En el centro, Jesús.

Lectura existencial del Evangelio de Mateo.

Teresa Iribarnegaray

 

El texto se divide en dos partes. En la primera una mujer llamada Yentl enseña la lectura del Evangelio de Mateo a los primeros lectores judeocristianos. Parte del reconocimiento de Jesús como el Mesías del Señor por las primeras comunidades cristianas. Poco a poco los creyentes en Jesucristo se separan del judaísmo y van conformando la nueva comunidad  cuyo centro es Jesús. Se marginan las tradiciones judías y Jesús se comprende como la piedra angular de la experiencia de fe cristiana; ya no es la Torá la fuente de la salvación, es Dios en Cristo Jesús que crea el nuevo pueblo. Mateo lo sigue la protagonista desde una perspectiva tensional y ladeando su división por los discursos (cinco como el Pentateuco), o por las siete partes narrativas.

Comienza el texto con la presentación de Jesús como Mesías e hijo de David, hijo de Abrahán, Hijo de Dios. Jesús pertenece al pueblo judío y no a la humanidad como hace Lucas como descendiente de Adán (cf  Mt 1,1-4,16). Sigue al Bautista en la predicación del Reino, la inminente venida del Señor que exige el cambio vida. Con Jesús se inicia el bautismo según el Espíritu. Supera las tentaciones de dominar la vida desde la  exclusivas fuerzas humanas; usar la vida divina para beneficio propio y comprender el mesianismo como poder y dominio sobre los demás. A continuación se reflexiona sobre la actividad de Jesús en los pueblos que rodean el lago de Tiberíades (cf Mt 4,17-16,20), un escenario diferente al desierto de Juan. Jesús predica la radicalidad de su llamada que él mismo muestra con el desasimiento de su familia, la prioridad del Señor y la coherencia de vida: su vida une la doctrina y vida; palabra de esperanza y los hechos de salvación  al curar enfermos y devolverle la libertad a los poseídos por el diablo. Completa la justicia según la ley con la del amor desde la inclinación natural de Dios para hacer el bien previa la libertad que envuelve su entrega en la presencia inminente del Reino. Los discípulos deben seguir a Jesús con el sentido que le ha dado a su presencia en Galilea incluidos el fracaso, las persecución y la muerte vividos desde la obediencia a la voluntad salvadora divina (Mt 16,21-28,20). Y lo enmarca el Evangelista en un viaje a la ciudad santa, como hace más propiamente Lucas en la última fase de la vida de Jesús. El conflicto con las autoridades religiosas judías que van a desencadenar su muerte, le sirve a Jesús para enseñar a sus discípulos que el anuncio del Reino no va a ser pacífico y se hará presente en una vida no individual, sino comunitaria. Y él se mantendrá como Juez de la historia cuyo valor fundamental será el amor a los demás, incluidos a los enemigos, regalado como gratuito porque así es el amor que percibimos desde Dios.

La segunda parte expone en forma de relato a las personas que se han encontrado con Jesús, tanto en su ministerio en Galilea, como en  su pasión y muerte en Jerusalén. Con acierto muestra el cambio y transformación  de los hombres y mujeres que se encuentran con Jesús; o tropiezan con él o lo buscan para recibir un beneficio para su vida: José, María como madre y creyente, los Magos de Oriente, la dicha de los pobres en el espíritu, los hambrientos, los misericordiosos, etc. Marta y María. En el contexto de la pasión y muerte tenemos la intervenciones de Simón Pedro, los lamentos de Jesús antes de morir y la fidelidad y presencia de Jesús hasta el final de los tiempos.

El enfoque dado a la persona de Jesucristo en el Evangelio de Mateo —en ocasiones se tiene en cuenta a Marcos— es realmente original, sobre todo en la segunda parte. Es aquí donde los creyentes nos podemos identificar con mucha facilidad con las personas que se enriquecen sobremanera al situar a Jesús en el centro de su vida.

Editorial Sal Terrae, Maliañó (Cantabria) 2019, 373 pp., 13,5 x 21,5 cm.

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