El actual Sínodo entre los remolinos historicistas

Elena Conde Guerri
Un Sínodo no es un Concilio ecuménico pero implica una importancia vital en el futuro itinerario de la Iglesia Católica. La vitalidad es sinónimo de vida. Los Obispos de las respectivas Diócesis de la catolicidad, bajo la guía y autoridad del de Roma, es decir el Papa Francisco, irán reflexionando en diálogo con sus ovejas sobre el modo en que las verdades de fe, doctrina y planteamientos enraizados en el Evangelio den frutos no sólo cualitativos sino cuantitativos en el convulso mundo actual. Pues a este Sínodo también han sido invitados los que profesan otras religiones o, en su caso, no son creyentes. Programado en tres fases, para que concluya en febrero de 2023, personalmente veo la voluntad de una Iglesia que, como Mater amatissima, abre su regazo para que todo quien desee se adhiera a ella. Pero con convencimiento, no como un modo esporádico de nutrirse al igual que un niño se refresca con el pecho materno, sino con un compromiso para siempre. Entra ahí el misterio de la libertad humana, indisoluble con la persona desde el Paraíso. Lo recuerdo porque, quizá, no absolutamente todas las jerarquías católicas, o cristianas en una ampliación ecuménica, acojan con igual criterio o entusiasmo la oportunidad de este Sínodo en el momento actual. He leído en algún lugar que la Diócesis de Liechtestein no era proclive, en su caso, por su peculiar idiosincrasia que obviamente yo desconozco. Es posible que me juzguen atrevida al expresar hoy mis consideraciones sobre este Sínodo. Lo admito pues nunca tendrán la profundidad de un teólogo ni la sabiduría de los expertos, pero sí la franqueza de una bautizada, laica, madre de familia y ya con nietos para quien “estar Cristo es con mucho lo mejor”, parafraseando a San Pablo, y que reconoce, a pesar de su optimismo, las dificultades para que las nuevas generaciones se lancen a conocerlo con valentía, amor y fidelidad.
La propuesta de que los laicos participen en las deliberaciones me parece sugestiva y muy útil, en el pulso pragmático del actual Papa que se está revelando como un lince para detectar los problemas inherentes que lastran la fecundidad de la Iglesia actual. Los laicos que ya gozamos de una cierta edad, debemos sentirnos agradecidos al tesoro de nuestra experiencia. Nunca un joven podrá tener la perspectiva eclesial que nosotros tenemos. Así que me pregunto: ¿por qué este Sínodo cuando todavía late el acervo del Concilio Vaticano II?, ¿por qué la pneumática iniciativa del Papa Juan XXIII y la soberbia cristología de Juan Pablo II parecen diluirse en el secano del horizonte o, al menos, no germinar de inmediato árboles generosos cuya sombra salvífica atraería a todos los hombres sin excepción?. Ambos Pontífices fueron declarados santos, de lo que nunca tuve duda, y su memoria se ha celebrado respectivamente el 11 y el 22 de este mes de octubre. Al repasar cincuenta años después de la clausura del mencionado Concilio todas sus conclusiones, uno se percata de que ahí estaba y está TODO. Pero medio siglo es demasiado tiempo en un devenir histórico que ha generado y se enfrenta a fenómenos, tecnologías, tendencias e ideologías bastante alejadas de lo cristocéntrico. Pues, no nos engañemos, Cristo es la piedra angular que quiso fundar su Iglesia como la nave que sólo esquivará la zozobra y el naufragio si está indisoluble e incondicionalmente fusionada con Él. Las generaciones se suceden unas a otras y las nuevas tienen nuevos estímulos. Pero los bautizados siguen siendo Iglesia. La Iglesia somos todos y es un deber cuidarla y mimarla mostrándola a jóvenes y menos jóvenes como una madre muestra orgullosa a su hijo a todo quien quiera contemplarlo, tal como es, sin maquillarlo ni camuflarlo. Eso es lo difícil y por lo que el Sínodo luchará. Muchas son las plataformas esenciales, como ahora se dice. Hay una Teología Dogmática y una Teología Moral, por citar dos a mi criterio. Aceptar, custodiar, y transmitir las verdades reveladas por Dios reconocidas por la Iglesia Católica es sagrado e innegociable. Está ya canonizada en la historia secular de la Iglesia y su estudio es propio de los Concilios ecuménicos, no de los Sínodos. Su estructura de modo sistemático como ciencia persigue un mejor conocimiento de Dios. Aun así, ¿quién pudo jamás o podría comprender la esencia de Dios, ese Dios Creador que, en palabras de San Agustín, “es lo más íntimo de mi propia intimidad” (Conf.III,6). La experiencia de Dios inunda y se hospeda en el interior trascendente del alma para quedarse y esto es la fe. Y la fe es una gracia y también un regalo. Sólo la oración en communio nos la conserva, aumenta o, en su caso, puede iluminar a los que padecen ceguera. Opino que es menos difícil inculcar esto tanto en los jóvenes cuanto en los mayores, con la catequética adecuada.
