Volver a las andadas

Pedro Ortega Ruiz

El tema de la enseñanza de los valores en la escuela es una cuestión recurrente. Se viene planteando desde hace muchos años, y siempre de la mano de unas determinadas formaciones políticas, con la pretensión, se dice, de contribuir, desde la escuela, a una mejor y completa formación personal y ciudadana de los estudiantes. El propósito es plausible, pero el medio que se pretende utilizar no es el más adecuado. Se parte de unos principios y supuestos que no se sostienen. En primer lugar, no es el Estado el que ostenta la legitimidad para decidir en qué valores los padres deben educar a sus hijos. Esta responsabilidad y legitimidad corresponde, por derecho natural, a los padres. Ellos son los que tienen el derecho y el deber de educar, proteger y cuidar a sus hijos. El Estado solo tiene una responsabilidad subsidiaria que, por tanto, no debe interferir en la educación moral y religiosa de los hijos, ni mucho menos anular la libertad de los padres para educarlos según sus convicciones y creencias morales y religiosas, como recoge nuestra Constitución.

Recientemente, una exministra del Gobierno de España, hizo una afirmación un tanto extraña, por no decir extravagante: «Los hijos no pertenecen a los padres». Los que tenemos hijos, no sé si la exministra, nunca hemos entendido nuestra responsabilidad hacia ellos como un derecho de propiedad, como lo tenemos con los objetos que poseemos: casa, coche, libros, dinero, perro… Siempre hemos hablado de nuestros hijos como «mis o nuestros hijos», «mis o nuestros padres», y nunca lo hemos entendido en el sentido de «propiedad» como lo hace la exministra. Es ofensivo y disparatado hacer semejante afirmación, atribuyendo a los padres el aberrante sentimiento de propiedad respecto a sus hijos, equiparándolos con las cosas u objetos. En el fondo de tal afirmación subyace una concepción totalitaria del Estado y una querencia irresistible a conformar la sociedad de acuerdo con unas ideas políticas determinadas, que no son las únicas, afortunadamente, en nuestra sociedad democrática. Lo que no es democrático es utilizar a la institución escolar para imponer una determinada concepción del ser humano y una manera determinada de organizar la sociedad. Esto lo hacen los países totalitarios con los resultados que todos conocemos. Nadie puede arrebatar (salvo el juez mediante sentencia) a los padres la responsabilidad y libertad para educar a sus hijos en los valores éticos que consideren adecuados a sus creencias y convicciones morales y religiosas. Esto recoge nuestra Constitución en su art. 27, 3: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». La nueva asignatura: «Valores cívicos y éticos» que contempla la LOMLOE para su implantación en la escuela responde al interés de ir hacia un Estado Educador. Esto ya está inventado y los resultados son de sobra conocidos.

De entrada, habría que distinguir entre valores cívicos y éticos. La escuela puede ayudar a construir una sociedad pacífica y justa a través de la educación en el respeto a los otros, a ser solidarios, a cuidar del medio ambiente, a respetar las señales de tráfico y pagar impuestos o convivir en paz con los demás… Es decir, a formar ciudadanos responsables. Estos valores cívicos son indispensables para la convivencia ciudadana. En esta tarea, la escuela puede y debe contribuir a crear en la ciudadanía una cultura cívica que permita una convivencia pacífica. Otra cosa bien distinta es que se atribuya a la escuela competencias en el ámbito de la educación en valores éticos (morales y religiosos) que influya en la orientación del sentido de la vida de cada alumno. Aquí la responsabilidad y competencia es exclusiva de los padres. El ámbito de la educación moral y religiosa escapa a la competencia de la escuela, si se actúa dentro de nuestra Constitución.

Pero el problema no es solo quién es competente para la educación en valores cívicos y éticos, sino que se opta por el camino menos adecuado. La enseñanza de los valores no puede encasillarse en una asignatura, como lo hace la LOMLOE y lo han hecho las leyes anteriores sobre educación. Es un error que se viene repitiendo puntualmente. Ello significa desconocer la naturaleza misma del valor. Se ha insistido hasta la saciedad en el componente cognitivo-conceptual del valor. De este modo, se ha hecho una enseñanza del mismo centrada en el discurso, como la LOMLOE pretende al encasillarlo en una asignatura. Y el valor no es solo concepto, sino también experiencia. Puedo tener una idea de la solidaridad, de la tolerancia, de la justicia…, pero si esas ideas no se plasman en la conducta de personas concretas, se quedan solo en ideas, pero no en valores que orientan y conforman nuestra vida. La concepción «objetiva» del valor, desprovista de la subjetividad o experiencia, lo desplaza, necesariamente, al mundo de las «bellas ideas», tan atrayente como inoperante. Y los valores son, en la práctica, los que orientan y dan sentido a nuestra vida; los que «explican», en último término, lo que somos y cómo vivimos.

