácter, porque Clara demostró en varias ocasiones tener un carácter resuelto y fortísimo -más fuerte y firme, a mi parecer, que el del mismo Francisco- pero que podremos definir casi como una «crisis de identidad», en el sentido de que Clara difícilmente se adaptaba a revestirse con los atributos con los que, de un modo u otro, debía dirigir a sus hermanas, prefiriendo una situación de mayor marginalidad, que habría materializado mejor su idea de la sequela Christi, del seguimiento de Cristo. Y siempre la misma Pacífica recuerda que Francisco «casi la obligó» a aceptar «el gobierno de las hermanas».[4]

UNA EXPERIENCIA DE PARTICIPACIÓN

En efecto, lo que surge de la vida de San Damián deja traslucir bastante una experiencia basada en la participación. Ante todo, en San Damián, todas las hermanas trabajan con sus propias manos, muy diferente de cuanto generalmente acaecía en otros lugares, donde regía la tradicional distinción entre «coristas» y «sirvientas», las primeras, ocupadas en la recitación del oficio divino (en el coro) y -donde había scriptoria- en la transcripción y confección de miniaturas de los códices; las segundas, en los trabajos más humildes y viles, aquellos que causan «cansancio físico».[5] En la Regla, Clara afirmó explícitamente:

«Las hermanas, a las que el Señor ha dado la gracia de trabajar, después de la hora de tercia ocúpense fiel y devotamente en un trabajo humilde, honesto y de común utilidad, de forma que, evitando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y la abadesa o su vicaria distribuyan, en capítulo y ante todas, los trabajos manuales. De igual modo se procederá si alguien envía alguna limosna para cubrir las necesidades de las hermanas, a fin de que en comunidad se haga memoria del donante. Y la abadesa o su vicaria, con consejo de las discretas, distribuyan todo ello para utilidad común» (RCl 7,1-5).

La primera parte del texto toma a la letra lo que Francisco había escrito en la Regla bulada de 1223, en el capítulo V (2 R 5,1-2). Clara añade el detalle de que los trabajos se iniciaban después de la hora tercia, es decir, al término de las oraciones matinales. En cambio, la segunda parte del texto, la que atañe a las modalidades con las que la abadesa, o su vicaria, debía asignar a cada una el trabajo personal o disponer de las limosnas, es un texto propio de Clara: también revela una fuerte impronta comunitaria, ya que se afirma que la abadesa, o su vicaria, debía distribuir tales tareas delante de todas las hermanas.

Durante el Proceso de canonización,[8] las hermanas afirmaron repetidamente que Clara se mantuvo fiel a su trabajo incluso durante su larga enfermedad, que se extendió, en fases alternas, desde 1224-25 hasta su muerte, por el espacio de casi treinta años:

«En el tiempo en que estuvo enferma -testimonió Pacífica de Guelfuccio- de manera que no podía levantarse del lecho, se hacía incorporar, y se sentaba sostenida con almohadas, e hilaba; y tanto, que de esta tela hizo confeccionar corporales, que envió a casi todas las iglesias del valle y de los montes de Asís».[9]

El autor de la Leyenda de santa Clara [LCl] hablando de este hecho en el momento en que describe la devoción de Clara hacia la Eucaristía, efectuó una distorsión del hecho mismo, induciendo a creer que tal trabajo fuera únicamente una consecuencia de aquella devoción. Al contrario, si Clara se aferraba tanto a su trabajo como para continuarlo a pesar de su enfermedad, era porque «el trabajo formaba parte íntimamente de su opción de vida, o sea, de su opción por una condición servil»,[10] y porque ella insistía firmemente en encarnar la forma de vida propuesta a sus hermanas, sin omitir, en lo más mínimo, ninguno de los deberes que emanaban de la Regla. Y por otra parte, su fiel observancia fue subrayada repetidamente en el Proceso (Proc III,31; IV,17 y VI,2).

FORMA Y EJEMPLO PARA SUS HERMANAS

Muchos testimonios recordaron expresamente cómo Clara se adaptó fácilmente, incluso escogió para sí los trabajos más humildes y viles: «ejecutaba los trabajos que eran más viles» (Proc II,1), subrayó Bienvenida de Perusa, que había entrado en San Damián apenas unos meses después de la conversión de Clara. Diversas hermanas recordaron que Clara acostumbraba a lavar a las enfermas y sus bacines, en los cuales «alguna vez había lombrices» como afirmó terminantemente Cecilia de Gualterio Cacciaguerra de Spello (Proc VI,7), y como lo confirmó Balbina de Martino de Coccorano.[15] También en la LCl se recuerda que «limpiaba las vasijas residuales de las enfermas; con su magnánimo espíritu, ella las fregaba, sin echarse atrás ante las suciedades, sin hacer ascos ante lo hediondo» (LCl 12).

Por otra parte, en su Regla, confirmada por Inocencio IV apenas dos días antes de su muerte,[17] Clara había impuesto:

«Respecto a las hermanas enfermas, la abadesa esté firmemente obligada a averiguar con solicitud por sí o por medio de otras hermanas cuanto se refiere a consejos, alimento y demás cosas necesarias que exija su enfermedad y a proveerlas caritativa y misericordiosamente, según las posibilidades del lugar. Pues todas están obligadas a atender y servir a sus hermanas enfermas como querrían que se les sirviera si ellas cayeren enfermas» (RCl 8,12-14).