Pero, ¿cómo repristinar los preceptos de la moral cristiana intentando que sean acogidos sobre todo por los más jóvenes con discernimiento y alegría?. También entre los menos jóvenes, sea cual sea el estado de cada bautizado. El vigoroso ámbito de las pulsiones empuja en otras direcciones alimentado por las sociedades hedonistas del presente donde todo tiene que ser inmediato, rentable y placentero. El Sínodo tendrá ahí un meticuloso campo de trabajo, opino. Programar una nueva instrucción en la fe, una dinámica catequética presuntamente más eficaz incluida una síntesis sobre la Historia de la Iglesia, sería a mi modo de ver obligatorio, aun contando con la libertad asertiva de cada cual. En eso, los laicos podemos ayudar. Pasar de largo sobre algunas conductas juveniles, o sobre las debilidades (por decir) protagonizadas recientemente por miembros del clero o por el imán del poder y las riquezas, sería un pecado de omisión. Innecesario resulta proseguir, dada la clarividente entrega del Papa Francisco en estos campos. El Obispo de Roma es consciente también de la catolicidad de la Iglesia. San Ignacio Obispo de Antioquía, martirizado bajo el gobierno del emperador Trajano, y cuya memoria hemos celebrado el 17 de este mes, redactó siete Cartas en las que insistía en la importancia de la comunidad cristiana de Roma para la unidad en todo del mundo. Como se ve, tal visión viene de viejo. Decía: “Ante todo, somos creyentes en Jesucristo. Piedras del templo del Padre, compañeros de camino, portadores de Dios y portadores de un templo y de lo santo. Un pueblo espiritual que no vive carnalmente sino espiritualmente en la carne misma”. (A los Efesios 4, ss.). Preservar la unidad de la Iglesia es lo esencial. Cimentando cada uno su propio ladrillo en el edificio común bajo la presidencia del Obispo que es “el signo de la unidad y no una especie de príncipe todopoderoso”. Rotundo pensamiento que pesa sobre la responsabilidad de cada Obispo, incluido el de Roma. Sabedores en carne propia de que la extensión territorial de la Catolicidad actual excede con mucho los límites de la Iglesia antigua que vivió San Ignacio, deberán aplicar un escrutinio sobre las idiosincrasias propias de cada Diócesis sin vacilar en concesiones extravagantes. Empleo este término que significa “lo que circula fuera del camino”. El reciente Sínodo de la Amazonia es un ejemplo de ello. La ruta de un trienio que acaba de empezar no debe oscurecerse por tentaciones tenebristas ni tampoco danzar sobre un optimismo infantil. El camino es largo y ninguno sabemos si veremos su final. Todos ignoramos qué día el Señor nos llamará a su presencia. Pero sí sabemos que “Él está con nosotros hasta el fin del mundo, que no nos dejará solos y que es el Buen Pastor” , el único que conoce la esencia de cada oveja y se la carga sobre los hombros para curarla y salvarla aunque sea la más defectuosa, la más fea y desechable.
A mitad del siglo V de nuestra era, la excelsa y maravillosa Roma, capital que fue de un extenso Imperio, estaba asediada por los longobardos, la peste y calamidades varias. El Espíritu suscitó entonces un Papa espectacular: San Gregorio Magno, de linaje noble, culto y que había ostentado la Prefectura Urbana antes de sentir la llamada del Señor. Supo combinar la vida contemplativa con la activa propia de su dignidad y dejó también una espléndida literatura teológica e histórica. Me atrevo a recomendar su Regula Pastoralis a quienes no la conozcan. Ahí está casi todo. Cómo saber evangelizar a todos y a cada cual sin perder un ápice de la esencia doctrinal. Útil en estos momentos en que algunos puntos de las deliberaciones sinodales tendrán que desviar el peligro de caer en los remolinos del historicismo, visto así, a vuela pluma, como una tendencia a considerar que los hechos o verdades absolutas están sometidos al relativismo marcado por el marco o los procesos históricos donde aquéllos se manifiestan.