Los valores se aprenden, o nos apropiamos de ellos, a través de la experiencia, es decir, porque los vemos plasmados en la conducta valiosa (ética) de personas concretas. Es lo que denominamos pedagogía positiva. Y no se necesitan personas extraordinarias que sobresalgan por su relevancia moral para apropiarnos de los valores. Es un patrimonio humano al alcance de todos. El valor está muy democratizado. Está presente en las conductas de innumerables conciudadanos: en la persona que nos atiende en el supermercado, en el conductor del tranvía o del autobús, en el vecino con quien compartimos escalera o ascensor. En la pandemia de la covid-19 que estamos sufriendo con extrema dureza, la sociedad española ha aprendido más de solidaridad con la conducta ejemplar de los sanitarios que con los discursos de los intelectuales o de las iglesias. Pero también nos apropiamos de los valores por la experiencia negativa que tenemos de ellos (antivalores). Las imágenes dramáticas de los afganos que huyen del terror y de la muerte nos acercan más a su sufrimiento que todos los discursos sobre la fraternidad humana. Nos obligan a preguntarnos: ¿Por qué tanto dolor, tanto sufrimiento? Igualmente, las imágenes de los innumerables peces muertos del Mar Menor constituyen, por sí mismas, una lección moral sobre «lo que no se debe hacer» en el trato a la naturaleza. Podemos llenar las cabezas de nuestros alumnos de conocimientos sobre la contaminación ambiental, pero estoy seguro que han sido más eficaces las crudas imágenes de los peces muertos en esas playas que todas las llamadas a la responsabilidad hechas desde los poderes públicos y medios de comunicación. Es lo que se denomina pedagogía negativa. Las imágenes de la guerra nos producen rechazo por el sufrimiento y la violencia que generan en personas inocentes, muchas veces ajenas al conflicto. El deterioro ambiental, el maltrato a la naturaleza genera en nosotros sentimientos de rechazo al daño de lo que consideramos la «casa común». El discurso, por sí solo, no es suficiente para despertar en nosotros el respeto, el aprecio y el amor al medio en el que vivimos. Las imágenes (experiencia) valen más que mil palabras. Visitar en Jerusalén el Museo del Holocausto es estremecedor. Es la experiencia imborrable del «Nunca Más». Es la pedagogía de «lo que no debe ser». La experiencia (positiva o negativa) es el único camino para la apropiación del valor.

Caeríamos en un grave error si confiáramos a la escuela el resolver los problemas que la sociedad ha creado. Y la asignatura «Educación en valores cívicos y éticos» tampoco los va a resolver. Hay un dicho africano que dice: «Es la tribu la que educa». Es la sociedad, en su conjunto, la que educa. Y en esta tarea la familia ejerce un papel indispensable. La escuela solo puede «ayudar», nunca suplir a la familia y a la sociedad. La escuela es un medio extraordinariamente limitado para educar en valores por su escasa capacidad de ser experiencia de los mismos. Nuestros centros de enseñanza pueden y deben ser excelentes en la transmisión de saberes, conocimientos y competencias. Pero no son, ni se les puede exigir, que sean también los medios «adecuados» para la educación en valores. Estos se resisten, por su propia naturaleza, a ser encasillados en una asignatura que ha de ser programada, evaluada y enseñada como otra asignatura cualquiera. Los valores se aprenden por mímesis, por imitación. Y no se imitan las ideas, sino las conductas. Es el clima moral que se establece en el centro, de la mano del conjunto de la comunidad educativa (también de los padres), el que permite la apropiación del valor, no la programación del mismo en una asignatura.

El valor no ocurre fuera del tiempo y del espacio, no son independientes de la realidad histórica, como sostiene el idealismo (y la LOMLOE lo reproduce), sino dependientes de una circunstancia, del aquí y del ahora. El valor se manifiesta de modos distintos a través del tiempo, permaneciendo  fijo su componente conceptual. La manifestación de la solidaridad en la Edad Media encontró en la redención de los cautivos (órdenes religiosas de mercedarios y trinitarios) una muestra muy original de manifestar el valor de la solidaridad. Hoy la podríamos encontrar en la donación de sangre o de órganos. El valor conceptualmente es el mismo, pero su manifestación o experiencia es bien distinta. Las diversas culturas tienen formas muy variadas de expresar o manifestar un mismo valor. Y dentro de una misma cultura el valor también ha encontrado formas muy diversas de expresión. El carácter histórico, experiencial del valor le afecta en su misma naturaleza. Por ello, cualquier intento de esquivar la experiencia como componente del valor y reducirlo a solo concepto o idea conlleva su desnaturalización y privarnos, así, de la única puerta de acceso para que el valor pueda ser aprendido o apropiado: la experiencia (positiva o negativa) del mismo.

