Resurrección. IV: Confesiones y sepulcro vacío
Afirmaciones sobre la Resurrección
IV
Las confesiones de fe

1.- Textos: Quizás la expresión más antigua de la comunicación de la resurrección sea: «Dios resucitó a Jesús de entre los muertos» (Hech 1,9-11), acentuando el poder de Dios como sujeto de la acción: «Pues, aunque por su debilidad fue crucificado, por el poder de Dios está vivo» (1Cor 13,4), o a Jesús como objeto del poder divino, fórmula por demás extendida en las comunidades y citada antes: *Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).
2.- Se comprende la resurrección como una acción del poder de Dios, un poder que es omnipotente y está avalado porque ha creado todo lo existente (Rom 4,17; Sal 33,4-9), tiene capacidad de conservar la creación por medio de su providencia (Q/Lc 12,22-23; Mt 6,25-26) y puede devolver la vida a los muertos, como reza todo fiel judío en la segunda alabanza de las Dieciocho bendiciones (=Shemoneh Eshreh): «Bendito seas, Señor, que das la vida a los muertos». No es algo inscrito en la naturaleza humana, sino algo que pertenece a la energía divina que sostiene la vida, la crea y la recrea, y encierra una relación dinámica entre Dios y los creyentes que nada maravilla al fiel, pero teme el infiel. La fe, pues, en Dios incorpora a partir de ahora la resurrección de Jesús.
3.- La acción de Dios recae en Jesús de Nazaret, un hombre que ha sido crucificado y con el cual un grupo de judíos han convivido, han aprendido su doctrina y han contemplado sus obras. Aunque los hombres le hayan crucificado, Dios le ha sido fiel, como fiel se ha mostrado Jesús en todos los momentos de su vida. Dios responde a la fidelidad de Jesús con la resurrección, y en ella Dios emite un juicio de condena para los que no se conviertan, como un juicio de salvación para aquellos que le acepten como la última palabra dicha por Él a todos los hombres (Heb 1,2-4)).
4.- a) Dios ha adelantado con este hecho portentoso el juicio final esperado de siglos por Israel y lo ha constituido en el quicio de la salvación: «Si confiesas con la boca que Jesús es el Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás» (Rom 10,9).
b) Más todavía. Con la invocación de los primeros cristianos de Marana tha! Ven, Señor (1Cor 16,22) se alude a que Jesús está elevado a la gloria del Padre, sentado a su derecha y con su actual dignidad es mediador de la salvación de Dios a los hombres. Toda relación del creyente con Dios debe pasar por Jesús.
c) Por último, dentro de la amplia tradición judía, las confesiones cristianas manifiestan que Dios ha adelantado a un solo hombre la esperanza de la resurrección final que alcanza a toda la colectividad, con las excepciones dichas antes.
Las narraciones evangélicas
Las crónicas o narraciones de la resurrección tienen el mismo humus que las confesiones y los himnos. Se escriben para alimentar la fe y explicarla en las comunidades; como las confesiones, forman parte de las predicaciones, y como los himnos se rezan o proclaman en la liturgia. Por tanto, su finalidad inmediata es la que es, y no la narración de una historia donde se transmiten los acontecimientos de Pascua para datarlos, codificarlos y fijarlos para que lo sepan las generaciones posteriores. Ni se intenta ni se busca la verdad histórica, sino reflexionar sobre el hecho y significado de la fe en la resurrección. Y en este sentido hay que explicarlas.
5. La tumba vacía
a) La tumba abierta y vacía descubierta en el primer día de la semana no forma parte de la predicación de los primeros cristianos. Pedro no hace referencia a ella en el día de Pentecostés (Hech 1,14-35) y Pablo no la cita en la tradición de 1Cor 15: si Jesús «fue sepultado» es para ratificar la muerte, como las apariciones son para confirmar la resurrección. Es imposible proclamar la resurrección de Jesús en Jerusalén si se comprueba que su cadáver yace en la tumba. Así, pues, a la noticia de la resurrección le corresponde acreditar que el cadáver no está en el sepulcro.
b) Las mujeres que observan desde la muralla la crucifixión y muerte de Jesús (Mc 15,40) son las que se disponen a ungirlo. Sin embargo no se apercibe el redactor de que la costumbre judía de ungir los cadáveres no se hace con perfume, sino con aceite. Además, en las honras fúnebres no se emplean aromas confeccionados con esencias de plantas para crear un ambiente agradable contrapuesto al olor que pueda despedir el cuerpo. Tampoco es costumbre en Israel embalsamar los cadáveres, como en Egipto. Por otro lado parece descabellado ungir un cadáver destrozado, envuelto en una sábana y enterrado más de un día. Se unge a los muertos antes de enterrarse, no después. Más sentido tiene ir al sepulcro para llorar la desaparición de un ser querido (Jn 11,31). Con todo, lo que subyace en el relato es que las mujeres se disponen a realizar una acción que expresa su amor y veneración a Jesús.
c) La unción es para anunciar la resurrección; como fue al anochecer cuando se dispuso José de Arimatea a enterrarlo (Mc 14,42), ahora, al amanecer, al salir el sol, es cuando se proclamará su resurrección. En cualquier caso, Dios ha madrugado más que las mujeres.
d) Las mujeres ven a un joven que invita a la serenidad ante el anuncio que les va a hacer, que es el centro del pasaje y de todo el evangelio de Marcos. No va a relatar lo que ha acontecido, sino simplemente lo afirma sin más. El joven identifica a Jesús sin título creyente como Hijo de Dios, como Mesías, como Hijo del Hombre, como Señor. Lo nombra según su procedencia y destino en la historia de connotaciones negativas: «nazareno» (Jn 1,46) y «crucificado» (Gál 3,13). El anuncio de la «resurrección» sigue después de indicar que ha recaído la acción sobre el «crucificado». Se contraponen, pues, el resultado de muerte de la obra humana y la respuesta contundente de la obra divina.