Pues Clara, en línea con lo que fue la actitud de Francisco, se propuso ser forma y ejemplo para todas las hermanas.[19] En efecto, en múltiples ocasiones, Francisco a los que le interrogaban o le pedían explicaciones sobre la razón de su actitud, respondía que quería ser la forma y el ejemplo para todos los hermanos.[20] A este respecto son ilustrativas las palabras de Raoul Manselli que, aunque referidas a Francisco, pueden de cualquier modo aplicarse también a la experiencia de Clara. Analizando algunos testimonios de los compañeros de Francisco caracterizados por el secreto testimonial nos qui cum eo fuimus (nosotros que estuvimos con él), el gran historiador, prematuramente desaparecido, se preguntaba:

«¿Pero qué Francisco resulta entonces de estos testimonios?

»En primer lugar, el hermano entre los hermanos, consciente de haber recibido de Dios una misión de valor e importancia suprema y, por esto, sabedor también de su inmensa responsabilidad hacia los que en el deseo de seguir el ejemplo se hicieron frailes. En este ambiente adquiere particular relieve el hecho de que quiso ser el fundador de una fraternidad, no el jefe de una Orden… Pero, al mismo tiempo, precisamente por esto, sentía el deber de dar un ejemplo excepcional, porque no le importaba la ejecución de una serie de normas jurídicas, como era, en todo caso, la regla, sino, más bien, la realización de la vida de Cristo, que se efectúa en una libre, pero total y completa, adhesión a Cristo mismo, en su humanidad, tanto en su dolor, como en su pobreza».[21]

Tres testimonios, el de Bienvenida de Perusa, el de Felipa de Leonardo de Gislerio y el de Inés de Opórtulo de Bernardo de Asís, relataron profusamente cómo una vez, mientras lavaba los pies a una de las hermanas que servían fuera del monasterio,[22] Clara habría querido besarlos, pero la hermana, al retirar instintivamente el pie, le golpeó en la cara (Proc II,3, III,9 y X,6). Otros testimonios atestiguan una vida vivida con concretez y eficacia de hechos que revelan una inusual inmediatez, como cuando las hermanas se quedaron sin aceite, y Clara llamó a fray Bentevegna, diciéndole que fuera a buscarlo: el hermano, en efecto, iba ordinariamente en busca de limosnas para las hermanas; entonces él respondió que le preparasen la correspondiente vasija.

«Entonces madonna Clara -testimonió Pacífica de Guelfuccio- tomó una vasija y la lavó con sus propias manos, y la colocó sobre un pequeño muro que estaba cerca de la salida de la casa, para que el predicho fraile la cogiese» (Proc I,15).

Se trata del famoso «milagro del aceite», recogido después en la LCl y citado expresamente también en la Bula de Canonización:[25] la vasija, en efecto, fue encontrada misteriosamente llena, sin que el hermano se moviera mínimamente para la colecta. Pero lo que a nosotros nos importa subrayar es esta participación simple y espontánea de Clara en la vida de la casa, aceptada como cosa normal por sus hermanas, así como que tales gestos, para ellas, no tenían la sensación de gestos excepcionales. En efecto, Bienvenida de Perusa, «también de la vasija de aceite dijo lo mismo que sor Pacífica, excepto que no recordaba si Santa Clara la lavó o la hizo lavar por otra» (Proc II,14).

La misma Clara, por la tarde de un domingo, durante la octava de San Pedro de 1246 (el año lo sabemos por el testimonio de Balbina de Porzano, Proc XV,2), se preocupó personalmente de cerrar el portón del monasterio que, claramente en mal estado, se le desplomó encima con todo su peso: a pesar de que fueron necesarios tres frailes para levantarlo de encima de ella, Clara no sufrió daño alguno, y esto fue lo que impresionó a las cuatro hermanas que de ello dieron testimonio, de modo que, unánimemente, lo conceptuaron como un hecho milagroso (Proc V,5, VI,17, XIV,6 y XV,2). Pero a ninguna de ellas causó sorpresa el hecho de que Clara se hubiera encargado ella misma, aunque estuviera enferma (los sufrimientos le atormentaban casi ininterrumpidamente desde hacía más de veinte años) de cerrar el pesado portón. ¡Espontáneamente se piensa que estaban habituadas a tales costumbres

MADRE, HERMANA Y MAESTRA DEL ESPÍRITU

Cordial, humana y afectuosa fue la relación que medió entre Clara y las hermanas: era ella quien a medianoche, silenciosamente, las despertaba para la oración, encendía las lámparas de la iglesia y a veces tocaba la campana (Proc II,9 y X,3); durante la noche las cubría para protegerlas del frío (Proc II,3), se mostraba muy misericordiosa con las que no podían soportar la dureza de un riguroso régimen de vida penitencia (Proc II,6), tenía para ellas mucha compasión, «en el alma y en el cuerpo», como recuerda Lucía de Roma (Proc VIII,3), al punto de que si veía a alguna de las hermanas que vestía una túnica más vil y de peor estado que la que ella llevaba, «se la tomaba para ella y le daba a aquella hermana la suya mejor», como afirmó Bienvenida de Perusa (Proc II,4).

«Y sobre todo, que madonna Clara estaba toda encendida en caridad y amaba a sus hermanas como a sí misma, y si alguna vez oía algo que no agradaba a Dios, con gran compasión se afanaba en corregirlo sin tardanza» (Proc XIII,3).

Beatriz, su hermana carnal, que entró en San Damián en 1229, podía afirmar que Clara «trataba y conversaba con ella como con su hermana»:[35] el cargo de la responsabilidad con que Clara se revestía no le hacía olvidar la naturaleza y la espontaneidad de las relaciones.