La propuesta de la asignatura «Educación en valores cívicos y éticos» refleja un grave desconocimiento de la naturaleza del valor, lo que ha llevado a los responsables de esta propuesta a encasillarlo  en una asignatura. Los valores son, en su raíz, convicciones o creencias profundas que orientan y dan sentido a nuestra vida; por eso requieren mucho tiempo para ser aprendidos o apropiados, y por eso son difíciles de cambiar. No son ideas que tenemos acerca de las cosas o de acontecimientos; no son razonamientos sobre tal o cual cuestión, ni ideas adquiridas con el paso del tiempo. Ortega y Gasset describe así las creencias: «Constituyen el estrato básico, el más profundo de la arquitectura de nuestra vida. Vivimos de ellas y, por lo mismo, no solemos pensar en ellas. Pensamos lo que nos es más o menos cuestión. Por eso decimos que tenemos estas o las otras ideas; pero nuestras creencias, más que tenerlas las somos».

Constato, con pesar, que se ha perdido una buena ocasión para hacer una Ley de Educación integradora de las legítimas posiciones ideológicas de la sociedad española. Pero ha podido más la visión de la escuela como fortaleza que había que conquistar, y no tanto como institución al servicio de todos los ciudadanos. Se ha olvidado que la escuela es de todos, y a todos pertenece. Con ello se ha perdido la ocasión para ir hacia una escuela autogestionada, que garantice los contenidos mínimos curriculares comunes para todos los centros educativos, siempre dentro de los principios constitucionales y del ordenamiento jurídico. Esta autogestión haría posible gobernarse por las normas emanadas de la propia comunidad educativa y orientarse por un proyecto educativo emanado de la misma comunidad, atendiendo a las necesidades e intereses de los alumnos y del medio en el que está ubicado. No defiendo la creación de centros escolares privilegiados frente a otros marginados, defiendo la libertad de la comunidad educativa para dotarse de aquellos centros escolares que quieren y necesitan. Defiendo la superación de un modelo formal y estamental que dificulta la participación efectiva de los padres en la educación de sus hijos, convirtiéndolos en «convidados de piedra», espectadores pasivos de lo que otras instancias deciden sobre la educación de sus hijos. El modelo propuesto en la LOMLOE responde, lamentablemente, a la afirmación de la exministra de educación: «los hijos no pertenecen a los padres», ¿acaso al Estado? Habrá que esperar a «mejores tiempos», a que se imponga el sentido común y se busque, entre todos, un modelo de centro integrador de las distintas sensibilidades de la sociedad. El modelo de centro educativo que aquí se sugiere, por ahora, es solo un sueño. Las fuerzas políticas están en «otros quehaceres», y la sociedad, en su conjunto, ha delegado esta responsabilidad en otras organizaciones sin resultados positivos a la vista.

Decía Ortega y Gasset: «No se han bien las cosas hasta que ha hecho falta». Quizás haya llegado el momento de hacer bien las cosas, aunque con demasiado retraso. Pero para ello se necesita conciencia crítica en la sociedad, no mirar para otro lado y asumir su responsabilidad en la gestión de la escuela que a todos nos pertenece. Se necesita, además, generosidad y coraje en conjunto de la sociedad para afrontar los cambios que nuestro sistema educativo demanda, si se pretende que este sirva a los intereses de todos y no de una parte de la sociedad. Volver a «las andadas», repetir los errores del pasado parece ser el destino inexorable de la educación en España. Imponer «mi» verdad a la verdad del «otro» es una costumbre que vamos dejando como huella imborrable a las generaciones siguientes. Y no es la arrogancia o prepotencia lo que necesita nuestra sociedad de sus dirigentes políticos, sino de personas convencidas de que el diálogo y la negociación, el reconocimiento del otro como interlocutor válido y necesario son los instrumentos indispensables para la construcción de una sociedad democrática, justa y pacífica. Y a esta tarea la escuela también está convocada.

No espero que el cambio o la reforma del sistema educativo venga desde dentro del propio sistema pues éste tiende por inercia a su autoconservación. Será una sociedad crítica la que provoque el cambio y haga que el sistema deje de mirarse al espejo y abra los ojos y los oídos a lo que sucede en su entorno y cuestione su funcionamiento. No deberíamos esperar por más tiempo el lamento de Larra: «Vuelva Ud. mañana» para que las cosas cambien y dejemos, por una vez, de volver a «las andadas».

 

 

 

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.