TRONCOS DE SAVIA MATERNA
(MIRANDO A SAN AGUSTÍN)

Elena Conde Guerri
Al final del verano suelen pasar cosas. No me refiero a los días que menguan, a la templanza del calor verdugo de la naturaleza seráfica que nos ha mortificado, ni a los acuáticos manguitos infantiles olvidados injustamente en un chiringuito. Señalo a las cosas invisibles para los ojos y sensaciones del colectivo, pespuntes del tejido íntimo que sólo se identifican en la privacidad de cada cual. Paradójicamente al celo por nuestro propio huerto interior, la esencia de tal invisibilidad es generosa y común o similar para el colectivo sublime que son las madres.
Al final del siglo IV también pasaron cosas. De índole política y territorial devastadoras, con profundas metamorfosis en los engranajes hasta entonces más o menos sustentantes considerando que el Imperio romano ya caminaba por una fisonomía plural y divergente desde tiempo antes. Habla la literatura grecorromana al respecto, sobre todo la historiográfica. El escenario de ese paisaje inclusivo se cuela en nuestra actualidad y nos reta recordándonos, por ejemplo, la vigencia de las guerras “provocadas por causas injustísimas, proseguidas con crueldad y con mayor crueldad rematadas”. ( De Civ.D. II, 22, 3). Omito aquí voluntariamente tal estrépito, impactante, lesivo y manipulable, para volver a la palabra íntima, mimética en la profundidad de las miradas, que San Agustín de Hipona cruzó con su madre Mónica muy poco antes del fallecimiento de ésta. Asomados madre e hijo al jardincillo del peristilo de la casa que habían alquilado en Ostia, ya que tenían intención de regresar a África, apartados del bullicio de la gente, el descanso previo a emprender la navegación les empujó a bregar por su mundo interior en diálogo tan dulce cuanto provechoso. Pues “olvidados de todo lo pasado, empleábamos nuestros discursos en la consideración de lo venidero”. (Conf. IX, 10). La madre que sin desmayo tanto había rezado por su hijo, se sabía ya muy enferma y el hijo no era ignorante. Confiaron su último diálogo al valor de la Palabra inmutable, a la Verdad y esencia de Dios siempre omnipresente y a reflexionar sobre los goces de la vida eterna, garantes de una felicidad que excede toda la capacidad de la captada por los sentidos corporales. Pues hasta lo visceral puede mutar en espiritual y la fe es hermana de la razón. Todo el goce inimaginable, hasta la sensualidad llevada al séptimo cielo, todo menguaba y quedaba descolorido ante aquellos dos corazones boquiabiertos que ansiaban ser rociados por el agua de la inagotable fuente de la Vida que es Dios Nuestro Señor. Y así, en el coloquio, madre e hijo y viceversa, en prodigiosa empatía, fueron recorriendo gradualmente la excelencia de todas las criaturas corporales hasta el mismo cielo donde el Sol, la Luna y las Estrellas envían a la Tierra su resplandor (no sorprende la influencia del Obispo de Hipona en el pensamiento de la OFM), hasta ascender al peldaño de la filosofía sublime y la teología de la Vida perdurable. Mónica intuía que no le faltaba mucho para dejar esta vida y entrar en la otra, en la clarividencia de que había logrado cumplir su ferviente propósito existencial: la conversión al cristianismo y la integración en la Iglesia de su hijo Agustín. Se durmió en Ostia el 27 de agosto del año 387. Tenía cincuenta y seis años y su hijo treinta y tres. En la actual Iglesia de Santa Aurea, en Ostia Antica, puede verse la capilla que honra su memoria levantada plausiblemente en el lugar donde la Santa fue inhumada.
Diálogo sublime éste, como se deduce, trascendente, removedor de verdades inmutables difusas para unos, esperanzadoras para otros, inquietantes para muchos porque agitan nuestras dudas y nuestros anclajes sobre el porqué de nuestra existencia, concebida para ir mucho más allá de lo biológicamente perecedero. Un diálogo para adultos, obviamente, porque cada etapa de la vida exige unas pautas distintas en la relación materno-filial pero, casi a ciencia cierta, muy difícil de mantener hoy con nuestros hijos, salvo excepciones. Las madres nos vamos haciendo mayores y las mutaciones profundas del tiempo actual , olvidadizas de los valores inculcados en nuestra infancia y también de un legado cultural incuestionable pese a quien pese, dificultan nuestra inserción armónica en el escenario. Hasta encontrar un rato sosegado para hablar con nuestros hijos parece un regalo mágico, una concesión extraordinaria en un calendario regido por la prisa, por las quedadas lúdicas propias del vigor orgánico, por la itinerancia veraniega que recorre nuestras playas domésticas hasta apurar la espuma de la última caracola . El afán de lo inmediato ha convertido el soñado coloquio en un soliloquio. ¿Cómo romperlo y sacar tiempo, ese tiempo tan precioso cuanto enigmático del que San Agustín decía “si nadie me lo pregunta, sé qué es pero si quiero explicárselo, no lo sé”?.
Por milagro no sé de quién o de qué, he podido conseguirlo. Atrapar ese tiempo, esos instantes presentes bautizados con cerveza helada y arena abrasadora para dialogar sobre lo que verdaderamente importa. Es hermoso y nunca se olvida. Aunque, claro, no haya alcanzado la profundidad de Mónica y Agustín. Quiero creer que todas, o casi todas las madres, lo han intentado este verano, sea cual sea su origen, color, credo, salud, formación y edad de cada hijo. Las madres sabemos por experiencia de vida que nuestra savia todavía puede alimentar los troncos filiales, en una irrigación de calma, ánimo y esperanza y una secreta presunción inconfesable nos susurra que , así como algunos de nuestros rasgos corporales se reconocen en nuestros hijos, también puede hacerlo nuestra herencia inmaterial. San Agustín fue tan grande en parte por la perseverancia excepcional de una gran madre. Aunque la mayoría de nosotras reconozcamos con la boca pequeña la incomodidad de nuestra insistencia, porque no debemos invadir la libertad de cada hijo, Santa Mónica también fue un poquito plasta como se deduce de las intimidades autobiográficas de aquél. Hasta el punto de que quiso la Providencia que en la memoria litúrgica siguiera pegada a su hijo. Esta mujer excepcional, criada en una buena familia de Tagaste, paciente en su matrimonio con un hombre irascible, madre de tres hijos y abuela de Adeodato, luego “univira” y pupila espiritual de San Ambrosio de Milán, consiguió que su hijo se le acercase hasta pisar juntamente con ella la tabla de la salvación (Conf. III, 11, 19), tal como había predicho su visión onírica. Es nuestro ejemplo a pesar de los siglos que nos distancian de ella, nuestra patrona, la de todas las madres, las de ahora, tan normales y cotidianas, tan anónimas, con nuestras deficiencias. Nuestra referencia para mirar adelante a final de este verano gravoso y sofocante donde siempre pasan cosas. Porque, como se dice en el Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”.