Tres testimonios afirmaron expresamente haber optado por la elección de San Damián como consecuencia de las conversaciones tenidas con Clara: surge así también la imagen de una mujer capaz de dirigir espiritualmente a otras jóvenes por un camino de discernimiento vocacional.

Felipa de Leonardo de Gislerio, que vivía en San Damián, aproximadamente desde 1215/16, afirmó que «cuatro años después de la entrada de santa Clara en religión (…) entró en la misma también la testigo, porque la predicha santa le hizo meditar cómo, por la salvación de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo soportó la pasión y murió en la cruz; y así la testigo, compungida, decidió entrar en religión y hacer penitencia juntamente con ella» (Proc III,1).

Amada de Martino de Coccorano, sobrina de Clara, entró en la comunidad en 1228, «conoció a santa Clara, y la testigo entró en religión por consejo y exhortación de la santa. Ésta le decía que había pedido a Dios gracia para ella: que no permitiese que fuese engañada por el mundo y que no se quedase en el siglo».[37]

Juana Casagrande ha destacado con mucha agudeza:

«Espontáneamente hay que observar la diferencia entre el mensaje dirigido a Felipa y el dirigido a Amada. En la época de Felipa, estamos aproximadamente en 1215 -todavía los años pioneros- en la que la gran atracción era la sequela Christi (seguimiento de Cristo); ¿acaso Bona de Guelfuccio no relata que Francisco predicaba a Clara «que se convirtiese a Jesucristo?» (Proc XVII,3), ¿y acaso la exhortación no era la resueltamente franciscana de hacer penitencia? En la época de Amada, estamos aproximadamente en 1228, y San Damián está asumiendo más connotaciones claustro-monásticas; en este contexto el llamamiento a la fuga mundi (huida del mundo) tiene plena carta de naturaleza».[38]

Peculiar es el caso de Gasdia de Taccolo, enviada directamente a San Damián por Francisco juntamente con otras cuatro compañeras. Cecilia de Gualterio Cacciaguerra, que interpretó después los acontecimientos como un testimonio del espíritu de profecía, relató que «santa Clara se levantó y recibió sólo a cuatro, pues no quería recibir a la quinta porque no había de perseverar en el monasterio más de tres años. Con todo, y ante su importunidad, la aceptó, y la dicha mujer estuvo en el monasterio apenas medio año» (Proc VI,15).

Más que del espíritu de profecía, como lo hace la hermana Cecilia, aquí debemos hablar del don de discernimiento de los espíritus de Clara; pero ella, no impuso autoritariamente su voluntad, sino que permitió, por la insistencia, conceder una posibilidad de comprobación, que no obstante vino a confirmar su intuición.

Las que testimoniaron ante los jueces sobre la santidad de Clara dejan traslucir, al contraluz, la realidad de una comunidad concreta, viva, que se enfrentaba con los problemas de la cotidianeidad y donde el carisma de la fraternidad se experimentaba continuamente. Como en los frailes, también estos primeros años de vida de las damianitas se caracterizaron como la experiencia cotidiana de una fraternitas más que como la vida jerárquicamente estructurada de una Orden. Análogamente a Francisco, Clara, más que abadesa del monasterio, vivió como la hermana entre las hermanas, pero, consciente de ser un punto de referencia y «ejemplo» para todas, ejercitando, al mismo tiempo, en sus relaciones, una función materna. Pero como ha subrayado justamente Schlosser, la conciencia de Clara, para quien la madre era ante todo una sierva y una hermana de sus compañeras, impidió «que la madre se convirtiera en una figura dominante, maternalista, que trataba como a un niño, incluso hasta anonadante». Al contrario, el nombre de «hermana» «parece ser para Clara todavía más importante que el nombre de Madre».[40]

UNA COMUNIDAD CON SUS PROBLEMAS

De los testimonios aparecen también aquí y allá pistas e indicios de los que se aprecian momentos de cierta tensión, parte integrante ellos mismos, inevitablemente, de una experiencia comunitaria como fue la de San Damián, muy fuerte, indudablemente, pero con escollos difíciles de superar: la convivencia cotidiana vivida en un ámbito angosto, sin períodos de separación; un número de mujeres que realmente excedía la capacidad material del lugar y que, no obstante la fuerte tendencia a la unidad que les caracterizaba, conservaban las propias individualidades personales, el propio carácter, con sus aristas no siempre perfectamente suavizadas. Me parece que, si no fuera así, al grupo de mujeres que se reunió alrededor de Clara se le privaría de una dimensión esencial, la de una cálida humanidad, y terminaría por caer en una atmósfera ficticia e irreal, incapaz de poder transmitirnos su mensaje actualmente. Por otra parte, si releemos los Hechos de los Apóstoles, incluso en una primera y superficial lectura, ellos testimonian inequívocamente que también la Iglesia primitiva conoció fuertes momentos de tensión junto a indudables y excepcionales impulsos comunitarios.

Felipa de Leonardo de Gislerio testimonió:

«Una de las hermanas, llamada sor Andrea de Ferrara, sufría de escrófulas en la garganta y que era muy tentada por querer sanar de ellas.

»Una noche, estando sor Andrea abajo, en el dormitorio, de tal modo y tan fuerte se apretó la garganta con sus manos que perdió el habla. Y eso lo conoció la santa madre por revelación. Llamó inmediatamente a la testigo, que dormía a su lado, y le dijo: «Baja pronto al dormitorio, que sor Andrea está gravemente enferma; prepara un huevo pasado por agua y dáselo a beber, y, cuando haya recuperado el habla, tráemela». Y así se hizo.

