Jesús de Galilea: Mesías e Hijo de Dios

Helmut Hoping
La obra se divide en dos partes. En la primera se tratan las condiciones históricas del Hijo de Dios, desde la concepción hasta su muerte y resurrección, según los tratados que se han publicado desde hace 50 años. Se parte del cuestionamiento histórico de Reimarus, las diferencias sobre la identidad de Jesús de la teología liberal, y el cierre de la cuestión por Schweitzer —Investigación sobre la vida de Jesús—, realidad que Kähler avala con la afirmación que es imposible dar con el Jesús real en los Evangelios, porque ha sido el mismo Jesús quien ha trazado su imagen en los discípulos. Después del escepticismo que llevan estas posiciones, a partir de 1950 con Käsemann, se vuelve a tomar el interés por el Jesús histórico, ya que la fe cristiana se asienta sobre una realidad histórica. De ahí la necesidad de recordarlo.— Bautizado por Juan, el autor defiende que Jesús no bautizó, no obstante los textos de Juan (3,22 y 4,1) y mandara a los discípulos a bautizar (cf Mc 16,14-18); Jesús sería un paréntesis sin sentido. En el bautismo Dios revela su filiación divina a Jesús. Su primera predicación se centra en los pueblos que rodean el Lago de Galilea; predica la inminencia de la presencia del Reino de Dios con parábolas y milagros. Y no lo hace solo, sino acompañado con unos discípulos que elige al inicio de su misión.— Tras la cena pascual o más probable un banquete judío, que comprende varias bendiciones, Jesús hace una ofrenda de acción de gracias. En Jerusalén critica el culto, que no necesariamente el templo, si bien se aleja de su exclusivo significado salvador. Caifás y el Sanedrín ordenan apresar a Jesús y entregarlo a Pilato, pues ellos son los responsables del orden público. La revelación de Jesús de Dios y su identificación con el Mesías esperado (cf Mc 14,61-62) fueron decisivos para su entrega a Pilato, que dictaminó su muerte. No fue el pueblo judío quién llevó a Jesús al gobernador (cf Mt 27,25), sino los grandes de Israel y el poder constituido.— Con la resurrección Jesús se encuentra con sus discípulos, y no con un cuerpo reanimado o un espíritu doceta; sus encuentros comiendo, o exhibiendo sus llagas, acentúan que era él mismo, que sigue viviendo en medio de su comunidad como Hijo de Dios y Mesías, y que todos somos llamados a participar de su gloria, incluida la entera creación (Rm 8,19; Ap 21,1).
Las comunidades cristianas comienzan a hablar y reflexionar sobre Jesús, fijando identidades que profundizan y acrecientan su fe en él. Y lo hacen por medio de sus profetas, de sus catequesis y de su estilo de vida cristiano. Y hablan sobre Jesús con la pluralidad propia de las diferentes situaciones y de los distintos componentes de las comunidades. Aparecen, pues, los títulos de Jesús. Hijo de Dios: «…y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor» (Rom 1,3-4), enviado por Dios para hacernos hijos adoptivos de Él (cf Gál 4,4-5) y estructura todo el Evangelio de Marcos. También se tratan los títulos de Mesías, Hijo del hombre, Salvador, Imagen de Dios, Sacerdote, Palabra del Padre.— Con el Concilio de Nicea (325) se inicia la reflexión de nuestra cultura grecorromana. Es tan potente que al fijarse el cristianismo en sus fronteras comienza una traducción de la vida y misión de Jesús en dichos esquemas culturales. Arropado con abundantes citas de los Padres, y concretando las posiciones de Arrio, Nestorio y Eutiques, se expone que Jesús es «de la misma esencia del Padre»; «de la naturaleza divina y humana del Hijo, pues el Verbo nació según la carne», por eso María es «madre de Dios»; y «se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo, Hijo y Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación». Identidad de Jesús que transfiere para todos los hombres que la condición humana «alcanza su verdad allí donde se realiza radicalmente desde Dios y hacia Dios» (204).
Tratadas las reflexiones de los Padres y las verdades de fe cristológicas de los concilios, se aborda a continuación cuestiones doctrinales en las que se fija la Cristología en la actualidad. Se parte del Hijo de Dios en el tiempo, que comprende la encarnación, su vida, su filiación divina y su muerte vicaria por nosotros. Jesús es la imagen de Dios (Col 1,15; cf 2Cor 4,4-6 ; Jn 1,14-16; etc.). Pero la Encarnación tiene, además, una repercusión antropológica que hace al hombre abrirse a Dios, autotrascenderse, al decir de Rahner. Y lo específico del ser personal de Jesús es su relación no mediada con el Padre, al ser la persona del Hijo eterno. Con todo, no se le puede atribuir a Jesús una visión beatífica en su devenir histórico y menos un ciencia que dominara todo lo creado. Es la kénosis: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,5-8). Y Jesús es la pasión y compasión del Padre, pues nos tiene grabado en su corazón: «Herido fue […] a fin de que por la llaga visible viésemos la llaga invisible del amor» (San Buenaventura, Vitis mystica, 3,5). Dios comparte también el sufrimiento humano, es pasible, y no sólo envuelto en su gloria como refleja su obra creadora. Una prueba es el su silencio en la cruz.— Los sufrimientos de Jesús en su pasión y muerte se deben encuadrar en los cánticos del Siervo; lo tenemos en la teología de Juan que quita el pecado y transmite la vida como relación de bondad (13,1; 15,13) y en la misma línea Pablo (cf 1Tes 1,10; 1Cor 1,23; Rom 4,25; etc.) .— La mediación de Jesús en el diálogo interreligioso no se puede minusvalorar o poner en segundo plano la revelación definitiva de Dios en Cristo. Él es el que indica la verdad de las demás religiones, «de entenderse mejor uno a sí mismo y entender mejor a los demás, de corregir falsas ideas sobre los otros, de mejorar las relaciones entre las culturas, los pueblos y las religiones, y de ahondar en la propia fe y atestiguarla más decididamente en la vida [… Con todo] el cristianismo debe atenerse en el diálogo interreligioso a la unicidad y universalidad de Cristo» (298s).— Termina el tratado con unas consideraciones sobre las religiones monoteístas y, por último, sobre la Trinidad, que siempre debe considerarse desde la revelación histórico salvífica del monoteísmo bíblico.
Ediciones Sígueme, Salamanca 2022, 446 pp., 15 x 21 cm