Espiritualidad y Biblia

 Gianfranco Ravasi

Antes de tratar las espiritualidades de los libros del AT y NT, el texto presenta cuatro capítulos que exponen las premisas y la simbología que se da en la Escritura. Las premisas a la espiritualidad la constituyen la experiencias de Dios, que no la definición de la identidad divina. Aunque se dé en raras ocasiones, lo que interesa en este campo es la descripción de dicha experiencia. La mística, por lo general, es afectiva y no se puede solapar por la racionalidad. La espiritualidad es interioridad y corporeidad, misterio y diafanía, trascendencia y coporeidad, milagro y realismo (22). La mística, pues,  no exige salirse de la historia individual y colectiva, sino en ella, tender hacia lo trascendente. Y el punto de partida es de Dios. No es la tendencia humana hacia la divinidad eterna, sino la revelación divina que incida en la persona o en la comunidad; es la célebre afirmación paulina, que todo es gracia (cf Rom 4,16). Es así como se conoce que la vida pertenece al Señor. Poco a poco la relación gratuita del Señor es algo previo a cualquier deseo y acción de bien del  creyente. No se da el Señor porque sepa que vamos a responderle o espere una contestación adecuada a su amor. Él es una dinámica de amor, un movimiento continuo de vida que se abre, se comunica, crea y regenera vida. Y la respuesta del creyente es al estilo como ha descrito San Buenaventura en el Itinerario de la mente a Dios y todos los procesos que han trazado los grandes místicos cristianos que terminan en la conformación de nuestra vida con la de Cristo, como afirma Pablo: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19b-20).

La Escritura emplea símbolos teológicos y antropológicos para formalizar esta relación: se intuye a Dios y lleva  a relacionar las diferentes facetas de la  experiencia de la realidad, donde se acentúa la belleza frente a  la verdad y el bien —falta la unidad. Entre los símbolos más usados por la Escritura están la lluvia (cf Is 55,10), la semilla (cf Lc 8,11-15), la luz (cf Jn 8,12), el soplo-espíritu-aliento (cf Gén 2,7; Rom 8,14-15). En la dimensión antropológica están  el padre, la madre, el esposo (cf Os 11,1-4), el amigo (cf Is 41,8; Jn 15,13), rey y juez (cf Sal 68,6); etc. En ésta se da el encuentro entre el hombre y Dios que se simboliza en la creencia, conocimiento, ver, adherirse, escuchar, temer, amar, servir, etc. La búsqueda del Señor entraña una espiritualidad muy rica en las diferentes facetas que tiene la persona creyente. En la praxis de  la vida cotidiana del hombre se dan infinidad de símbolos en la relación de arriba—abajo y de abajo—arriba: el bien y el mal, la muerte y la vida, las obras y los frutos, dimensiones de la relación de Dios con nosotros, mejores que las obras que son más propias del esfuerzo humano para alcanzar la salvación. Y el pobre centra la creencia en Dios como una persona viva en la que se introduce el Espíritu en su vida para rehacer o crear la dignidad humana y creyente. Está bellamente descrito en el Magníficat:  la predilección divina se detallan en los verbos que se emplean: desplegó, dispersó, derribó, ensalzó, colmó, socorrió (65).

La espiritualidad del AT se estudia la de la Torá, deuteronómica y deuteronomista, sapiencial,  sálmica, Job y el Cántico espiritual; los profetas, que incide en la espiritualidad de Jesús,  son hombres de Dios, portavoces del Señor que hablan en su nombre: la voz del profeta explicita la trascendencia que se ofrece en las instituciones familiares y sociales. Con las acepciones  «en lugar de» , o «delante de», «ante de» relacionadas con la preposición pro-feta, que anuncia la palabra de Dios ante las autoridades religiosas, políticas y económicas de Israel. Con sus visiones y escenas simbólicas Ezequiel, Jeremías e Isaías describen el presente de la voluntad divina y, en cierta manera, el futuro que se asienta en saber las dinámicas internas que formalizan la historia humana (87-90).— La espiritualidad del NT se estudia en los Sinópticos, Pablo, Juan y Espíritu Santo. La espiritualidad de las Bienaventuranzas —la Carta Magna del cristianismo o compendio del Evangelio, al decir de Agustín—, por eso son una guía especial para grupos  vocacionales escogidos o una práctica y ética  creyente válida para los últimos tiempos, previos al fin de la historia. Las Bienaventuranzas inciden en la interioridad del hombre; es el lugar donde el Señor influye con su gracia o, mejor dicho, con su presencia que determinará las acciones propias del creyente cristiano en su máximo nivel de aceptar y cumplir la verdadera voluntad divina.— Termina el texto con acertadas ideas sobre las teofanías en la historia, en el espacio, en la Palabra, la espiritualidad falsa e imperfecta —racionalidad y cosmos—, como la perfecta y suprema espiritualidad, recorriendo las relaciones con Jesús de Nicodemo, la samaritana y el funcionario real, donde la experiencia de Abraham y de Job indican la relación del Señor en la historia y en la persona. Dos apéndices describen como debe ser la lectio divina y la espiritualidad del enfermo.

, . Sal Terrae, Santander 2020, 307 pp., 13 x 20 cm.

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