»E, indagando la madonna de la misma sor Andrea qué había tenido o qué había hecho, sor Andrea no se lo quería decir. Y la recordada madonna le manifestó al detalle y por su orden cuanto le había sucedido. Y esto se divulgó entre las hermanas» (Proc III,16; cf II,23).

Se trata de un episodio interesante y revelador bajo diversos aspectos. Ante todo tenemos una situación de innegable sufrimiento vivida de un modo no demasiado sereno por una de las hermanas, que le cuesta aceptar la propia enfermedad. Clara, a diferencia de las demás, como parece, intuyó la situación: por otra parte, hemos visto ya cómo no le faltaba el don de discernimiento y estaba, por lo tanto, en posesión de una no común capacidad de penetración psicológica; el hecho, claramente, suscitaba cierta aprensión, con tanto atraer la atención hacia una de las hermanas que, ella sabía, estaba atravesando un mal momento de tentación espiritual (¿preocupada, se despertaba quizá durante la noche para escuchar?); mientras todas las demás dormían, a ella no se le escapaban los gemidos sofocados de la hermana, que seriamente se arriesgó a asfixiarse.

La reacción de Clara fue pronta y materna: ordenó a la hermana Felipa que bajara al dormitorio, que pasara un huevo por agua y que se lo diera a beber a la hermana Andrea, para ayudarla a recobrar la palabra. También, en otras ocasiones, para efectuar una curación, intervino Clara ofreciendo alimento. Amada de Martino de Coccorano recordó cómo a Cecilia de Gualterio Cacciaguerra, aquejada de una grave tos, Clara le dio de comer -¡un viernes- «un poco de pan de hogaza, y lo tomó con mucho miedo, pero al cabo lo comió, por ser mandato de la santa madre, y después no sintió más aquel padecimiento» (Proc IV,9). Este gesto de Clara, realizado en un viernes, recuerda mucho algunos gestos de Francisco, para quien las exigencias de la caridad prevalecían sobre el rigor de la penitencia.[43]

Pero cuando Felipa condujo a la hermana Andrea junto a Clara, hubo un momento de fuerte tensión: Clara que intuía ya lo que había ocurrido, quería oírlo repetir de la misma Andrea, pero ésta «no se lo quería decir», ni, de hecho, de la declaración de Felipa, se advierte que hubiera confesado después. Fue Clara que, viendo la negativa de ella, a pesar de que hubiera sido cogida en flagrante, le dijo lo que había sucedido. Felipa calló también todo tipo de arrepentimiento por parte de Andrea; no hablaron de contrición tampoco las otras dos testigos que, refiriéndose al mismo hecho, se limitaron a confirmar la declaración de Felipa.[44]

Solamente en la LCl, donde encontramos este hecho dentro de la segunda parte del opúsculo,[45] se hace mención del arrepentimiento de Andrea, pero suscitando algún interrogante. El autor, ante todo, fue negativamente impresionado por la actitud de Andrea, tanto que al comentar el hecho, se expresó con palabras amargas: «En verdad es extraño que, en medio de aquellas piedras incandescentes, se ocultase un alma tan fría y que, entre las vírgenes prudentes, hiciese el tonto tal imprudente» (LCl 59).

Las palabras puestas por él en boca de Clara no corresponden plenamente con el testimonio de Felipa: ésta, en efecto, afirmó que Clara «le dijo (a Andrea) al detalle y por su orden cuanto le había sucedido»; en las palabras de la LCl se encuentra, en cambio, un fuerte llamamiento a la conversión y una profecía acerca del futuro de sor Andrea: «Miserable, confiesa al Señor tus pensamientos, que también yo los conozco a fondo. Mira, lo que tú pretendiste curar, lo curará el Señor Jesucristo. Pero haz por mejorar tu vida, porque de otra enfermedad que has de padecer no te recuperarás» (LCl 59).

Parece difícil pensar que, si Felipa hubiera escuchado tales palabras de Clara, las hubiera omitido durante el Proceso; Felipa acogió el acontecimiento como prodigioso precisamente por el hecho de que Clara hubiera intuido, «por espíritu», la situación de Andrea: no hubiera dejado de referirlas, si las hubiera escuchado, una verdadera y precisa profecía, tanto más cuanto en la LCl encontramos escrito que la profecía de Clara se cumplió plenamente: «Tras estas palabras (Andrea) recibió el espíritu de compunción y mejoró de vida muy notablemente. De allí a poco, ya curada del tumor, falleció de otra enfermedad» (LCl 59). Entre las dos versiones, la de Felipa me parece la más viva, espontánea e inmediata, y también porque afirma sin reticencias un hecho que dejaba traslucir fuera de los muros de San Damián algunas de las tensiones que acaecían en el interior del monasterio.

Las hermanas no carecieron de tentaciones y tribulaciones, causa de fuertes momentos de tensiones espirituales, y quizá no sólo de aquélla. El papel de Clara, en estos momentos de dificultad, parece haber sido determinante, como nos los da a entender Inés de Opórtulo de Bernardo. Fue ella quien recordó que

«Si la dicha madonna Clara veía a una hermana sufrir alguna tentación o tribulación, la llamaba en secreto y la consolaba, llorando; y a veces se echaba a sus pies.

»Preguntada por cómo sabía las cosas, contestó que había visto a varias de las que ella llamaba para consolarlas. Y alguna de éstas le dijo que la madonna se le había echado a los pies.

