Ser creíbles

Pedro Ortega

«Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). La credibilidad es, quizás, una de las quejas hacia la Iglesia que más se hacen sentir. La sociedad actual reclama coherencia entre lo que se predica y lo que se practica. Es decir, exige credibilidad. «El creyente es esencialmente «memorioso», dice el Papa Francisco en La alegría del evangelio, nº 13. La aceleración del tiempo y la sucesión vertiginosa de los acontecimientos nos hacen perder la perspectiva del tiempo, y con ella el significado de aquellos acontecimientos que nos aportan el sentido de la vida. Los cristianos «venimos de algún sitio», y de él hacemos memoria cada vez que nos reunimos en su Nombre para la celebración de la Eucaristía. Las palabras de Pablo en 1Cor 11, 23-26: «Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan… lo partió y dijo: Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía… Así mismo también el cáliz después de cenar diciendo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebiereis, hacedlo en memoria mía…». Estas palabras escritas hacia el año 54 de la era cristiana constituyen para los cristianos el relato más antiguo de la Cena del Señor, y  a la vez, la continuación y memoria de la Nueva Alianza sellada con su sangre, con la entrega de su vida. Y no se trata de un mero recuerdo que ya pasó y no tuvo trascendencia en nuestra vida, sino que constituye la fuente misma de la vida de la Iglesia. Siempre que oigo estas palabras de Pablo en la celebración de la Cena del Jueves Santo viene a mi memoria la cantidad de cristianos de todo el mundo que unidos en torno a una misma fe, comparten conmigo el pan partido de la Cena del Señor. Me siento continuador de la tradición que me ha llegado a través de millones de cristianos que me han precedido en la fe en Jesús. Los cristianos somos esencialmente «memoriosos», venimos de «algún sitio», no de una leyenda o una idea original de un hombre que cambió la historia de la humanidad. Es la memoria de Alguien que se hace presente cada día al partir el pan y compartirlo con los demás. Partir y compartir son los dos verbos que resumen la vida de Jesús. Perder nuestras señas de identidad es diluirnos en la nada, dejar de ser creíbles. Olvidar de dónde venimos es renunciar a la fuente que nos da la vida para transformar el mundo. Ser hoy memoria de Jesús es compartir con los pobres y necesitados el «pan» para subsistir, aliviar el sufrimiento de tantos enfermos y víctimas inocentes y atender al caído junto al camino; hacer posible las condiciones de una vida digna para todos. El cristiano no puede perder de vista que junto al Jesús glorioso, triunfador de la muerte, está el hombre abandonado por todos, ultrajado y humillado por ser testigo de la verdad. Fue creíble hasta el final.

  

    Los cristianos no nos confundimos con ninguna ideología, somos para todos «sal de la tierra», denuncia de aquellas situaciones inhumanas que hacen insoportable la vida del otro, nuestro prójimo (próximo). El cristiano no aspira al «reino de los cielos», entendido como huida del mundo,  de lo que aquí está pasando. El Concilio Vaticano II hace una declaración profética de un «tiempo nuevo» en la Iglesia que refleja el espíritu del cristiano de hoy: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (Constitución Apostólica Gaudium et Spes). No encuentro un modo de ser cristiano si no es desde esta perspectiva: La credibilidad entre lo que se predica y se practica. Y esta es una de las carencias que más afectan a todas las instituciones de la sociedad actual. No es que falten testigos de la credibilidad de sus palabras: Ahí están los muchos voluntarios que se juegan la vida en los países sumidos en la guerra llevando el consuelo y salvando vidas, los que dedican muchas horas del día para ayudar en los bancos de alimentos y en visitar a los que cada día ven el final de su vida en la soledad y el abandono, los voluntarios de Cáritas y Jesús Abandonado, los Vicente Ferrer de la India y Teresa de Calcuta, los sanitarios que renuncian a sus vacaciones para ir a ayudar a los pobres del Africa subsahariana, los voluntarios que dan consuelo a los encarcelados… Son muchos los que hoy ejercen de buenos samaritanos en medio de sacerdotes y levitas, celosos cumplidores de la ley, que miran para otro lado. Con frecuencia, su actuación es percibida por muchos al margen de la institución de la Iglesia. Para ellos, no es la Iglesia la que está al lado de los pobres y marginados, pero los voluntarios, nuevos samaritanos, sin pertenencia alguna a una institución religiosa, asumen como propios los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. También ellos construyen el reino de Dios.

Reconozco que es difícil hablar de Dios en una sociedad anestesiada por la cultura del bienestar y el cortoplacismo; que es difícil hablar de Dios en una sociedad indiferente a tantos excluidos o marginados (descartados, dice el Papa Francisco) sin un horizonte de vida digna. Pero no es indispensable invocar el nombre de Dios para tender la mano a quien lo necesita. Todo lo que de bueno sale del corazón del hombre viene de Dios, que no tiene en cuenta ni religión, etnia o cultura. Él hace salir el sol para justos y pecadores. Cuando se nos dice en Mt, 25, 35-36: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme», Jesús no invoca la necesidad de hacerlo en nombre de Dios. Solo se atribuye la identificación con los hambrientos, enfermos y encarcelados. El buen samaritano solo obedeció al vuelco de su corazón que le movió a compasión con el hombre herido. Es el ser humano necesitado de compasión quien nos urge y nos obliga a no pasar de largo. Y para ello no es necesario invocar el nombre de Dios. No deberíamos «sacralizar» todos nuestros actos porque la vida toda ya es sagrada: ha salido de las manos de Dios. A nosotros nos toca tratarla con reverencia y respeto por venir de Quien viene.

