Enseñanzas de Jesús. El homicidio

II

*Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás (Éx 20,13; Dt 5,17). Pues yo os digo que todo el que se deje llevar de la cólera contra su hermano responderá ante el tribunal. Quien llame a su hermano inútil responderá ante el Consejo. Quien lo llame loco incurrirá en la pena del fuego+ (Mt 5,21-22).

Se parte de un mandato de Dios a los padres que son el fundamento de la tradición(29). No matar está, efectivamente, en el Decálogo y se arropa con una normativa muy definida con la que se defiende la vida humana. Incluso cuando no se pueda demostrar, se alude al juicio divino para que el homicida no escape del castigo correspondiente(30). Los casos que se equiparan al homicidio, como es la cólera y sus crudas concreciones, como llamar al hermano raka/more (imbécil/loco) son descalificados, se deben evitar para mantener unas relaciones humanas pacíficas dentro de la atmósfera que se respira en el Reino. No son en sí objeto de un proceso penal, pero se insertan en las relaciones con Dios que fundamentan la comunidad. Se interiorizan, porque en el corazón es donde se deciden las actuaciones de los hombres (Mt 15,18-20)(31) y se asume las exigencias de la ley divina.

Entre las afrentas no existe una diferencia pronunciada. Hay que advertir que la cólera es el principio del que proceden los otros dos insultos. A la cólera se le asigna seguramente el Tribunal local compuesto por 23 miembros; a la acusación de imbécil o tonto, el Sanedrín, consejo central constituido por 71 miembros. Sin embargo se le mete en el infierno o la condena escatológica al que tacha a otro de loco. Pero esta supuesta gradación simboliza un corrimiento consciente del castigo perentorio, que impone el tribunal humano, al tribunal divino, cuyo castigo es definitivo. En los tres casos se enuncia un criterio para la sanción muy distinto a lo que se evidencia en las relaciones sociales. Se da un salto de lo que es una cuestión social o, en cierta manera, jurídica, a una dimensión ética que incide en la relación con Dios, con lo que se obliga Dios a que tome posición frente al agresor. En esta circunstancia negativa constituiría un castigo eterno. Detrás de las penas terrenas a los actos de cólera que dañan la existencia aparece Dios como autor de la vida y, por tanto, como juez que los castiga. Aquí reside la antítesis al AT y la defensa de la Torá leída como declaración de la voluntad de Dios bajo los preceptos de la misericordia y el amor. No existe, pues, una contestación al Decálogo, sino una mayor exigencia en su cumplimiento.

Para acentuar este aspecto de las relaciones dentro de la comunidad, se traen a colación dos parábolas que demandan la reconciliación. La primera se orienta a las relaciones con Dios; la segunda, a las relaciones humanas. La dimensión positiva de la reconciliación entre los hombres repara la negativa de matar o de excluir al otro: *Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene queja de ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después ve a llevar tu ofrenda+ (Mt 5,23-24; cf. Mc 11,25)(32). El acto más importante del culto, presentar la ofrenda en el templo por medio del sacerdote, hay que interrumpirlo, porque la relación con Dios que presupone el culto pasa por las relaciones fraternas: *Id a estudiar lo que significa misericordia quiero y no sacrificios (Os 6,6)+ (Mt 9,13; 12,7). De hecho quien practica la misericordia ya está haciendo la ofrenda: *Practicar el derecho y la justicia Dios lo prefiere a los sacrificios+ (Prov 21,3); *El que observa la Ley hace una buena ofrenda, el que guarda los mandamientos ofrece sacrificio eucarístico, el que hace favores ofrenda flor de harina, el que da limosna ofrece sacrificio de alabanza+ (Eclo 35,1-3)(33). No es cuestión de infravalorar el culto, sino de cómo se debe realizar, lo que supone la reconciliación y la misericordia como relación previa.

*Con el que te pone pleito busca rápidamente un acuerdo, mientras vas de camino con él. Si no, tu rival te entregará al juez, el juez al alguacil y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás hasta haber pagado el último céntimo+ (Q/Mt 5,25-26; Lc 12,58-59)(34). Recuerda la parábola del rey que perdona una enorme deuda a un criado, siendo éste incapaz de condonar una pequeña a un compañero: *E indignado [el rey] lo entregó a los torturadores hasta que pagara la deuda íntegra. Así os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano+ (Mt 18,34-35). Es imposible pagar a Dios todo lo que se le debe según indica la dimensión teologal que comporta el pecado, sobre todo cuando se entiende que atentar contra el hermano es lo mismo que herir a Dios. De ahí la necesidad imperiosa de restaurar la paz mutua para que Dios no emita un juicio, siempre definitivo, de condena. Detrás de esto late el amor a todos, incluso a los enemigos, que refiere la última antítesis.

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