»Preguntada por el nombre de aquella hermana, contestó que se llamaba sor Iluminada de Pisa, ya fallecida».[49]

Este es un testimonio que viene a confirmar la no común capacidad de introspección, espiritual y psicológica, de Clara. Pero deja también entrever cómo tales tentaciones se repitieron en más de un caso y cómo eso fue motivo de cierta turbación entre las hermanas.

¿HACIA GETSEMANÍ?

Las fuentes, además, testimonian momentos de soledad vividos por Clara, ahora enferma e incapaz de moverse, como en el famoso episodio de la noche de Navidad de 1252, cuando la santa permaneció sola, mientras todas las hermanas se dirigían a la celebración del oficio divino. El episodio es muy conocido, estudiado en más de una ocasión;[50] pero me parece que generalmente se ha silenciado esta soledad de Clara, que también ella misma no dejó de subrayar a sus compañeras. Esto está unánimemente atestiguado por los testimonios procesuales.

Según el testimonio de Felipa de Gislerio, Clara, al quedar sola, tuvo un momento de desahogo hacia el Señor:

«Refería también la dicha madonna Clara cómo, en la noche de Navidad del Señor del año pasado, no pudiendo ella levantarse del lecho por su grave enfermedad para ir a la capilla, las hermanas fueron todas a maitines como de costumbre, dejándola sola.

»Entonces la madonna, suspirando, dijo: «¡Oh Señor Dios Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar». Entonces, de pronto, comenzó a oír los órganos y los responsorios y todo el oficio de los frailes en la iglesia de San Francisco, como si estuviera presente allí» (Proc III,30).

Amada de Martino de Coccorano confirmó plenamente las palabras de la hermana Felipa, «pero añadió que ella oyó a la dicha madonna Clara que en aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro Señor Jesucristo» (Proc IV,16). Balbina, que era hermana de Amada,[53] testimonia que Clara tuvo como un desahogo también ante sus hermanas:

«Declaró también esta testigo haber escuchado a la dicha madonna Clara que en la noche de la Navidad del Señor próximamente pasada había oído los maitines y los otros oficios divinos que se celebraban aquella noche en la iglesia de San Francisco como si hubiese estado presente allí. Y, así, decía a las hermanas: «Vosotras me habéis dejado aquí sola, yéndoos a la capilla para maitines, pero el Señor me ha proveído bien, al no poder yo levantarme de la cama»».[54]

Se advierte un momento de desconsuelo, por parte de Clara, al que siguió también una fase de tensión con las hermanas, que no sabemos cuanto haya durado: parece como que su larga enfermedad se hubiera convertido ahora en un peso para la comunidad, que debía inevitablemente encargarse de su cuidado; parece como si, en los últimos tiempos, ya no se le dispensaran a Clara las atenciones que le habían dispensado antes.

Bajo esta misma óptica se puede leer también el episodio de la gatita, relatado por Francisca de Capitáneo de Col de Mezzo:

«Declaró también la testigo que una vez la dicha madonna Clara no podía levantarse del lecho por su enfermedad, y quería que le llevasen cierto pañolón, y no había nadie que se lo acercase; y he aquí que una gatita que había en el monasterio comenzó a tirar del pañolón y a arrastrarlo, para llevárselo según podía. Y entonces la madonna dijo a la gata: «Bandida, tú no lo saber traer. ¿Por qué lo arrastras por el suelo?». Y la gata, como si hubiera comprendido sus palabras, comenzó a arrollar el pañolón, para que no rozase el suelo.

»Preguntada sobre cómo sabía las predichas cosas, respondió que la dicha madonna se lo había referido ella misma» (Proc IX,8).

Es difícil precisar un emplazamiento cronológico al acontecimiento; de cualquier modo podemos lanzar una hipótesis, al menos de grandes líneas, examinando la totalidad de la declaración manifestada por la hermana Francisca. Sus recuerdos se inician con los asaltos de los sarracenos a la ciudad de Asís, repelidos por la intercesión de Clara y recordados con mucha precisión de detalles: la de Francisca es, en efecto, una de las declaraciones más importantes al respecto. El recuerdo de los sucesos se remontan a los años 1240-1241.[56] Su declaración continúa relatando una visión tenida por ella en la fiesta del 1 de mayo de un año no precisado (Proc IX,4). Recuerda después algunas curaciones realizadas por Clara: la de Bienvenida de madonna Diambra y de Cristiana de Cristiano (Proc IX,5), datables respectivamente en septiembre de 1252 (Proc IX,1) y en 1253 (Proc IV,10), la curación del hijo de Juan de Juan de Asís, de imprecisa datación (Proc IX,6), y en fin su misma curación más de seis años antes, por lo tanto, alrededor de 1248 (Proc IX,7). Sigue, en el orden de la declaración, el episodio de la gatita, citado anteriormente, el testimonio sobre el número de los corporales hechos por Clara y distribuidos a las iglesias de los alrededores y, finalmente, otra visión suya tenida el 11 de noviembre de 1251, en un momento de particular gravedad de la enfermedad de Clara. Todos los episodios relatados por la hermana Francisca, al menos aquellos de los que es posible establecer una datación, se refieren preferentemente a la última parte de la vida de Clara: excluido el recuerdo de los ataques de los sarracenos, todos los demás están incluidos en los últimos seis años de vida de la asisiense. No parece, pues, tan arriesgado pensar que también el episodio en cuestión haya sucedido durante los últimos años de la vida de Clara: como hipótesis de trabajo se puede dar una ulterior circunstancia, proponiendo el tiempo de la última enfermedad de Clara, cuando, en otoño de 1251, sus condiciones de salud se agravaron sensiblemente, tanto que estuvo próxima a la muerte.[63] Lo que vendría también a coincidir con cuanto afirma la hermana Francisca, esto es, que Clara «no podía levantarse del lecho a causa de su enfermedad».

