MARÍA PROPIEDAD DE DIOS

Introducción

El camino hacia la santidad arranca de la relación que una persona, consciente y libremente, mantiene con Dios. Dicha experiencia se ahonda y especifica cuando entendemos que Dios, desde su libertad, llama, elige y se entrega a una criatura con un amor que la hace comprenderse y vivir en su nueva condición filial. Dios ha revelado la nueva condición de hijos que pueden tener las criaturas en una historia concreta: Jesús de Nazaret. De esta manera, las relaciones con Dios pasan necesariamente por esa oferta permanente que Dios hace en Jesús, y su seguimiento define la filiación de todo creyente cristiano.

La filiación divina experimentada en Jesús comporta tres dimensiones ineludibles: El contexto histórico, derivado de la Encarnación, en el que toda relación filial con Dios debe desarrollarse; el dinamismo y evolución de la persona creyente habida cuenta de sus condiciones naturales; la relación fraterna inserta en la comunidad cristiana impulsada por el Espíritu.

María siguió este camino, pues su dimensión permanente e incuestionable es su santidad, santidad que desarrolla por su maternidad virginal. Ésta es su función histórica dentro del plan de salvación que Dios había previsto para la humanidad. Situada en esta historia concreta por la llamada divina, crece en su condición filial y materna en el seguimiento de su hijo de una forma peculiar, pero común a todos los creyentes cristianos. Y termina su vida estando en la base de la primera comunidad cristiana por dos razones fundamentales: para señalar a su hijo como el camino a seguir y el objetivo a alcanzar, y para amar y ser amada a fin de continuar su maternidad con los nuevos hermanos de Jesús.

Es cierto que casi todos los datos sobre María en el NT están interpretados. Esta interpretación queda como contenido de la revelación de la fe cristiana, pero no anula lo histórico. Antes bien, el soporte natural de la fe es una historia, la de Jesús, y la base para enunciar lo que María significa para el Cristianismo corre en el mismo sentido. Por eso no podemos olvidar, excluyendo la imaginación, los escasos datos evangélicos y las contribuciones que desde otras ciencias nos ayuden a impedir que desaparezca el horizonte histórico de la importante revelación sobre María que aparece en el NT.

Hay que advertir, que, tomando como referente la santidad, ésta da lugar a una correlación entre los dogmas marianos: La llamada de Dios llena de gracia a María y origina su maternidad virginal; viviendo en la fidelidad a su hijo Jesús María explicita su salvación desde el principio de su existencia hasta su entrega definitiva en las manos del Padre. Nos centraremos en su santidad analizando los textos neotestamentarios desde esta perspectiva. En ellos, la comunidad cristiana primitiva expresa la función de María de una forma muy concreta en sus relaciones con Jesucristo como el último revelador del Padre y en su relación con los seguidores de su hijo. Entonces María comparte la historia que todo creyente vive en la llamada y vocación divina y se evita cualquier «privilegio» entendido como una excepción que saca a la Madre de Jesús fuera de la historia y la sitúa en un pedestal para ser admirada sin más repercusión en los creyentes. El amor de Dios es el mismo para María y para los creyentes, si bien en María se dé la expresión máxima del amor divino para los seguidores de Jesús. Y el amor de Dios a María contiene una estructura trinitaria que Francisco de Asís resaltará como la línea que recorre las relaciones de Dios Padre, Hijo y Espíritu en el NT.

     La santidad de María

La revelación acuña el concepto de santo, santidad o santificar exclusivamente para Dios. Con ello se expresa su misterio y la dimensión más íntima y absoluta de su ser. La santidad es lo que diferencia a Dios del hombre y de todo lo creado (Os 11,9). La santidad divina se anuncia con su gloria que incide en la historia como una relación de amor en las múltiples dimensiones que comporta. El amor de un padre que enseña a andar a su hijo después de la liberación de Egipto (11,1 4), o el amor de un esposo que se mantiene fiel a la alianza, o el amor misericordioso que ofrece el perdón (2,16.21 25), el amor que da confianza a los que se abren a Él (Is 30,15). La santidad divina también se manifiesta como un correctivo serio a las infidelidades humanas (Is 10,16), pero, al final, siempre se impone la comunicación misericordiosa de Dios para que al hombre participe de su vida y descubra que procede de Él por el amor que le crea y la ternura que lo mantiene unido a sí mismo (Is 54,4 10). Esta relación se concreta después del destierro de Babilonia con la promesa de una nueva alianza con la que rehace la antigua al agraciar al hombre con un corazón y un espíritu nuevos. Lo novedoso es la nueva relación de Dios con su pueblo, relación que lo recrea en la historia colocándolo en un nuevo orden (Ez 31,28.31 34).

Se proclama la participación de la vida de Dios en la nominación de Israel como pueblo santo. Israel es propiedad de Dios (Dt 14,2). Se crea, pues, una vía de comunicación entre Dios y el pueblo por la que éste es elegido, unido a su Señor (4,4) y declarado hijo (14,1; Os 2,1). Y todo ello se hace por pura gracia, es decir, por una actitud previa divina por la que Dios decide darse de una forma especial al margen de cualquier mérito de Israel: «Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios; él te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los demás porque sois el pueblo más pequeño , sino por puro amor vuestro» (7,6 8).
No obstante la pura gratuidad de la elección y creación de Israel, éste debe responder a Dios en su nueva condición generada por la relación divina: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lev 19,2). La vinculación a Dios exige la observancia de sus leyes (Dt 26,17 19) que le identifica ante todos los demás pueblos de la tierra. Los signos explícitos de esta pertenencia a Dios son el sacerdote (Lev 21,6 8), el templo (Éx 25,8), las ofrendas (Lev 8,31 35), el altar (Éx 29,36) y, en general, los objetos que se usan en el culto. Especial énfasis adquieren las fiestas en cuanto en ellas se hacía presente la salvación obrada por Dios en todos los tiempos y se renovaba la alianza y la actualidad de la comunión de vida entre Dios y su pueblo.

Hay que observar un paso importante que se da en Israel: en los tiempos finales, la santidad se formulará en un servicio al Señor (Jos 24,19 20) inscrito en una dimensión que va más allá de los espacios y tiempos dedicados al Señor. Será la vida con todas las pequeñeces que configuran su cotidianidad la que vincule al creyente con Dios trasluciendo su santidad: «Aquel día los cascabeles de los caballos llevarán escrito: “Consagrado al Señor”; los calderos del templo serán como los aspersorios del altar. Todos los calderos de Jerusalén y Judá estarán consagrados al Señor. Los que vengan a ofrecer sacrificios los usarán para guisar con ellos. Y ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos aquel día» (Zac 10,20 21).

María pertenece a Israel y forma parte de la propiedad divina que funda la elección y filiación por una relación de amor libre y gratuito. Dios la constituye en el primer exponente de los últimos tiempos en los que la santidad sale de los espacios reservados divinos a la vida común que las personas desarrollan en las instituciones familiares, sociales y religiosas.

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