No andamos solos por la vida. Junto a nosotros hay otros muchos que van por la senda del buen samaritano, que no pertenecen a ninguna asociación, a ninguna religión pero que tienen los ojos y los oídos abiertos para ver y sentir el dolor de los que encuentran en el camino que va de Jerusalén a Jericó, en el camino de la vida. A veces solo nos fijamos en los héroes que, a diario, nos presentan los medios de comunicación y nos olvidamos de los otros «héroes» anónimos que hacen posible que este mundo sea un poco más humano, más decente. Su credibilidad y ejemplaridad nos ayuda a todos a hacer frente a una sociedad que ha hecho de la frialdad e indiferencia su modo de actuar, a pesar de las innumerables muestras de fraternidad y solidaridad que vemos a diario. Son como dos mundos distintos que discurren por caminos divergentes y se mueven por dinámicas opuestas: la frialdad e indiferencia y la solidaridad y la fraternidad. Es necesario volver a las raíces de lo que es el ser humano, ser abierto al otro de quien depende para existir como humano. Nadie es humano si no es por el otro que lo humaniza cuando responde de él, afirma el maestro E. Levinas. Es necesario hacer frente a la filosofía del «sálvese quien pueda» y fortalecer los lazos de fraternidad que nos vinculan a unos y a otros en un mismo destino. Es necesario dar a nuestras relaciones sociales señales de credibilidad que le cambien el rostro de una sociedad anestesiada que solo responde cuando los medios de comunicación nos ofrecen imágenes del horror de una guerra o de un desastre natural.

La credibilidad es hoy una exigencia inaplazable en las instituciones. La deserción de las jóvenes generaciones de todo lo que signifique pertenencia a una institución es un fenómeno de nuestro tiempo. A. Touraine ya lo puso de manifiesto al hablar de la «desinstitucionalización» y la pérdida de influencia de la familia y las instituciones. Los grupos, la «tribu» han pasado a ocupar su lugar e influencia. Y esto tiene sus consecuencias para las jóvenes generaciones que requieren modelos estables, duraderos y coherentes para la apropiación de valores éticos y no estar expuestos al albur de los grupos conformados según las reglas del poder. A pesar de sus deficiencias y contradicciones, la familia sigue siendo, todavía, la estructura principal y última de acogida para la nuevas generaciones, afirma el añorado prof. Ll. Duch. No es que sea una institución perfecta, pero es la única en la que el joven o el adolescente puede encontrar cobijo y seguridad, comprensión y amor.

Educar es una tarea muy compleja, exige mucha dedicación y entrega generosa sin esperar nada a cambio. Exige en todo caso credibilidad, coherencia entre la palabra y la vida. Hay tres funciones en las que la credibilidad es condición indispensable para su ejercicio responsable, ético: la función de padre y madre, de sacerdote y maestro o maestra. En las tres no basta el conocimiento o competencia  técnica para su buen ejercicio, se hace indispensable el «saber hacer», acompañar la palabra oportuna con el magisterio del buen ejemplo. Los valores éticos se aprenden por imitación. Por ello, cuando se ponen en riesgo las bases de la familia se están desmoronando los cimientos mismos de una sociedad sana, construida sobre roca firme. Sacerdote y maestro o maestra no dejan de ser una simple caricatura de un servicio necesario a la construcción social cuando olvidan su papel esencial: ser testigos (testimonio) de aquello que predican, unir a la palabra la ejemplaridad de la vida.

Una sociedad con rostro humano es una utopía, pero no podemos renunciar a ella si seguimos creyendo que otro mundo y otro modo de construirlo es posible. La credibilidad o coherencia entre nuestra palabra y nuestra vida es una utopía. Siempre habrá discordancia entre lo que pensamos y lo que hacemos. A pesar de ello, nunca podemos ni debemos apartar de nuestro objetivo dar más credibilidad a nuestra vida. No podemos esperar (sería una vana ilusión) que la sociedad en su conjunto ofrezca la credibilidad necesaria para que las jóvenes generaciones se vean reconocidas en ella. Pero basta que pequeños grupos en la sociedad ofrezcan modos distintos, más humanos de relacionarse con los demás para que sean ayuda y estímulo para otros. Estos pequeños grupos serán el rostro humano que las jóvenes generaciones necesitan para asumir su responsabilidad en la construcción de un mundo más humano. Y en esta tarea urgente la Iglesia, la escuela y la familia desempeñan un papel imprescindible. La tarea de todos hoy se llama crebilidad

 

 

 

 

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