Clara, pues, estaba enferma: pidió un pañuelo, pero no había nadie alrededor suyo que pudiese llevárselo (¿habrá alzado el tono de la voz para hacerse oír?). Entonces intervino la gatita que, reprendida en un principio, se esforzó después en plegar el pañuelo de tal modo que no tocase el suelo. La misma Clara contó el episodio a Francisca: ¿para relatarle un hecho que podía parecer prodigioso o también para hacerle observar que una gatita había respondido a sus ruegos, cuando no lo había hecho ninguna de las compañeras?

REFLEXIONES SOBRE UN CAMINO: UNA PALABRA PARA CONCLUIR

Clara tuvo, pues, sus momentos de soledad; una soledad sufrida, y luego aceptada, más que elegida. ¿Como Francisco,[64] al término de su vida, también tuvo ella su Getsemaní? Aquí se abre la perspectiva a otras preguntas más inquietantes: ¿fue una soledad causada por el desgaste psico-físico al que las hermanas estaban sujetas bajo la extenuante presión de una larga enfermedad, que necesitaba una continua asistencia? Parece que se puede responder afirmativamente. ¿Pero la tensión que esta soledad provocaba, encubría también un modo diferente de ver las cosas y un modo diverso de concebir la misma vida religiosa? ¿En la «lucha» que Clara sostuvo por la Regla, en qué medida fue sostenida por sus compañeras? ¿Fue la «lucha» de una persona o de una comunidad entera? El hecho que, apenas poco después de la muerte de Clara, las hermanas abandonaran San Damián para mudarse al interior de los muros de la ciudad es un síntoma también del desagrado hacia el lugar, presente ya en los tiempos de Clara.[65]

Son preguntas abiertas, a las que no se puede dar ahora una respuesta y para adelantar una, será necesario, obviamente, profundizar la investigación. Algunos aspectos de la realidad se nos escaparán inevitablemente: baste pensar que sólo sabemos algo de una parte de las hermanas de San Damián;[66] pero pueden surgir inesperados chispazos de luz, incluso de fuentes conocidas, pero no estudiadas aún suficientemente, o más bien con una óptica diferente.

Dibujo franciscano – San Damián

N O T A S

[*] En esta versión digital, algunas citas, breves, las incorporamos al texto, a la vez que mantenemos la numeración de las notas.

[1] M. Schlosser, «Madre-Hermana-Esposa. Contribución a la espiritualidad de Santa Clara», en Sel Fran 71 (1995), 252. Este estudio se fundamenta esencialmente en la relectura de las Actas del Proceso de Canonización, para las cuales ver Z. Lazzeri, «II processo di canonizzazione di S. Chiara d’Assisi», en Archivum Franciscanum Historicum 13 (1920) pp. 403-507 (= Proc). Pongo menor atención en la Legenda Santae Clarae Virginis (ed. F. Pennacchi, Assisi, 1910: (= LCl), que en muchos lugares se presenta como relectura teológica del autor -con toda probabilidad, Tomás de Celano- que trabaja con materiales de primera mano que provenían de las declaraciones del Proceso. Los testigos citados estarán siempre aludidos por la referencia a los Escritos de Sta. Clara y documentos complementarios, ed. preparada por Ignacio Omaechevarría, ofm, BAC, Madrid, 1993, 3.ª ed. La ocasión inicial para estas reflexiones vino de una conferencia que se dio el 11 de agosto de 1994 en «Oasi Francescana» del Campo di Iove (AQ): agradezco particularmente al P. Salvador Zavarella, OFM, por la invitación que me hizo en aquella ocasión.

[4] Proc I,6: Como oportunamente destaca A. Rotzetter, «Pacífica no habla de abadesa, sino de mando y gobierno» (Chiara d’Assisi. La prima francescana, Milano 1993, p. 130; traducción de Klara von Assisi. Die erste franziskanische Frau, Freiburg in Brisg., 1993).

[5] Oportunamente lo destaca también M. Bartoli, Clara de Asís, Ed. Aránzazu, Oñate 1992, 102. Sobre la importancia del trabajo en la primitiva comunidad de San Damián insiste también D. Flood, «Chiara, S. Damiano e Assisi», en Vita Minorum 65 (1994), pp. 402-408 (todo el artículo: pp. 389-408).

[8] Un óptimo instrumento para facilitar el estudio de esta fuente es P. Beguin, «Chronica fratris Iordani», «Tractatus de adventu fratrum minorum in Angliam», «Epistola de Transitu sanctae Clarae», «Processo di canonizzazione di santa Chiara d’Assisi». Concordantes, Index, Listes de fréquences, Tables comparatives (Corpus des sources franciscaines, 7), CETEDOC, Louvain-la-Neuve, 1990.

[9] Proc I,11. Ver también otros testimonios en el Proc II,12 (Bienvenida de Perusa); VI,14 (Cecilia de Gualterio Cacciaguerra); IX,9 (Francisca de Capitáneo de Col de Mezzo).

