La bondad de Dios. Teología, Iglesia y orden social.

Long, D. Stephen,

 

El texto plantea la situación que creó la Modernidad sobre la fundamentación ética de la persona y la sociedad al margen  de la compresión de Dios como creador, creación que explicita la bondad de Dios en las criaturas y una fundamentación de la ética más allá de la razón y de la libertad humanas. De la mano de Santo Tomás de Aquino, se sitúa la bondad en relación con los trascendentales del ser, es decir, junto a la verdad, la unidad y la belleza. Y el  ser se entiende  como la esencia que hace posible la existencia de la realidad porque participa de sus trascendentales. Dios es bondad y tiene una analogía con la bondad inscrita en nuestros corazones. Si la bondad de Dios y la nuestra fuera unívoca la bondad de Dios y la bondad humana remitirían a un principio bondad del que participaríamos por igual Dios y nosotros. Sin embargo, nuestra bondad nace y participa de la bondad de Dios, si bien no es idéntica. Y Jesús se nos ofrece como el camino para participar de la bondad de Dios. Jesús, que es la condición histórica del Hijo de Dios actúa su bondad por medio del Espíritu.

Y el Espíritu actúa en nosotros de tres formas: primero sobre María y también sobre Jesús en el bautismo por Juan Bautista, indicándole la misión salvadora de Dios Padre sobre su creación, misión que continúa la Iglesia: «[Jesús dijo a sus discípulos]: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1,7-8). En segundo lugar, el Espíritu es el que está en la Iglesia para identificarla en la historia por medio de sus gracias y carismas. La imposición de manos es el signo que se usa para conferir los ministerios y los dones que entrega el Espíritu para cumplir su misión redentora y transforma nuestras vidas en vidas de la bondad divina. Por último, el Espíritu enriquece constantemente a la Iglesia confiriéndole sus dones y frutos: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu» (Gál 5,22-24).

Desde Kant la bondad se desliga de Dios al ser una realidad independiente. No es extraño, por consiguiente, que dicho bien se transforme en poder, poder que formaliza las relaciones sociales al margen de la divinidad; o simplemente el bien no existe, y si existe no se vincula a Dios. El texto defiende la fundamentación de la ética en la bondad divina y socialmente localizada en la Iglesia. Para ello el centro de las relaciones entre la divinidad y la humanidad será la Encarnación y la incidencia del Espíritu, tanto en la Palabra hecha carne (cf Jn 1,14) como en la comunidad cristiana (cf Hch 2,1-4).

El texto se divide en dos partes. En la primera establece la relación de la ética y la teología. El bien está esencialmente introducido en la vida humana y la teología abre paso a la bondad enraizada en Dios y que tanta veces se refleja en la vida como un misterio que todo lo abarca. La Modernidad cambia el bien por la libertad y la filosofía moral iniciando un camino que se aleja de la trascendencia que todo lo impregna de bien. Si se hubiera seguido a Juan Duns Escoto, otra cosa hubiera sido de la historia del pensamiento europeo. Escoto piensa que la Encarnación, y la salvación que conlleva, no surge de algo exterior a Dios, el pecado, sino del mismo ser de Dios que es Amor misericordioso, una amor que sólo es posible si se da una libertad previa, tanto en Dios como en sus criaturas (Rep. Paris., III d 7 q 4, d 20 q 1). La bondad no tiene sentido si no nace de la libertad y menos si se impone por sí misma: «Bonum est diffusivum sui —El bien se difunde por sí mismo». El bien, pues, descubre las carencias humanas, el mal, que destruye la vida y la libertad. La segunda parte del texto se explica el ordenamiento ético en la familia, el mercado, el ejército y el estado; en éste se ha dado la destrucción de la vida y de la bondad al constituirse como una exclusiva de poder por el poder. La comunidad cristiana ha actuado tantas veces para salvaguardar la convivencia humana desde la perspectiva del bien que vive, y la difunde y la transmite por doquier.

Editorial Nuevo Inicio, Granada 2020, 587 pp., 15,5 x 21,5 cm.

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