ASUNCIÓN DE MARÍA

P. Pedro Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

El Señor se lleva a su gloria a la llenó de gracia en la tierra. Lo mismo derrama su gracia sobre cada uno de nosotros en nuestra vida, y solo necesita la apertura de nuestro corazón a su relación, que es capaz de transformarnos en personas de bien por su potencia amorosa. Exactamente como hizo María con su : «hágase según tu palabra». Pasamos de una actitud pasiva, dejarnos hacer por Él, ―como María en la Anunciación―, a una actitud activa ―como María cuando viaja para ayudar a Isabel―. Pero Isabel nunca deja de ver que María es obra del Señor, que es la conciencia que tiene María de sí misma. No debemos olvidar que cuando servimos, ayudamos, compartimos nuestros valores con los demás, somos hijos de Dios y que transmitimos este hecho con los mejores sentimientos, afectos y valores. Es nuestra vida centrada cuando la mueve el motor del corazón de Dios.

Al cielo vais, Señora
allá os reciben con alegre canto.
¡Oh, quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al monte santo!
(Santos M. Hueso OFM)

Oración sobre las ofrendas
Llegue a tu presencia, Señor, nuestra humilde oblación, y por la intercesión de la Santísima Virgen María, que ha subido a los cielos, haz que nuestros corazones, abrasados en tu amor, vivan siempre orientados hacia ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.

María, después del encuentro con Dios y de aceptar ser Madre de su Hijo en la Anunciación, siente necesidad de comunicar la alegría de haber sido elegida por el Señor, de ser madre, y de ayudar a Isabel, que necesita todos los cuidados del mundo. Se encuentran las madres del Precursor y del Mesías; del que anuncia la salvación y de quien la hace presente con su vida y obra. El amor servicial relaciona dos mundos distintos y dos personajes muy diferentes. El templo, el sacerdocio de Israel y el ámbito sagrado del templo, situado en Jerusalén, con la casa, la joven y el pueblo de Nazaret, como son la mayoría de las casas, de las gentes y de los pueblos que llenan la tierra. El mundo de María es muy distinto al mundo de Zacarías, como son distintos el desierto donde predica Juan el fin del mundo y los pueblecitos que recorre Jesús, diciendo que el Señor viene con una actitud de amor misericordioso. Pero el amor salta ríos, allana montes y relaciona a un sacerdote con un carpintero, a una anciana con una joven. Todos dispuestos para anunciar y para servir al Señor de la vida que está al llegar.

Deja ya la región de la amargura
Do alba lució de Inmaculada;
La tierra al cielo da su flor preciada,
Ya se eleva la aurora hacia la altura
(Manuel M. Fernández OFM)

Oración después de la comunión
Después de recibir los sacramentos que nos salvan, te rogamos, Señor, que, por intercesión de la Virgen María, que ha subido a los cielos, lleguemos a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.

En el canto de Magníficat (cf Lc 1,46-55) María recuerda y hace memoria de la lealtad y misericordia de Dios para con su pueblo iniciada con la promesa y alianza con Abrahán (cf Gén 12). Israel debe comportarse siempre en la obediencia característica del siervo. Es la actitud que mantiene viva a María en su misión (cf Lc 1,48) sostenida por la nueva situación en la que le ha introducido el Espíritu y que ahora verifica en su encuentro con Isabel. Si María comprueba las relaciones de poder y santidad que Dios mantiene con su pueblo, acentúa no obstante su dimensión de misericordia, misericordia que va a ser la característica de los nuevos tiempos. Es la permanente oportunidad que nos da el Señor para que, perdonados, podamos entrar en su gloria. Por otra parte, Dios ha dado a conocer en su diálogo con María y de María con Isabel las bases con las que se debe encontrar con la misericordia divina, que constituye el preámbulo de alcanzar su gloria. Es entonces cuando se resalta la humildad y la obediencia como signos esenciales de un pueblo que espera recibir la última y definitiva revelación de su Dios. María es el primer testigo de ello.

Por eso el aire, el cielo, rasga, horada,
profundiza en columna que no cesa,
se nos va, se nos pierde, pincelada
de espuma azul en el azul sorpresa.

No se nos pierde, no; se va y se queda.
Coronada de cielos, tierra añora
y baja en descensión de Mediadora,
rampa de amor, dulcísima vereda.
(Gerardo Diego)

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