[10] M. Bartoli, Clara de Asís, Ed. Aránzazu, Oñate 1992, 95. En la LCl (núm. 28) se dice: «Cuán señalado fuera el devoto amor de santa Clara al sacramento del Altar lo demuestran los hechos. Así, por ejemplo, durante aquella grave enfermedad que la tuvo postrada en cama, se hacía incorporar y asentar con el apoyo de unas almohadas; sentada así, hilaba finísimas telas, de las cuales elaboró más de cincuenta juegos de corporales que, envueltos en bolsas de seda o de púrpura, destinaba a distintas iglesias del valle y de las montañas de Asís».

[15] Proc VII,5. Otras hermanas testimoniaron que Clara lavaba los pies y los bacines de las enfermas: Proc I,12; II,3 y III,9.

[17] En lo que respecta a la «larga lucha» sostenida por Clara para alcanzar la aprobación de su Regla, ver F. Accrocca, «Chiara alter Franciscus», en Chiara d’Assisi. Con Francesco sulla via di Cristo, S. Maria degli Angeli-Assisi, 1993, pp. 77-86. Verdaderamente estimulante y lúcido, a este propósito, el estudio de C. Gennaro, «Chiara, Agnese e le prime consorelle: dalle pauperes dominae di S. Damiano alle clarisse», en Movimento religioso femminile e francescanesimo nel secolo XIII. Actas del VII Congreso de la Sociedad Internacional de Estudios Franciscanos (Asís, 11-12 de octubre de 1979), Asís 1980, pp. 167-191: el estudio de C. Gennaro ha sido recientemente vuelto a publicar en Chiara d’Assisi donna nuova, a cargo de F. Accrocca, S. María de los Ángeles-Asís 1994, pp. 153-174. Sin embargo la problemática no fue acometida por M. Bartoli, Clara de Asís, Ed. Aránzazu, Oñate 1992, ni por D. Flood – A. Calogeras, Dalla parte dei poveri. Introduzione alla vita francescana, Padova 1992; apenas alude a ella A. Rotzetter, Chiara d’Assisi. La prima francescana, Milano 1993.

[19] Proc VI,2: «Dios la eligió como madre de las vírgenes, y la primera y principal abadesa de la Orden, para que guardase su grey y con su ejemplo confirmase en el propósito de la santa religión a las otras hermanas de los monasterios de la Orden».

[20] Ver, por ejemplo, las referencias que se dan en J.-F. Godet – G. Mailleux, Legenda seu Compilatio Perusina – Speculum Perfectionis. Concordances, Index, Listes de fréquences, Tables comparatives (Corpus des sources franciscaines, 4), CETEDOC, Louvain-la-Neuve, 1978, p. 151, bajo los vocablos «forma», «formam».

[21] «Nos qui cum eo fuimus». Contributo alla questione francescana (Bibliotheca Seraphico-Capuccina, 28), Roma 1980, pp. 156-257).

[22] Clara en su Regla llama así a aquellas hermanas que no estaban obligadas a las reglas de la clausura: II,23 («de las hermanas que han de servir fuera del monasterio»); III,10 («y las que sirven fuera del monasterio»); IX,12. En el Proceso se llaman «serviciales». El autor de la LCl usará tanto el mismo término como, más frecuentemente, el de «criadas» («fámulas»). Ambos términos son usados, a veces, en el mismo contexto, como en el famoso episodio del que estamos hablando (sobre el cual, véase la nota siguiente): «Con frecuencia, lava los pies de las hermanas externas cuando regresan de fuera y, después de haberlos lavado, los besa. En una ocasión lavaba los pies de una externa; al ir a besárselos, no soportando ésta tanta humildad, retira el pie y golpea con él el rostro de su señora; mas ella vuelve a tomar con ternura su pie y, bajo la misma planta, le da un apretado beso» (LCl, núm. 12).

[25] LCl, núm. 16. Bula Clara claris praeclara, núm. 15.

[35] Proc XII,7. C. Gennaro ha escrito con feliz síntesis: «De los testimonios de las compañeras sobresale el carácter muy franciscano del gobierno de Clara: madre espiritual y sierva de sus hermanas, como prescribe la Regla; de ella las compañeras recuerdan la tierna solicitud que mostraba también en la cotidianeidad de los gestos, que revelaban un amor concreto y sensible, una atención personal a cada una de ellas y destacando la misericordia más que toda otra cualidad» («Chiara, Agnese e le prime consorelle: dalle pauperes dominae di S. Damiano alle clarisse», en Movimento religioso femminile e francescanesimo nel secolo XIII. Actas del VII Congreso de la Sociedad Internacional de Estudios Franciscanos (Asís, 11-12 de octubre de 1979), Asís 1980, p. 171.

[37] Proc IV,1. Ver también el testimonio de Cecilia de Gualterio Cacciaguerra, que entró en San Damián por las exhortaciones de Clara y de Fr. Felipe Longo: Proc VI,1.

[38] «Le compagne di Chiara», en Chiara d’Assisi. Actas de la XX Convención Internacional. Asís, 15-17 de octubre de 1992, Espoleto, 1993, p. 393.

[40] M. Schlosser, «Madre-Hermana-Esposa. Contribución a la espiritualidad de Santa Clara», en Sel Fran 71 (1995), 255-256.

[43] Como cuando mandó preparar la mesa y ordenó que todos los hermanos se sentaran, para que no se avergonzase al comer solo el hermano que se había levantado por la noche, gritando, víctima del hambre: Ver Compilatio Assisiensis [LP], 50; EP, 27; 2 Cel 22; LM, 5,7. O cuando, convencido que una buena uva le sentaría bien a un fraile enfermo, le condujo a una viña y comenzó a comer uva, para que el otro no tuviese vergüenza en hacerlo: Ver Compilatio Assisiensis, 53; EP, 28; 2 Cel 176.

[44] Proc II,23; XIII,8. Acerca de este episodio, ver G. Casagrande, «Le compagne di Chiara», en Chiara d’Assisi. Actas de la XX Convención Internacional. Asís, 15-17 de octubre de 1992, Espoleto, 1993, pp. 416-417.

[45] El hecho se encuentra en un puesto «fuera de lugar», pues la segunda parte del opúsculo recoge los milagros de Clara post mortem, mientras que el hecho relatado sucedió cuando Clara aún vivía. Ch. A. Lainati sugiere que «probablemente fue relegado adrede a la segunda parte del opúsculo por el recopilador, que no puede ocultar, ni siquiera aquí, la impresión completamente negativa que tiene el hecho en sí».

[49] Proc X,5. Según el testimonio de Francisca de Capitáneo de Col de Mezzo, Iluminada es una de las dos hermanas que sostuvieron a Clara en el momento de su oración ante la Eucaristía cuando, durante la incursión de los sarracenos, rogó por la salvación del monasterio y de la ciudad (Proc IX,2).

[50] Proc III,30; IV,16; VII,9; LCl 29 (BAC, pp. 164-165). Dicho episodio se encuentra también en Flor 35. Ver E. Franceschini, «La notte di Natale del 1252», en Chiara d’Assisi. Rassegna del Protomonastero 2 (1954), pp. 69-74, ahora en Id., Nel segno di Francesco, a cargo de F. Casolini y C. Giamba, Sta. Maria degli Angeli-Assisi, 1988, pp. 406-411; M. Bartoli, Clara de Asís, Ed. Aránzazu, Oñate 1992, 177-178; A. Rotzetter, Chiara d’Assisi. La prima francescana, Milano 1993, pp. 362-363.

[53] Sobre las dos hermanas, ver G. Casagrande, «Le compagne di Chiara», en Chiara d’Assisi, Espoleto, 1993, passim.

[54] Proc VII,9. También la LCl 29, narrando el mismo episodio, se refiere a esta soledad de Clara enferma: «En aquella hora de la Navidad, cuando el mundo se alegra con los ángeles ante el Niño recién nacido, todas las monjas se marcharon al oratorio para los maitines dejando sola a la madre, víctima de sus enfermedades. Ella, puesta a meditar sobre el niñito Jesús (…) le dice suspirando: Señor Dios, mira que estoy sola, abandonada para ti en este lugar (…). Cuando las hijas acudieron a verla por la mañana, díjoles la bienaventurada Clara: Bendito sea el Señor Jesucristo, que no me abandonó cuando me abandonasteis vosotras».

[56] Proc IX,2-3. Acerca de estos dos episodios, consultar Z. Lazzeri, «S. Chiara e la cacciata da Assisi dei Saraceni e di Vitale d’Aversa», en La Verna 10 (1912) pp. 270-279; E. Franceschini, «I due assalti dei Saraceni a S. Damiano e ad Assisi», en Aevum 27 (1953) pp. 289-306, vuelto a publicar en Id., Scritti di filologia latina medievale II, Padova, 1976, pp. 766-787, y, más recientemente, en Id., Nel segno di Francesco, pp. 381-405; M. Bartoli, Clara de Asís, 244-249; A. Rotzetter, Chiara d’Assisi, pp. 295-308: este último tiene intuiciones estimulantes, pero que merecerían una profundización.

[63] Consultar la LCl, núm. 39: «Había recorrido durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya el premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad (…). Y aunque, rendida por el peso de las enfermedades, parecía que era inminente su fin, plugo, sin embargo, al Señor retrasar su tránsito hasta el momento en que pudiese ser exaltada con dignos honores por la Iglesia Romana, de la que era hechura e hija singular. Es el caso que, mientras el Sumo Pontífice con los cardenales se demoraba en Lyon, Clara empezó a sentirse más apretada que de costumbre por su enfermedad, y la espada de un dolor sin medida atormentaba las almas de sus hijas».

[64] Acerca de la actitud, a veces desatenta, sostenida por algunos hermanos de Francisco durante los últimos años de su vida, consultar R. Manselli, «Nos qui cum eo fuimus», 65-69 y passim.

[65] La importancia que Clara atribuía a San Damián resulta evidente de un pasaje de su Testamento (vv. 6-13): «Es, pues, deber nuestro, hermanas queridas, tomar en consideración los inmensos beneficios de Dios en nosotras; y, entre otros, los que por medio de su servidor, nuestro amado padre el bienaventurado Francisco, se ha dignado realizar en nosotras, no sólo después de nuestra conversión, sino incluso cuando vivíamos en la miserable vanidad del siglo. En efecto, cuando el Santo no tenía aún hermanos ni compañeros, casi inmediatamente después de su conversión, y mientras edificaba la iglesia de San Damián, en la que había experimentado plenamente el consuelo divino y se había sentido impulsado al abandono total del siglo, inundado de gran gozo e iluminado por el Espíritu Santo, profetizó acerca de nosotras lo que luego cumplió en Señor. Puesto que, encaramándose sobre el muro de dicha iglesia, decía en francés y en alta voz a algunos pobres que vivían en las proximidades: Venid y ayudadme en la obra del monasterio de San Damián, pues con el tiempo morarán en él unas señoras, con cuya famosa y santa vida religiosa será glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia».

[66] Remitimos una vez más a G. Casagrande, «Le compagne di Chiara», en Chiara d’Assisi, Espoleto, 1993.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVII, núm. 80 (1998) 239-254]

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